IRRUMPIO EN EL CARNAVAL 2004 LUCIENDO UN ESTILO PROPIO

La Catalina alumbra nuevos tiempos de murga

«Papeles antiguos / flotando en la esquina / anuncian abrazos de felicidad / Regresa la barra / de la Catalina / se prenden las luces / de mi carnaval.»

El entorno para la actuación de la murga en la tercera rueda no podría ser mejor; entradas agotadas, el público procurando con desespero una localidad que le permitiese aún desde la parte alta de las canteras, observar el espectáculo; el bullicio y la alegría creciente de quienes colmaban las graderías del legendario Templo de Momo, recreaban un carnavalesco clima de fiesta. A última hora, cerraba la etapa «la Catalina», la expectativa crecía al igual que el silencio, momentos antes de que Mario Ríos anunciara al conjunto, para desembocar en una ovación desbordante a la hora de correr el telón. Ovación que sería una constante durante los 45 minutos de actuación. Nadie fue obligado a concurrir al Teatro de Verano, no hubo convocatorias expresas de ningún grupo u organización, tampoco se entregaron decenas de entradas de favor para que fueran a alentar al conjunto y así «darle una manito». Desde el Carnaval pasado «la Catalina» comenzó a protagonizar un saludable fenómeno de adhesión popular que no registra muchos antecedentes en la historia de nuestros carnavales. Más allá de la obtención o no del primer premio en su categoría, ese hecho reseñado está marcando algunas pautas que difieren en mucho de las formas tradicionales que se reiteran y reproducen en el Carnaval; están colocándose nuevos mojones, estableciéndose otros vínculos y en definitiva, aireándose las viejas estructuras.

 

Más allá de los premios

A pesar de lo que creen o sienten muchos carnavaleros viejos, este fenómeno que se registra con «la Catalina», no tendría que ser visto como una amenaza, ni contra las agrupaciones tradicionales, o contra los viejos murgueros, y mucho menos contra su institución. Este aire fresco que está trayendo Agarrate Catalina al Carnaval, tiene un significado mucho más profundo y conceptual, que requiere asimismo de lecturas más objetivas y menos superficiales, que no está como ya se dijo, en función de un resultado circunstancial de un Concurso. Fenómenos similares hubo en otras épocas, y todos ellos resultaron sumamente beneficiosos para el carnaval en su conjunto, en coyunturas políticas y sociales muy diferentes. Sin pretender retrotraernos mucho más en el tiempo, recordemos que en 1969 debuta la murga La Soberana y ya en el 70, obtiene el primer premio con un índice de popularidad que pocas veces se había visto hasta entonces. Prohibida por los dictadores en 1975, su paso por la fiesta de Momo quedó en el mejor de los recuerdos, pero lo más importante fue la semilla plantada por la murga de los Alanís, que germinaría cinco años después con La Reina de la Teja, luego Falta y Resto, y la continuidad de Araca la Cana tomando también en gran medida la posta de «la innombrable». Precisamente, por aquellos inicios de los Ochenta comienza a tomar cuerpo la dicotomía murgas de La Unión   murgas del Paso Molino para afuera. Quebrando la rigidez de ese esquema aparece la Antimurga BCG en 1985, para susto y desagrado de los carnavaleros viejos; recordemos que en algún momento Tito Pastrana llegó a proponer que se prohibiera su participación en el Concurso Oficial. Hace algunos años, parece querer instalarse otro falso dilema: murga tradicional   murga joven, y de esa manera intentar dividir las aguas o establecer cotos que en última instancia acaban perjudicando al Carnaval todo. Si hasta hemos oído  en contraposición a la expresión «murga joven» , que el «otro», el «tradicional» suponemos, es el Carnaval profesional.

 

«Ustedes rompieron todo»

A todas luces es bienvenido este fenómeno protagonizado por Agarrate Catalina, porque en ese torrente se han despertado sentimientos que fueron muy caros a los grandes y talentosos carnavaleros de otras épocas, porque la participación de la gente, sin distinción de edades, sexo, o posición social se da de manera espontánea, y no son pocos los que ven además en «la Cata», la encarnación de una serie de valores que en el ámbito carnavalero estaban bastante depreciados últimamente. Nos tomamos el trabajo de observar las reacciones del público  reiteramos, de todas las edades , durante la última actuación en el certamen y veíamos cómo era acompañada hasta en la gestualidad. Cuando la murga comenzaba a cantar su bajada, el público de pie coreaba los versos, muchos ojos estaban empañados, se agitaban banderas aquí y allá, nadie se movía de su lugar  ¿a quién le importaba llegar primero al ómnibus si estaba cantando «la Catalina»? , se abrazaban amigos y desconocidos, todos querían acercarse a los muchachos de la murga, los padres corrían para sacarle fotos a sus hijos junto a alguno de los componentes. Los ecos del coro murguero se iban perdiendo por el pedregullo, el escenario vacío era una sinfonía de silencios y restos de utilería. Cerca del ómnibus de la murga, apareció solo y a paso rápido Tabaré Cardozo; se acercó al vendedor de roscas y cuando estaba revolviendo sus bolsillos en busca del dinero, el hombre dijo solemnemente: «Yo te invito, porque ustedes hoy rompieron todo». Eso también es parte del fenómeno de «la Catalina», que seguirá seguramente como el «Rodríguez» de Paco Espínola, «siempre pal’ pueblo», aunque no gane, porque si no gana, también dirá Rodríguez: «Â¡Mágica eso!». *

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