Una historia
Para entender algunos cambios, que sin embargo implican continuidades, hay que apelar, a veces, a contar historias que quizás no todos saben o recuerdan. Suele ser buena ocasión para no olvidar dónde están las raíces de las cosas.
De la creatividad de nuestro director (que siempre ha sido una de sus virtudes y que, como todos imaginarán, aquí nadie discute) la Columna Amarilla nació, en realidad, en el lejano 1970. En aquel año, en el diario «Ya», Federico Fasano la encomendó a la pluma sutil e ingeniosa de César di Candia. Duró lo que pudo durar no por culpa de Fasano ni de César, sino por el tsunami verde oliva que se extendió por estas tierras y arrastró y destruyó con tanta fruición. Aquella, breve pero rica, fue su primera época.
Como otra de las virtudes de nuestro director (que tampoco aquí nadie discute) es la persistencia, muchos años después, ya recuperada la democracia, la Columna Amarilla reapareció en LA REPUBLICA recreada por ese observador inteligente de la realidad y versátil humorista que fue Horacio Buscaglia, quien murió hace poco, entristeciéndonos a todos, cuando aún tenía tanto y tan bueno para dar. Esa fue, también rica y bastante más extensa, su segunda época.
Ahora Fasano ha decidido iniciar la tercera época de la Columna Amarilla, confiándola a este escribidor (¿y quién discute aquí una decisión del director?). Veremos, dijo el tuerto Paparamborda haciendo visera con la mano, cuando le iban a patear un tiro libre. Digo: veremos qué dice la gente, a medida que esto siga (y también qué dice Fasano).
Aunque hoy lo esencial era contar esta historia, voy a permitirme, en el poco espacio que queda, un aporte al esfuerzo por entender qué impide arreglar el lío con Argentina por las papeleras. Conjeturo que Kirchner no termina de dar en la tecla porque le sobra visión periferal y le cuesta mirar al centro de la cuestión. Ignoro si es tema de la diplomacia o de la oftalmología.
No es más que una opinión. Eso sí: que no la repita Gargano ni como chiste. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad