El ovejero alemán
«Tal vez un hombre no deba tener en su vida tantos perros como yo he tenido, pero para mí fue un placer y no una complicación…»
Eso escribió hace muchos años James Thurber, uno de los más brillantes humoristas del hemisferio norte, algo así como nuestro Peloduro.
La cifra que el humorista maneja en el cuento, entre cincuenta y tres o cincuenta y cuatro perros, puede ser muy discutible, pero no se trata en esta oportunidad de cifras o récords, sino de ver la segunda parte de su afirmación, cuando habla del placer que los perros le produjeron, y en eso estamos completamente de acuerdo.
Aclaremos que ni todos los perros de Thurber, ni todos los perros que hemos tenido en casa han sido ovejeros alemanes. Entre otros, en nuestra familia ha habido Pomeranias, Cocker Spaniel, Rodweiller, Labrador. Pero el relativismo que siente nuestro clan familiar – que admira y quiere a todas las razas – creo que queda demostrado cuando, sin excepciones, consideramos como el mayor exponente de todos los perros familiares una especie cánida sin raza: un perro de la calle que mostró las más sorprendentes pruebas de inteligencia y que merecería un relato aparte.
Advertimos que hemos hablado de perros, pero teníamos que escribir sobre el ovejero alemán y casi no lo hemos hecho. Es que hace cincuenta años que vivimos con ellos, aunque insisto en que nadie en la familia es racista. Las razas de perros, como de cualquier animal, tienen diferencias, tienen aptitudes y defectos, una más que otras, pero pretender buscar conformados predominantes constantes es ver poblado el mundo de ovejas Dolly.
Un técnico en ovejeros alemanes decía que son los primeros de los segundos. Es ingenioso: en muchas cualidades son sobrepasados por otras razas, pero enseguida, en segundo lugar, aparece el ovejero como el más destacado. Hace muchos años un especialista me dijo casi lo mismo de otra amanera: el ovejero alemán es el más armónico de todas las razas.
Todas estas expresiones pueden estar muy bien si se sabe que la biología es muy difícil de estandarizar. Yo he tenido muchos ovejeros alemanes, pero no he tenido dos iguales.
Más de una me han comentado:
– Tengo ganas de tener un perro, tengo ganas de tener un ovejero alemán, pero me han dicho que con hijos chicos…
– Tené un ovejero alemán, les respondo. Dentro de un tiempo te veré jugando con tu hijo y un ovejero; o al menos me mostrarás esa foto que siempre llevarás en la cartera. *
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