A Teatro lleno se llevó a cabo la 12ª Etapa del Concurso

Emotiva noche carnavalera a puro candombe y murga

Una nota pintoresca que se hace postal del Concurso de Agrupaciones, es la que ofrece siempre el mítico Templo de Momo en cada circunstancia en que sus gradas desbordan de público, como aconteciera precisamente en la noche del sábado, cuando se desarrolló la 12ª. Etapa. La Soberana a primera hora, la comparsa lubola Serenata Africana a segunda, y el cierre a cargo de los Diablos Verdes, abrieron espacios para sensaciones de distinto significado, para los espectadores en general, y para cada conjunto en particular, conjugando instantes de evocación y reflexión, con momentos sumamente emotivos, sin desestimar el paradójico detalle de que los Diablos nacieron en 1939, la murga de los Alanis surgió treinta años después  en 1969 , y al otro año, en 1970, aparece Serenata.

 

Desde la memoria

Fue muy aplaudido el retorno de la histórica murga La Soberana, que este año conjuga en su plantel, el aporte de un núcleo de muchachos provenientes incluso de murga joven, con la experiencia y la capacidad de los más veteranos. La murga de José Milton y Douglas Alanis, plantea claramente una opción, hay un camino trazado que La Soberana transita  y de seguro seguirá transitando , indefectiblemente, apelando además para ello, a la denuncia cortante y a la crítica punzante, y al recurso de la memoria, en donde le va la vida a este proyecto murguero que con toda seguridad apuesta a proyecciones mayores en el futuro. No obstante, durante la mayor parte de la actuación, en esta última «edición» de La Soberana, se puede escuchar la voz de la memoria colectiva popular, como un acicate permanente, y aunque sin «encontrarse» en algunos pasajes, la murga desenvuelve todo su bagaje argumental, intentando precisamente el rescate de ésa memoria, que también es su razón de ser. Recientemente, un grupo de científicos halló un área en la corteza auditiva, la cual coordina la información desde los oídos, que sería la razón por la cual las canciones se «enganchan» a la memoria por una reacción auditiva en el cerebro; sospechamos que no debe ser la única razón que ha permitido la supervivencia a lo largo del tiempo de los textos y canciones de murga La Soberana, que logra buenos momentos en el tema de la murguez, destacándose la joven debutante Florencia Alanis.

 

Una «Serenata» de mi flor

Gran actuación a segunda hora, de la sociedad de negros y lubolos Serenata Africana, desarrollando un cálido espectáculo pleno de colorido y con sabor candombero. La comparsa nos plantea una variedad de sueños, que aunque sin aparente hilación, van conformando como un mosaico variopinto, las diferentes vertientes que decantan no sólo en los fundamentos de la propia categoría, sino que además definen las características expresivas de un conjunto, al que no se le puede negar  más que nada en los últimos años , personalidad y estilo, al margen de los avatares del certamen. Comienza con mucho ritmo, y lo mantiene durante toda la actuación, logrando en las apariciones del «soñador» Olivera, la pausa necesaria entre cada cuadro presentado. A pesar de que en algunos pasajes se hizo casi imposible entender los parlamentos, o ciertas intervenciones solistas, la comparsa crece y consustanciada con el espectáculo avanza muy ágil y con firmeza hasta el momento final. Hubo momentos plenos de originalidad y de gran creatividad, más allá de los cuales destacamos el milongón interpretado por Roberto Darwin, quien asegura que «el tiempo siempre tiene razón»; la soberbia voz de Dolores, la cuerda de tambores integrada solamente por once mujeres  al igual que lo hiciera una comparsa en el Carnaval de las Promesas , la intervención de Darío García contando su pasaje de la murga a la comparsa, o el sentido homenaje a Beba Píriz. Con algunos ajustes, Serenata podrá seguramente redondear un espectáculo completo.

 

El cambio de los Diablos

«El cambio es de todos o no es de ninguno», canta casi en el inicio la veterana murga Diablos Verdes, para desde allí, comenzar a envolver a la platea con ese sortilegio inexplicable, que mezcla la mística, la trayectoria de la murga y la fuerza arrolladora que es como su marca en el orillo. Toda la plataforma desde la cual la murga se lanza al ruedo del Teatro, es el cambio como hecho saliente, puntual, pero también como elemento reflexivo, con tantas aristas como visiones existan sobre él. Tabaré Molina no sólo encarna el «cambio», en tanto personaje o ficción carnavalera, se adentra en las expectativas que ese cambió generó, en las limitaciones del propio cambio en sí, y en las posibilidades de permanencia. El libreto va desenvolviendo como una madeja que se desarma, una serie de situaciones que no ahorran pasajes de ácida crítica, desde la aparición de «Pepe el ansioso», hasta los instantes inmediatos antes de la despedida, con una irónica y jocosa aparición del «insurrecto de la Ciudad Vieja». También alcanzan los Diablos, buenos momentos en el «enfrentamiento entre policías», derrochando ingenio, y una sátira mordaz con un marcado sesgo que confirma el compromiso ideológico del conjunto. Buena labor del director escénico Luis Vázquez, tan sobrio como eficiente y una emotiva retirada en donde la murga mariposa despliega sus alas para volar, encantando con su magia carnavalera, a la platea colmada que de pie saluda y aplaude a rabiar la culminación del espectáculo. *

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