Corso de barrio
Ya con Momo querendón y paseandero, por lo barrios comienza una entrañable tradición montevideana. El corso vecinal que nos mueve la mochila de los recuerdos y pone más que sensiblero al relojito de la zurda. En el barrio se tomaba muy a pecho esa tradición y no te lo digo por aquella doña que le decíamos «doble pechuga». Es que al igual que con el tablado, la organización de ese petite desfile dependía totalmente de los vecinos y si las cosas salían bien de bute se les dibujaba una sonrisa así de grandota.
Había una sana rivalidad con otras zonas de aquella ciudad de antaño y la meta era tener un «regio corso», como decía Chichí la costurera. Los muchachones agarraban las palas y a cortar el pastito que crecía entre los adoquines y las vías del tranvía. Las amas de casa tenían la responsabilidad de baldear cada una su pedazo de calle para que luciera bien de bien. Es que los equinos que trillaban con los carros y carromatos de los ambulantes a cada rato nos dejaban sus regalitos. Las doñas no se asustaban y metían duro y parejo. Cada familia laburaba para que el frente de la casa estuviera más que bonito. Algunos aprovechaban esos días para reparar los tejidos de alambre por donde trepaban las madreselvas o los tacos de reina. Cada jardín era recortado y los rosales y jazmineros aparecían relucientes y solo faltaba que cantaran como en una poesía de la maga Marosa. Entre las plantitas que daban a la vereda se colocaban adornos hechos con cartones pintados en vivos colorinches. Pero las vedettes fueron los balcones que por aquellos años 30 lucían un primor. Se les colgaban motivos carnavalescos como caretas y farolitos de color que al pestañear hacían guiñadas a las pebetas lindazas. Hasta se premiaba a los balcones mejor decorados con un par de botellas de sidra casera que esa misma noche terminaba compartida entre todos. Ya en la calle, cruzando la vereda se colocaban guías con lamparitas pintadas por los vecinos. Si la rifa de unos días antes, de donde salían los mangos para el corso, había sido próspera, entonces la cosa pintaba a lo grande. Se armaban unos arcos metálicos que los poníamos entre cada árbol y si estaban decorados con papel de celofán y una bombita intermitente todos los llamaban «los farolitos chinos». Los veteranos habitués del bar Hércules, de 8 de Octubre y Comercio, juraban que esa tradición había comenzado en un corso de la Unión por obra y gracia de unos chinos tintoreros que aportaron lo suyo en el agasajo barrial al gordito Momo. Todo empezaba tempranito a la tarde con un baile infantil y la actuación de una murga de pibes. Al terminar, arrancaban el Marqués y varios carros alegóricos. No eran muchos, pero se compensaban por la hilera de cachilas con su capota desplegada y llena de mascaritas que nos desafiaban con fingidas voces finitas y risotadas. Por la calle aparecían Pierrot al lado de unas 5 damas antiguas, arlequines y los infaltables hombres de la bolsa. Al final, todo terminaba en un Asalto de Máscaras donde la vitrola aturdía y se bailaba hasta el amanecer.
Antes de irte sabías si ganaste o fuiste boleta a la hora de sacarse las máscaras de cartón. Corso de barrio, un cálido sueño de una noche de verano. Con más recuerdos y música los esperamos en la 1410 AM LIBRE.
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