Sobre el papel de los medios audiovisuales
Una formidable herramienta de comunicación, debida al desarrollo científico y tecnológico de la civilización occidental, se ha convertido en un medio de embrutecimiento y de alienación de los seres humanos. En lugar de cumplir la función de instrumento idóneo para comunicar a la gente, para informarla, para enriquecerla, ha resultado ser el peor medio para trivializar la realidad, escamotear la verdad y entronizar la frivolidad y la tilinguería.
Hace ya bastante tiempo que se viene denunciando este papel de los medios de comunicación audiovisuales pero poco y nada se ha hecho para cambiar este estado de cosas. Apenas si desde los organismos de la enseñanza se han lanzado a veces juicios condenatorios o voces de alerta sobre el contenido de los programas que –con honrosas excepciones– nos ofrecen los canales privados uruguayos. Ninguna autoridad fue capaz de reflexionar que, al moverse exclusivamente por el afán de lucro, los permisarios de las ondas no emitirán sino aquello que les resulte más redituable, y que no vacilarán en atosigarnos con enlatados de pésimo gusto prescindiendo de lo que podría ser útil a la incorporación de valores o a fomentar el desarrollo del espíritu crítico o al enriquecimiento espiritual. No ha habido sino tímidas denuncias de lo pernicioso que puede resultar someter a los televidentes –especialmente los jóvenes– a la alarmante frecuencia con que aparecen hechos violentos en la pantalla chica. Del mismo modo, a muy pocos parece preocuparles el mal gusto de la mayoría de los enlatados importados de Argentina conducidos por tarambanas pretendidamente ingeniosos o por ex vedettes del varieté, paradigmas de la tilinguería y del cholulismo porteños, grosera imagen –casi una caricatura grotesca– de un supuesto ideal de belleza femenina, con su exuberancia obscena (obscena no por exhibir provocativamente sus atributos sexuales femeninos sino por la torpeza con que agrede el buen gusto), con su exageración de siliconas e implantes como para convertirse en el emblema de lo falso, de lo impostado, con esa necesidad enfermiza de no parecer lo que se es y de parecer lo que no se es. Da para pensar que el tamaño de las tetas está en razón inversamente proporcional a la cantidad de neuronas.
Como queda dicho antes, desde hace tiempo todos estamos de acuerdo en este tipo de críticas. Pero más allá de estos contenidos deleznables, creo que la transmisión de imágenes a distancia –esto es la televisión como medio de comunicación independientemente del contenido o de la calidad de sus programas– merece un análisis exhaustivo. No me corresponde a mí hacerlo, pero quiero expresar mi rechazo a esa intromisión en los hogares de figuras y voces que van moldeando nuestros hábitos, nuestros puntos de vista y nuestras necesidades. Una herramienta audiovisual que supuestamente debería ser de comunicación, termina atentando contra la comunicación interpersonal en el seno del hogar y hace que se vaya perdiendo el saludable hábito de la lectura, otra forma de comunicación tanto o más valiosa que la que nos ofrece la televisión.
Alguien dijo que una imagen dice más que mil palabras. Y la sentencia es perfectamente cierta si tenemos en cuenta la elocuencia de ciertas fotografías o todo lo que Chaplin nos transmite en sus películas mudas. Pienso en lo que es capaz de transmitir la expresión del rostro del niño judío con las manos en alto apuntado por un soldado nazi, o en la célebre escena de la muchedumbre corriendo escaleras abajo en El acorazado Potemkin.
Pero resulta que esta «cultura de la imagen» que ha venido imponiéndose desde el siglo pasado termina por desplazar definitivamente la cultura de la palabra. Y nadie parece percibir el peligro que ello supone. No pretendo una imposible –y reaccionaria– vuelta atrás que barra con los medios audiovisuales para restaurar a la palabra en su trono. Propongo un armisticio que habilite una coexistencia pacífica; o mejor, una interacción y una cooperación recíproca entre palabra e imagen.
Porque suele olvidarse que la elocuencia o la expresividad de una imagen valen y son posibles en la medida que la mente humana haya aprehendido la palabra, única herramienta capaz de desarrollar las capacidades de imaginar y de razonar. Al respecto, bueno es transcribir estas reflexiones del escritor Francisco Ayala, citado por Alex Grijelmo en su obra Defensa apasionada del idioma español:
«La pérdida del hábito de leer, a que la invasora información audiovisual induce, tiene por efecto la atrofia de las capacidades imaginativas y de las capacidades raciocinantes. Las nociones absorbidas por la vista, acompañadas o no de un mensaje auditivo, tienen un carácter sensorial directo y tienden a provocar en el sujeto una reacción inmediata, quizá mecánica e irreflexiva, en contraste con las nociones adquiridas a través de la escritura, que exigen elaboración mental por parte del lector, activando así sus potencias discursivas, estimulando su conciencia crítica y obligándolo a transformar en imágenes de propia creación los signos del lenguaje».
Reitero que no propongo barrer con los medios audiovisuales. Espero, eso sí, que el gobierno actual empiece a tomar medidas para contrarrestar los efectos nefastos de una televisión privada que ni informa ni entretiene. Y así como hay un «horario de protección al menor» durante el cual no está permitido exhibir escenas escabrosas, sugiero instaurar un «horario de protección a la inteligencia» durante el cual estuvieran proscriptas la chabacanería y la chatura… *
(*) Periodista
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