Uruguay no fue sólo un invento británico

El actual conflicto entre Uruguay y Argentina pone de manifiesto una historia en común y una diferencia de caracteres, psicológicos y culturales. Si tuviésemos que elegir dos protagonistas del siglo XIX que los representan esos son, precisamente, José Artigas y Domingo F. Sarmiento. Ambos, con luces y sombras, pero que revelan que la retórica ideológica, constructora de realidades virtuales es tan vieja como el chiripá y la levita.

Veamos brevemente. Para el maestro y más tarde presidente de la República Argentina, Domingo F. Sarmiento, la civilización y la barbarie compartieron un único acuerdo: la lucha por la independencia. No obstante, ésta no se hubiese logrado sin el brillo del semáforo europeo. El origen de la independencia de los países americanos, según Sarmiento, estaba en «el movimiento de las ideas europeas», como más tarde el progreso estará en la imitación de Estados Unidos y en la importación de razas bendecidas por la Providencia y aptas para el Progreso. «Los indios no piensan», escribió el educador en Civilización y barbarie, «porque no están preparados para ello, y los blancos españoles habían perdido el hábito de ejercitar el cerebro como órgano». «(En Estados Unidos) los indios decaen visiblemente, destinados por la Providencia a desaparecer en la lucha por la existencia, en presencia de razas superiores…».

Así resulta que un rebelde rural como Artigas debía ser identificado con lo bárbaro, olvidándose lo más valioso por la historiografía de la época, es decir, los documentos escritos, y haciéndose eco de anécdotas orales, característica de lo mitológico, de lo bárbaro -según sus propios parámetros. El hombre que, al vencer en la Batalla de Las Piedras (1811) pidió «clemencia para los vencidos» (precepto que se recitó en las escuelas de la dictadura al tiempo que se practicaba lo contrario), es retratado por Sarmiento como «terrorista», como un caudillo bárbaro, como un tártaro. Así deja en sus escritos el relato de la forma en que la montonera de Artigas mataba a sus enemigos, dejando lo peor del horror a la imaginación herida de sus lectores: «Los cosía dentro de un retobo de cuero fresco y los dejaba así abandonados en los campos. El lector suplirá todos los horrores de esta muerte lenta». Y luego: «La montonera, tal como apareció en los primeros días de la República bajo las órdenes de Artigas, presentó ya ese carácter de ferocidad brutal y ese espíritu terrorista que al inmortal bandido, al estanciero de Buenos Aires, estaba reservado convertir en un sistema de legislación aplicado a la sociedad culta, y presentarlo, en nombre de la América avergonzada, a la contemplación de la Europa».

Como todo bárbaro, como todo terrorista, la lucha del milico de campaña no podía tener un signo positivo: «Artigas era enemigo de los patriotas y de los realistas a la vez». Su principio era el mal, la destrucción de la civilización, la barbarie. Sus instintos son, necesariamente, «hostiles a la civilización europea y a toda organización regular. Adverso a la monarquía como a la república, porque ambos venían de la ciudad y traían aparejado un orden y la consagración de la autoridad». El bárbaro debe ser anárquico, amante del desorden, que es lo opuesto a la «civilización europea» -salvando la redundancia.

Contrariamente a estos juicios, José Artigas propuso, a principios de 1813, veinte artículos que serán rechazados por Buenos Aires, la gran ciudad centralizadora, el paradigma -después de Londres y París- de la civilización sarmentiana. En el segundo artículo de Las instrucciones del año XiII, los bandidos, los terroristas del general José Artigas, propusieron que la nueva unión de provincias «no admitirá otro gobierno que el de confederación (y) promoverá la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable, (artículo 3º). Como el objeto y fin del Gobierno debe ser conservar la igualdad, libertad y seguridad de los Ciudadanos y los Pueblos, cada Provincia formará su gobierno bajo estas bases (artículo 4º), así éste como aquél se dividirán en Poder Legislativo, Ejecutivo y Judicial (artículo 5º). Estos tres resortes jamás podrán estar unidos entre sí, y serán independientes en sus facultades (artículo 6º)».

Todo lo cual demuestra no sólo conocimiento de las nuevas ideas que estaban naciendo en la civilizada Europa y la futura gran nación de los Estados Unidos, sino también una sensibilidad difícilmente calificable como bárbara, aún en el sentido arbitrario que le confería el propio Sarmiento, como cualidad de imitación de los pueblos anglosajones. Los últimos artículos de las Instrucciones, breves como los anteriores, advierten de un mal que se reproducirá en el continente por casi doscientos años más: «Artículo 18º: El despotismo militar será precisamente aniquilado con trabas constitucionales que aseguren inviolable la soberanía de los pueblos». Recomendación que resulta aun más significativa por lo temprano de su fecha histórica, por la formación militar de José Artigas y por haberse reunido esta asamblea en un campamento militar. Cualquiera de estos factores, por sí solos, fue suficiente para que en años más recientes de nuestra orgullosa modernidad se violasen cada una de estas recomendaciones constitucionales humanas y democráticas, en cada uno de los países latinoamericanos. Y en la amplia mayoría de los casos, el crimen, la violación de los Derechos Humanos y la barbarie fue delicadamente administrada por las élites más cultas y «civilizadas» de la sociedad.

El estilo de Sarmiento (aparte de demostrar un elevado concepto de sí mismo) es directo y provocador. Su estilo llega a ser, por momentos, agresivo, olvidando el recurso a los argumentos con digresiones como: «Todos los tribunales están desempeñados por hombres que no tienen el más leve conocimiento del derecho, y que son, además, hombres estúpidos en toda la extensión de la palabra». Cuando analice su propio tiempo y lo compare con sus modelos personales de éxito nacionales, a los cuales recomendó imitar casi toda su vida, reconocerá tristemente el fracaso de América Latina, de un pueblo, una raza y una cultura que nunca reconoció como propia.

En su ensayo Sarmiento y el desarraigo iberoamericano, José Luis Gómez-Martínez concluirá con una observación inevitable: «De este modo se ocultaban las verdaderas causas del fracaso iberoamericano: la falta de originalidad, la imitación absoluta, el desapego de las propias circunstancias que preferían ignorar. Nunca se había contado con el pueblo para gobernarlo; se le había dado constituciones que no sentía, leyes que se oponían a sus tradiciones y que le eran desconocidas y ahora, se les acusaba también de fracaso de unas formas de gobierno en las cuales no le habían permitido participar».

El Mercosur se debe como concepción más a pensadores de ese pequeño país que a cualquier otro, comenzando por José Artigas hasta el filósofo latinoamericano más influyente del siglo XX, José Enrique Rodó (sic Encyclopedia Británica y otros). Para no mencionar varios intelectuales uruguayos de las últimas décadas que apostaron por el proyecto mucho antes de que éste tuviese un nombre. No obstante, envalentonados por un momentum económico de los gobiernos de Kirchner y Lula, Uruguay y Paraguay se han transformado en los convidados de piedra. Escudados en la vieja retórica antiimperialista norteamericana (que existe un imperio americano no hay quien lo escuse) se suelen disimular otras largas historias imperiales en nuestro propio continente sudamericano que, si no pasaron a mayores fu
e por sus propias debilidades, sociales y económicas. Y nuestro gran hermano del norte, Brasil, aunque querido y admirado por nosotros, no puede ocultar una larga tradición al respecto. No nos hagamos los inocentes, ahora.

Dicho esto, señalado el árbol, volvamos a ver el bosque. Bajo cualquier circunstancia debemos evitar caer en nacionalismos anacrónicos. No abandonemos la utopía de una integración latinoamericana. Integración, no asimilación. Asociación, no subordinación. Es por ésta y por aquella razón que no podemos renunciar a ser tratados como iguales. El tamaño de un país o de su economía no representa el tamaño de sus habitantes ni de sus culturas. Recordarlo y reivindicarlo es una defensa del ser humano, origen y fin de cualquier reflexión, aquí abajo en la tierra. *

 

(*) The University of Georgia, enero 2006

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