Carnavales "eran" los de ahora
Corría el año 1956. En una de las innumerables crónicas de prensa referidas al inicio de las festividades de carnaval, el escriba aseguraba que «año tras año nuestros carnavales son una triste y deslucida parodia de las fiestas de antaño». Dos años más tarde, el diario El Popular titula «El dios Momo entró dando tumbos en 1958″, y en las primeras líneas leemos: «Es indudable que el viejo dios de las tradicionales fiestas carnavalescas está en tren de franca declinación, que parece no tener punto final». Unos años después, en las páginas de la ya tradicional revista Mundo Uruguayo, con fecha 13 de marzo de 1963, el comentario, que con toda certeza no es realizado por la misma persona de las crónicas antedichas, es contundente: «Porque la verdad sea dicha: las carnestolendas han quedado reducidas a las representaciones buenas o malas , de las agrupaciones (…) que en los hechos no se ven compensadas por la aceptación del pueblo. Este bosteza, en su mayoría, mientras aquellos se afanan». En 1968, en la primera plana de El País se lee: «Sin papelitos. Sin serpentinas. Claro que, a esta altura y en un país que debe hacer milagros para olvidarse de sus penurias, digerir el Carnaval supone una tarea bastante problemática. Y ciertamente, el desfile de anoche por la principal avenida aporta un buen antecedente para confirmar esas dudas.» Son ejemplos de una infinidad de testimonios, que a través de la prensa no sólo escrita, aunque de ese ámbito se conserve lógicamente una mayor profusión de documentación , dejan traslucir un sentimiento que es inherente a la existencia del carnaval propiamente. Siempre, «carnavales eran los de antes», porque éramos jóvenes o más jóvenes , porque teníamos muchos proyectos y esperanzas, porque soñábamos y creíamos en el futuro, porque teníamos amigos del alma, porque nuestros padres estaban vivos junto a nosotros, porque estábamos enamorados perdidamente, o sencillamente porque el genio de Manrique ya escribió que «todo tiempo pasado fue mejor».
Sobreviviendo a todo
Entonces, ¿qué podemos agregar a lo ya visto el jueves por la noche? No hubo sustanciales cambios con relación a desfiles anteriores, aunque tal vez se haya notado una menor saturación de camionetas, ómnibus o camiones de toda especie, que suelen prodigar una gran cuota de polución visual que en nada contribuye al lucimiento de la fiesta. El transporte de las Reinas, que no podemos llamar carrozas, no resiste la comparación con años anteriores. El aporte fundamental vino por el lado de los conjuntos, que derrocharon ingenio, colorido y un considerable despliegue; se mantuvo el ritmo constante del pasaje de agrupaciones, que por momentos ya estamos acostumbrados a ello , lo hacían casi corriendo y la concurrencia estuvo a la altura de las circunstancias, en cuanto a número, conducta y participación. No podemos retrotraernos a los años de «gloria» porque ya vimos lo que opinaban aquellos contemporáneos; incluso cualquiera de aquellas líneas podría aplicarse a este presente si nos dejáramos llevar por un espíritu más crítico que festivo. Pero hay que mejorar, de eso nadie debe tener dudas. Pasado el Carnaval 2006, sería deseable que se abrieran instancias en las cuales todos y cada uno de los involucrados en la fiesta pudiesen contribuir con ideas e iniciativas para mejorar este desfile, en cuanto a brillo, iluminación, lucimiento, carrozas y participación. No son pocas las personas que encuentran en los idos carnavales el paradigma de una fiesta que, sin embargo, siempre contó con detractores y a la que en todo momento se le buscaron y encontraron defectos, pero que ha sabido sobreponerse a las críticas, a los períodos de crisis, a una feroz dictadura y a la competencia encarnizada de los avances tecnológicos, como en su momento fueron la aparición del cine sonoro, la televisión más tarde, el video después, la televisión por cable y la Internet ya en tiempos recientes. El sólo hecho de haber sobrevivido a todo, la hace merecedora de nuestras mayores atenciones. *
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