¡Adiós Bizancio!
Su nombre legal, de hombre formal, era Feliciano Silva, pero en la calle y para el Carnaval fue bautizado para siempre como «Bizancio». Y en estas horas en que nos invade la tristeza, mientras sus restos están siendo velados, uno debe bajar recuerdos imborrables, pedazos de historia que como eternas guirnaldas alumbran las noches de Carnaval, para escribir la crónica que nunca queremos, para decir que el Negro Bizancio ha muerto.
En silencio pasa por nuestra mente el inolvidable cuplé de las enfermedades, cuando Bizancio relataba como sólo él podía hacerlo, una por una, todas la enfermedades que había tenido: «Tuve sarampión y gripe / tos convulsa y varicela / solitaria la hepatitis / fiebre amarilla y viruela…» Al final, la murga le preguntaba a qué había ido hasta el tablado. Y el negro respondía con cara de desgraciado: «He venido a donar sangre…».
Paseó su veteranía de murguista de alma por infinidad de tablados, con Saltimbanquis, Don Timoteo, Araca la Cana, Milonga Nacional, Amantes al Engrudo, y ya aparecen guardadas en nuestras retinas sus últimas actuaciones en La Matinée, para deleite de los más viejos y felicidad de los que no lo habían visto. Como en el cuplé de las enfermedades, cuando llegue «allá arriba» y relate su vida en las puertas del cielo, al preguntarle San Pedro a qué ha venido, seguramente conteste: «Vine a hacer un cuplé». *
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