Pacifismo y violencia
En todos nuestros países tenemos Fuerzas Armadas. Para todas ellas rige la despenalización del homicidio en ciertos casos. Es más: rige la orden de matar bajo pena de ser penalizados. Y, en caso de guerra, serán condecorados por la sociedad los que más gente del enemigo maten (de ser posible sin que el enemigo logre matar a uno solo de los nuestros). Para la Policía es lo mismo. Y en todos los Códigos Penales existe la despenalización del homicidio si éste se produce en casos de legítima defensa. Y para mucha gente la despenalización del aborto es una despenalización del homicidio.
No voy a citar los países en donde existe la pena de muerte ni tampoco aquéllos, como el mío, en los que hasta hace poco había una ley que autorizaba y organizaba los duelos (que se cobraron hasta hace poco varios heridos y muertos en «el campo del honor». Todos ellos gobernantes o grandes figuras del país). Los médicos están autorizados a matar cuando por ejemplo deben optar entre la vida de la madre o la del hijo en partos complicados y a omitir asistencia cuando en una emergencia se encuentran desbordados entre varios heridos: eligen a los salvables y abandonan a los graves. Y en casos de accidentes es famosa la frase: «primero los niños, luego las mujeres y finalmente los hombres». Ella lleva implícito el homicidio por causas de fuerza mayor que, cuando hay disciplina, se lo impone a la fuerza (incluso mediante homicidio).
Estos son hechos objetivos. Realidades. Ahora bien: la propuesta de Oscar del Barco puede ser llevada, en realidad debería ser llevada, por vía del razonamiento, hasta sus últimas consecuencias, asumiéndolas. Así lo han hecho y hacen muchas personas.
Sinceramente no creo que haya hoy en el mundo sociedad alguna que lo acepte. El asunto es mucho más grave que pedirle a Gelman que pida perdón.
No fui tan necio como para no haberme formulado en el pasado (y hasta hoy) esas profundas preguntas que nos propone Oscar del Barco y que, se ve, él no se las formuló antes de entrar en su pasado guerrillero.
Me hubiera gustado (tengo vocación) haber sido como Gandhi un no violento activo. Ojo: activo. Entiéndase bien: activo.
Para mí es, paradojalmente, una de las formas más agresivas de lucha, y la que exige mayor valentía. Por ejemplo, prenderse fuego en una plaza y de ser posible ante las cámaras de CNN, como los bonzos, es un golpe al corazón de cualquier imperio o de cualquier gobierno siempre y cuando tenga prensa. Realizar una huelga de hambre (como las que inventó Gandhi) por la liberación de un país como la India, y nada menos que contra Gran Bretaña, es sublime.
Pero Gandhi, que no era bobo, y a diferencia de lo que nos propone Oscar del Barco, aconsejaba: «jamás hagan huelga de hambre contra un enemigo del que no sepan que guarda en el fondo de su alma algún resto apreciable de bondad.» ¡¡Qué viejo sabio!!
A Hitler no era concebible hacerle huelgas de hambre…
Gandhi derrotó a Gran Bretaña y fue asesinado por una organización hindú partidaria de la guerra urgente contra los musulmanes, cuando dio comienzo una hecatombe entre ambos bandos y el mayor desplazamiento humano de la Historia hasta el día de hoy.
Habiendo tomado muy buena nota del consejo de Gandhi, y conociendo a Pacheco, descarté ese camino que, repito, es el más lindo, siempre y cuando haya prensa disponible. En realidad: define la prensa mucho más que el autosacrificio. Y define, a no olvidarlo, la erosión que eso causa en los corazones de los soldados. Por lo que el asunto tiene algo de hipócrita: con ese gesto, al fin de cuentas lo que se busca es que gente armada y dispuesta a matar por el bien y contra el mal, lo haga por nosotros cargando además con la culpa. Es famoso el caso de cuando en cierta zona de Africa los franceses libres peleaban contra los franceses de Vichy muriendo y matando mientras Albert Sweitzer, el famoso pacifista, ajeno al drama del planeta, manteniéndose neutral, dedicaba sus esfuerzos a defender la vida de ciertos antílopes amenazados por la balacera en la «tierra de nadie». O el famoso cuento de la I Guerra Mundial:
– ¿Te acordás cuando los turcos nos violaban?
– ¡Y cómo se reían! – contestó el otro viejo ex soldado.
O esto de ahora, declarado por una víctima del genocidio que está en marcha en Darfur, Sudán, (publicado el 9 de julio pasado en el Suplemento Qué Pasa del diario El País de Uruguay y republicado este 7 de enero): «Los janjaweed se sienten felices cuando violan. Ellos cantan cuando violan, y nos dicen que somos esclavas y pueden hacer con nosotras lo que deseen.»
Mi pregunta crucial fue: en el supuesto caso de que sea pacifista filosófico dispuesto a entregar mi vida sin resistir con violencia y alguien o algo atentara contra la vida de mi hija niña (con la que no es posible hablar de filosofía para consultarla): ¿la dejo matar? La respuesta fue y es clara: me hago matar con tal de matar al asesino y salvar la vida de la niña. Mil veces y no sólo por mi hija.
Sir Bertrand Russel demostró que hubo menos víctimas en Vietnam cuando comenzó la guerra contra el imperialismo que las que éste cobraba cuando era impune.
Y Jesús, el de los latigazos en el Templo, dijo que si nos pegan en la mejilla debemos poner la otra, pero no dijo nada acerca de qué hacer si también nos pegan en la otra. Y ya casi muerto clamó a su Padre: ¡¡Perdónalos porque no saben lo que hacen!! Dio una razón para perdonar: que no supieran lo que hacían. Pero condenó de paso a los que cuando matan saben muy bien lo que hacen. En suma, parece muy superficial el análisis del filósofo argentino Oscar del Barco. Habla mal del estado de la filosofía en dicho país. *
(*) Senador de la República. Escritor.
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