El Gran Pepino
Pasaron las Fiestas y hasta los Reyes se fueron a sus pagos de Oriente. Y como antes y ahora, los calientes aires de enero traen el eco de carnavaleros ensayos. En la recta final se ajustan los coros, algún retoquecito a la letra y las modistas pedaleaban las Singer para llegar a tiempo con el vestuario. Cada barrio se inundaba con aromas de murgas que los vecinos respiraban bien hondo. Como allá por Marcelino Sosa y Garibaldi en La Bombonera donde se reunían los murguistas de Los Patos Cabreros para luego dirigirse al cercano Club de Patín donde, por los principios de los años 60, ensayaban bajo la dirección del gran Pepino. En la barra del cafetín, los esperaba José Ministeri con su tradicional copita de vino Garnacha. Pepino había tomado la dirección de esa murga en los días que ensayaban en el Teatro Politeama de Colonia y Paraguay y nunca más largó esa querida batuta. Por esos principios del 900 sus competidores eran el Tito Ríos de «Don Bochinche» y el mítico Reyes de «Los amantes al engrudo» y se sacaban chispas, cada cual en su estilo. Desde su época de fundación, los Patos amasaron su voz criticona y meta lonja a los doctores de la política. Contaba Pepino que había estado preso varias veces en algunas comisarías porque algún milico alcahuete quería hacer méritos con tal o cual político a quien la murga castigaba duro y parejo. De muy fuerte personalidad el Gran Pepino se había formado en la universidad de la calle y tenía la carpeta que se obtiene al meter pata y pechera en los adoquines. En su juventud se había ganado la vida como humilde canillita que trillaba las calles cual un gorrión proletario y laburante. Fue de la época del luchador Troitiño cuando los canillitas luchaban por un gremio independiente. Y en Pepino se confirmó la vieja regla del Carnaval de antaño que con razón decía que «canilla y murguero eran una sola palabra». También lo recordamos como aficionado a los pingos en la época de oro de Maroñas. Su orgullo era enorme al mostrar un carné que lo acreditaba como socio vitalicio del Jockey Club. Con mucha picardía decía que Los Patos Cabreros eran la murga preferida por los burreros ya que así quedaba la mayoría de las veces por culpa de algún pingo que pintaba como fija y terminaba como algunas minas, o sea puro fiasco. La murga fue varias veces leyenda con sus pegadizas letras que pegaron fuerte en el cuore popular.
Por 1930, se unieron al sentimiento de victoria por el Campeonato Mundial obtenido en el flamante Estadio y el coro recorrió todo el país diciendo aquella letra que ahora parece un sueño: «Uruguayos campeones de América y del Mundo…»
La Retirada de los Patitos del 53 fue entonada por todos los vecinos del tablado que por años se la exigieron a la murga como un «bis obligatorio». Los Patos del Gran Pepino pertenecieron a la época en que las murgas se trasladaban de un barrio al otro en un enorme carro de mulas porque para alquilar un camión había que tener guita y sólo algunas «troupes» podían darse ese lujo. De sus varios famosos «cuplés», el que titularon El Canilla de finales del año 20 fue de los más aplaudidos en el esquinero tablado de Asencio y Agraciada. En su extensa vida Los Patos tuvieron distintos locales de ensayo en barrios tan diversos como el Club Rosarino Central de Palermo o en la famosa Granja del Reducto.
¡»A los versos de la murga, a los versos de Los Patos»!, grita el vendedor atravesando las filas de sillas y banquitos puestos en la calle. Y allá arriba en los tablones Pepino da una voltereta y sacándose la galera saluda con su pintarrajeada sonrisa que parece un eterno farolito de colores. Con más recuerdos y música, los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *
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