Prohibido para nostalgicos

"Señores Reyes Magos"

Los niños se acostaban muy temprano. Al caer la tarde ya no había ninguno en los potreros de la esquina, ni siquiera en la puerta jugando a la bolita. Unos días antes habían hecho la cartita en una prolija hoja Tabaré. Con la pluma cucharita se leía al principio «Señores Reyes Magos». Los abuelos en esa noche los ayudaban en sus obligaciones. Colocar el pasto y el tarrito con agua para los cansados camellos y poner sus gastadas zapatillas en la puerta del cuarto. Mientras los padres se levantaban de madrugada para ubicar los regalos, alguna tía vigilaba atenta que los chiquitos no estuvieran vichando. Esa vigilancia era muy importante pues muchas veces había que abrir y cerrar puertas ya que los regalos estaban en la casa del vecino y había que traerlos esa noche al hogar. Por eso había que cuidarse porque algún pibe ya mayorcito dormía con un ojo abierto y la orejita parada. En nuestros queridos barrios populares los regalos se repetían y por lejos el preferido era la pelota de cuero que venía a sustituir a la de trapo. Según las edades se regalaban pelotas que tenían números del 1 al 5, siendo esta última la profesional, llena de gajos y un grandote piripicho para darle con el inflador de la chiva. También los señores Reyes Magos nos traían a los pibes de antaño, los clásicos monopatines para andar por la placita y nunca por la calle porque los tranvías eran el miedo de los padres. Los patines, con cuatro rueditas y municiones fueron muy solicitados por los botijas que ya querían jugar un poco más lejos de sus casas. Un regalito especial para los más chiquitos eran los carritos de madera, con cuatro ruedas y con una pequeña varilla que tiraba el papá trasladando a su hijito por toda la cuadra. Se podía decir que ahí, en ese carrito llevado por la mano paterna, el pibito comenzaba a mirar por primera vez al mundo del barrio. Primero el almacén y en las noches de febrero, estaba el viaje hasta el tablado y sus comparsas. Otro regalo repetido y más cuando los bolsillos de los Reyes estaban flacos, fueron los baleros. Ahí tratando de «embocar», se prendían niños y padres. Muchas veces en los entretiempos de los partidos barriales se organizaban tremendas competencias de balero mientras se esperaba la reanudación del partido. Otro pasatiempo que servía para zafar cuando los Reyes estaban pobres fueron las cuerdas de saltar. Los pibes las disfrutaban de lo lindo y en la mañanita del 6 de enero frente a las casas de las familias laburantes siempre había un montón de botijas saltando y riendo con cuerdas de soga y mangos de madera. Las niñas tenían preferencia por los juegos de cocina compuestos por piezas de lata. Con estos, las madres iniciaban a sus hijas en todos los misterios de la sabrosa cocina «casera». Por su parte las muñecas y muñecos encerraban un profundo sentimiento quizás por ser de trapo y hechos artesanalmente. Guardaban el secreto de la ternura que los chicos recibían con emoción. En casos excepcionales y cuando en el hogar de los trabajadores las cosas marchaban muy bien o la niña había sacado en la escuela muchos sobresalientes, entonces aparecían las muñecas de porcelana. Eran de extrema delicadeza, casi tanto como la de sus frágiles propietarias y esas muñecas una vez que llegaban a un hogar jamás lo abandonaban. Es que con los años pasaban de las manos de las madres a sus hijas y así a otras damitas de la familia que las cuidaban como un inapreciable tesoro. Por la década del 50 llegaron otras diversiones que fueron muy solicitadas a los señores del Oriente. Aparecieron juegos como el «hula-hop», un aro para mover las caderas hasta quedar de cama. Y también unas cajas de cartón donde se guardaba una maravilla llamada «los mecanos» para armar metálicas figuras. Nosotros, aunque ya muy veteranos, seguimos pidiéndole a los Magos de Oriente que a todos nos traigan el regalo de la solidaridad y la fraternidad. Con más recuerdos y música, los esperamos en la 1410 AM LIBRE. *

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