Declaración de guerra o confesión de amor
A partir de hoy, LA REPUBLICA brindará toda la información vinculada con nuestra principal fiesta popular. Llevaremos a cabo nuestra labor sin concesiones, hablando claro y preciso, como lo hemos hecho siempre, cada vez que las páginas del diario plural le han dado acogida a nuestra pluma, y no sólo en Carnaval sino también en otros eventos tradicionales y populares.
No somos ajenos al fenómeno Carnavalero, desde que nos ha tocado actuar en distintas instancias vinculadas a la fiesta, todas ellas de enorme responsabilidad. Con el mismo compromiso, con el mismo espíritu, encaramos hoy este desafío, mencionando en primer término, la generosidad y el don de gentes de nuestro amigo y colega Daniel Porciúncula, hoy director del Teatro de Verano «Ramón Collazo», quien le ha dado a esta página un prestigio indiscutible, cosechando el respeto y la confianza de lectores y protagonistas.
Desde la salida de la dictadura han transcurrido más de veinte Carnavales, y lo que en algún momento parecían soluciones necesarias para rescatarlo de su letargo se han ido convirtiendo con el paso de los años en metas inalcanzables.
La desaparición de los tablados
Sabido es que no hay Carnaval sin tablados, y sin embargo las soluciones de fondo para asegurar por un lado las fuentes de trabajo para los propios Carnavaleros, y por otro, la posibilidad de que los ciudadanos de todos los barrios pudiesen asistir a los espectáculos de Carnaval, no se han instrumentado en estos dos decenios. Hubo intentos, sí, pero la realidad demuestra que no se apuntó en la dirección correcta, y esto no va dicho como crítica destructiva para ninguna de las partes involucradas en la organización. Es la constatación de lo que, en ese punto, se encuentra en el debe. En más de una oportunidad hemos escuchado que todos los argumentos posibles e imaginarios con relación a la problemática de la escasez de escenarios le atribuyen a la crisis económica del país un rol preponderante, pero haciendo un somero repaso histórico, desprendiéndonos de la cercanía de los Carnavales del último lustro y hasta de la última década, comprenderemos que las causas de estos males son más profundas y variadas, o en todo caso, no es únicamente la crisis la gran culpable. Muchas veces se ha preferido mirar para el costado y evitar tomar decisiones impostergables porque arriesgar no era estratégico; en otras ocasiones faltó diálogo entre los responsables de llevar esta fiesta a buen puerto… y así arribamos hoy a la alborada del Carnaval 2006, el que todos deseamos y esperamos que sea bueno y recordable.
De aquí para adelante
Entre los aciertos de los años post dictadura debemos destacar el afincamiento definitivo del Carnaval en el mes de febrero. Fue uno de los logros más sustanciales. No fue acompañado lamentablemente por otros aciertos, pero ha servido para consolidar definitivamente el desarrollo de las festividades, durante la época del año más propicia, favoreciendo inclusive la captación de un porcentaje mayor de turistas.
Para el Carnaval 2006, sin embargo, se anuncian algunas modificaciones que pueden aparejar resultados no deseados. En efecto, el calendario de la primera rueda ya establecido para el Concurso Oficial de Agrupaciones, está compuesto de 14 etapas, 13 de ellas con sólo tres conjuntos, comenzando a las 21.00 horas. Se ha dicho que el adelanto de la hora ha sido la razón fundamental para introducir esta modificación, pero no nos parece que sea un argumento de peso y la medida, desafortunadamente carece de todo sustento. Tenemos en nuestra mesa de trabajo recortes de prensa de 1969, de 1972, y hasta de 1985, con las programaciones del concurso de agrupaciones correspondientes a cada año y al día específico de cada ejemplar de prensa. Siempre la hora de comienzo fue a las ocho de la noche y en muchos casos, en la primera rueda, las etapas eran de ¡cinco conjuntos! Y recordemos que el concurso se llevaba a cabo de acuerdo con lo que marcaba el almanaque, terminando más de un año, casi a fines de marzo. En los últimos años se ha intentado además confeccionar la programación por medio de un sorteo televisado, y no somos pocos los que recordamos con nostalgia cuando el veterano y sagaz Víctor Olivera, sentado en su oficina de Daecpu, armaba con mano sapiente las etapas del concurso, amalgamando con sentido común los intereses artísticos y taquilleros. Al que le tocaba ir «de día», no tenía derecho al pataleo, y son muchos los directores que todavía están en actividad, que debieron presentar sus espectáculos casi a plena luz del día. Llevar la cantidad de conjuntos a tres, se parece más a un suicidio que a una solución, pero el tiempo como siempre, dirá si fue un acierto.
Lo del título; declaración de guerra en el mejor sentido: guerra a la desorganización, a la mercantilización excesiva, a la falta de escenarios, a la falta de políticas apropiadas para salvar y perpetuar nuestra mayor fiesta popular. Confesión de amor, porque el Carnaval es parte de nuestra vida, vibramos con él y sólo aspiramos a que mejore año tras año. *
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