La columna amarilla

La vida es sueño

Era un día gelatinoso.

Uno se levanta después de varias horas de estar encerrado durmiendo, dando vueltas y vueltas para zafar del calor y, sin darse cuenta, como si a uno lo empujaran, entra en el conocido laberinto de todos los días.

Antes de eso me puse a leer el diario y me entero que se ha descubierto que los animales sueñan sobre eventos de su vida como los humanos. Así lo aseguran en el Centro para el Aprendizaje y la Memoria (hermoso y sugerente nombre) del Instituto de Tecnología de Massachusetts (EEUU).

Matthew Wilson, su director, y un estudiante, tomaron unas ratas que nacieron para correr en un laberinto durante muchas horas y luego recibir unos trocitos de chocolate como compensación por su esfuerzo y les colocaron unos electrodos en el cerebro. En el hipotálamo, que es la parte del cerebro de los humanos donde se forman los recuerdos y las experiencias.

El Matthew, con el otro, controlaron la actividad cerebral cuando las ratas recorrían el laberinto y cuando ellas dormían.

El resultado fue «sorprendente», dijo Mat, los registros fueron tan similares que los investigadores pudieron señalar en qué parte del laberinto estaban las ratas en el sueño y a que velocidad soñaban que corrían.

Wilson cree que los sueños de las ratas tienen un propósito similar al de los humanos.

Fue ahí que me di cuenta que estas pobres ratas soñaban con lo que sus patrones, sus «dueños», le habían dado para soñar: correr en el laberinto para ser recompensadas con un pedacito de chocolate, nada más.

No soñaban con acostarse con la ratita más bella del laboratorio o con adquirir nuevas habilidades que le permitieran salir del laberinto y escapar del laboratorio y ni siquiera soñaban con morder la mano de Matthew o de su alumno.

Sudando, fui al baño a lavarme la cara. Me vi en el espejo y quedé un largo rato mirándome. No recordaba lo que había soñado esa noche.

Era un día gelatinoso. *

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