La cuestión nacional

No sé si es cuento o sigue siendo anécdota pero allá por principios de la década de los sesenta el doctor Mario Naviliat, aquel formidable ser humano, contaba que una tarde en la policlínica de cierta localidad de Canelones le tocó atender a un corpulento paisano muy educado.

Ante la consabida pregunta acerca de qué problema tenía, el canario, colorado como un tomate y con el sombrero en la mano, aseveró que adolecía de cierta dolencia en el pene pero usando una palabra mucho más conocida. Eso sí: para suavizar la cosa, aplicó uno de esos espléndidos diminutivos de los que el idioma castellano es líder mundial por lejos (por ejemplo, para la palabra «chico» tenemos: chiquito, chiquitito, chiquititito, chicuelo, chiquísimo, chiquillo, chiquilín, chiquiño…)

Dicha fronda de diminutivos es usable en todo sustantivo o adjetivo.

– Bien   dijo el médico   muéstreme.

Luego de ver lo que vio, Naviliat comenzó sus consejos terapéuticos:

– En primer lugar ya es hora de llamar a esto por su nombre – y derribando diminutivos, concluyó: – esto es «tal cosa».

A los uruguayos, en especial al «sistema político», le viene pasando con la EMIGRACION lo mismo que al paisano.

El actual proceso migratorio comenzó con la década de los sesenta. Continuó en la de los setenta y los ochenta con el agravante de la dictatorial persecusión política iniciada bajo el pachecato y sus permanentes Medidas Prontas de Seguridad (una de cuyas penas es el destierro voluntario en lugar del calabozo obligatorio).

Es sabido que, pasando por el retorno de muchos exiliados al salir de la dictadura, el proceso migratorio siguió sin pausa agravándose en la década de los noventa, para llegar a su pico en los alrededores del año 2002 cuando Jorge Batlle con Bensión logró terminar de fundir al país.

Cuarenta y cinco años de emigración constante (casi medio siglo), no permiten diminutivo conceptual alguno: estamos frente a una grave enfermedad ENDEMICA. No podemos seguir engañándonos.

Si agregamos la bajísima tasa de natalidad, las proyecciones de los demógrafos para dentro de unos años son lo único que pueden ser: pavorosas.

Agreguemos que se van los que están en edad productiva y no olvidemos que muchos de los que se van llevan no sólo su fuerza laboral física y mental sino también su capital. Porque las peores leyes de extranjería en los «mejores» países del mundo abren de par en par sus puertas (tienden alfombra roja) para las personas que ingresen con capital contante y sonante o con maquinarias para producir (hay allí inmigrantes «che» e inmigrantes «usted»).

Además, y según investigaciones oficiales y privadas, la reproducción de la población corre principalmente a cargo de las mujeres más pobres.

Con lo que, también internamente, se produce una emigración hacia el submundo de la pobreza, la exclusión y la marginación. Un «país», una «civilización» dentro de la otra: la de los que todavía comemos.

Ese fenómeno puede verse con sólo tener ganas de mirar.

Esta grave enfermedad endémica de doble faz, da de lleno contra la «cuestión nacional» porque compromete y pone en tela de juicio el destino de Uruguay. Hay otros proyectiles que por otras causas también golpean bajo esa línea de flotación. Pero este es sin lugar a dudas el peor de todos. Es el que los «resume» a todos: la gente se va. Lisa y llanamente se va: a Barcelona o a las tolderías del neolítico.

La «pirámide» demográfica de Uruguay completo se parece a la de un país del primer mundo: casi rectangular, por tanto envejecida y aún despobladora. Pero tiene como agravante sendos «mordiscos» en la «cintura»: la emigración en las edades juveniles y medias.

Es como la radiografía de un caso terminal en la pared de un CTI.

Pero resulta que si de esa «pirámide» se extrae la población que NO tiene «necesidades básicas insatisfechas», entonces sí aparece ante nuestros ojos una pirámide perfecta (muy ancha abajo y fina arriba), idéntica (dicen los demógrafos) a la de Ruanda. En Montevideo, por ejemplo, podemos viajar desde Africa a Europa en cuestión de minutos.

Ya sabemos la causa de fondo: hay un modelo económico que se intenta imponer en el mundo que, por definición, es para una minoría. Expulsa masas de población desde unos países a otros y desde unos barrios a otros pero también desde la vida hacia la muerte (o por lo menos hacia la mortificación de una vida insoportable).

Pero el asunto es que nosotros estamos donde estamos y por lo tanto, si bien conocer la causa principal nos ilumina, estamos obligados a resolver concretamente los problemas concretos.

En estas horas Uruguay faena unos cincuenta mil bovinos por semana. Los frigoríficos trabajan al tope. Pero lo más importante es que hemos llegado al «punto de equilibrio»: si matamos más, empezamos a matar la «máquina» ganadera. La pradera uruguaya, en las actuales condiciones, llegó a su límite. No hay excusa: estamos vendiendo a buen precio todo lo que tenemos para vender. Pero la gente se va. Y lo decisivo en esa materia es que se puede producir más pero siempre y cuando haya mercado y precio porque de otro modo tampoco la pradera soportaría esa mayor carga invendible y la máquina se rompería también pero por plétora. En la hora de su «éxito», ese es el dilema del mayor «capital» que por ahora tiene Uruguay. El «partido» se define acá, y lo ganamos fácilmente, siempre y cuando se decida afuera… Mercados firmes y precios verdaderos. Para ser gráficos aunque parezca exagerado, tal vez la batalla de Uruguay, se decida en Shangai o en algún otro confín por el estilo.

De nada vale saber la causa de un tsunami, verlo venir, y hacer por escrito la denuncia en un juzgado. Tampoco reunirnos para sacar una enérgica declaración en contra. Mucho menos organizar una manifestación, con sentada, contra él. Y sería poético pero suicida montar una desafiante cadena humana en la playa gritándole que no pasará… O que no nos moverán.

Cuando las cosas están como están, cuando los demógrafos nos dicen lo que dicen, la primera pregunta que debemos hacernos es: nos interesa la nación. La respuesta divide aguas.

Y divide estrategias porque divide caracterizaciones del momento histórico.

Pertenecemos a una ya vieja corriente de pensamiento dentro de la izquierda, que se hizo esa pregunta a fondo hace unos cuarenta y cinco años y la contestó afirmativamente trazando por lo tanto y desde ese momento una estrategia que es la que nos ha guiado y guía hasta ahora.

Y decimos «corriente de pensamiento» porque ella provino desde las más variadas fuentes nacionales e internacionales y abarcó también, en tajante corte horizontal, a personas y grupos de la más variada gama.

La pregunta parece sencilla pero no lo es. La respuesta también parece sencilla (como obvia) pero tampoco lo es.

De ella emerge para quienes la responden en la izquierda afirmativamente, y sólo para ellos, un concepto: la Liberación Nacional, que abarca cuestiones territoriales, morales, idiomáticas, culturales, artísticas, sociales, políticas y hasta militares. Genera una estrategia y por lo tanto una política de alianzas y una política internacional.

Si fuéramos ciudadanos estadounidenses, por ejemplo, sería un total disparate plantear la Liberación Nacional (eso ya lo hicieron hace dos siglos y medio y no les fue nada fácil: en ese sentido hay mucho para aprender de su augural Revolución). Tendríamos entonces que plantearnos, como los Mártires de Chicago o como Sacco y Vanzetti (por nombrar a algunos héroes), el socialismo (y hasta el anarquismo).

Y de ahí se despre
nderían una estrategia y una política de alianzas muy distintas a las nuestras en Uruguay y sin embargo totalmente correctas. Coincidiríamos en la política internacional.

Las dos políticas de alianzas y las dos estrategias serían correctas aunque fueran distintas porque todo depende del lugar donde se está y debe estar: un chupete debe ir en la boca y un supositorio en otro lado. No debemos confundirnos aunque, la verdad sea dicha, es demasiado común y deplorable ver gente tan desubicada como el chupete y el supositorio de marras. *

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