Año Nuevo
Unos días antes de los festejos de fin de año, el ambiente venía bastante picadito Es que los 28 de diciembre, muy populares allá por los mediados del viejo siglo, los vecinos habían agarrado para el lado del jolgorio y las chanzas. Las bromas del Día de los Santos Inocentes eran practicadas por todos. En cada hogar, oficina o fábrica, los ingenuos o distraídos caían como angelitos. Y así se agarraba polenta para el festejo findeañero. Si la Navidad tenía el rasgo de ser una celebración casi íntima apenas compartida con algunos vecinos, el fin de año era una convocatoria colectiva y callejera para todo el barrio.
Toda la cuadra latiendo como un solo corazón. Personas laburantes muy unidas y al chocar las copas la frase se repetía: «trabajo y salud». No pedían otra cosa, noble raza proletaria que sólo pedía poder cumplir con sus destinos de laburantes. Una de las maneras de estar muy unidos era el organizar una excursión para el 1º de enero. Se buscaba que todo ese manojo de familiares y vecinos vieran el amanecer del nuevo año en un lugar distinto. Por eso es que la Estación de Ferrocarril, a partir del 31 al mediodía, desbordaba de pasajeros de tiro corto. Hombres, mujeres y niños con sus paquetitos de aquí para allá. Los abuelos cuidaban una bandeja por donde asomaban las orejas de un adobado lechoncito. Y los muchachos con sus guitarras y acordeones porque la fija era que se armaba tremendo bailongo. Los destinos favoritos de aquellos vecinos viajeros era Santa Lucía. las sierras de Minas o los cerros de Piriápolis. Si se podía, se alquilaba una cabaña y si los mangos no daban, se acampaba sin dramas, igual era por una noche. Lo esencial era que el amanecer del año nuevo los encontrara muy juntos. Para otros de los que se piantaban del barrio, la opción era alquilar una camioncito. Su propietario, un italiano de grandes bigotes mostacholes, le colocaba varios tablones que hacían de bancos.
Se salía de la esquina, repleto de vecinos y no paraba hasta la hermosa orilla de Santa Lucía. En la organización de esas excursiones participaban los llamados «club sociales», aunque los preparativos se hacían en los boliches esquineros, mientras le dábamos a la ginebra y al pocillo de aromático café. Los vecinos trepaban al ferrocarril o al camioncito llevando sus canastas de mimbre llenas de tortas pascualinas, milanesas napolitanas o tiras de asado que se harían en improvisados fogones.
Parten de Montevideo entre los acordes del acordeón y sus tarantelas, canzonettas o tangos de pura cepa. Algún gallego nos mostraba su estampita del Apóstol Santiago para bendecir a la excursión.
Algunas casas quedaban vacías. pero había otras familias que habían decidido quedarse en el barrio y le daban a los festejos. Ya en el atardecer del 31, comenzaban a sonar los parlantes cornetas que se habían colgado de los árboles. Como un fuerte viento que no paraba hasta el nuevo amanecer, se escuchaban las milongas de Panchito Cao y los tangazos del maestro Firpo. Bailes callejeros de aquellos días en que el tango se bailaba sobre adoquines y las baldosas.
Pibas de negros rulos, otras luciendo sus novedosas melenitas de oro y las boquitas pintadas, y como decía la troupe, «sin que lo supiera mamá».
Por todos lados aparecían los enormes almanaques de cartón con las imágenes de Gardel, Marlene Dietrich y la escultural «diosa de ébano» Josephine Baker al lado del gran Chevalier.
Por esa época del año abundaban las rifas como la tradicional que organizaba el Centro Popular y Recreativo el Moscón de Uruguayana y Larrobla, cuyo premio era un reloj Omega. Hasta el sastre judío del barrio se ponía a tono y rifaba entre sus clientes un corte de casimir inglés. Por esos días también era la costumbre el sacarse una foto para el álbum familiar y todos arrancaban para los estudios de los maestros Toja o Silva. Un saludo y los mejores deseos a todos de parte de este viejo escribidor. Con más recuerdos y música del ayer los esperamos en la 1410 AMLIBRE. *
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