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Navidad de antaño

Hablar y contar las historias de Montevideo de antaño. Esa es nuestra pasión que nos da fuerzas y renueva las esperanzas. ¡Vamos todos juntos a las navidades del ayer! Eran los principios de la década del 30 y el barrio se preparaba para la Nochebuena. En Bella Vista, a la puerta del Boliche La Recalada, de Agraciada y Asencio, llega el sonido de rueditas de un carrito hecho con uno de aquellos cajones del popular querosén. Es arrastrado con una piola por un pibe de remendados pantalones. Del interior de la metálica caja, asoman los brazos y la cabeza cuyos ojos son dos botones, de un enorme «judas» de trapo. Por esos días la botijada tenía la costumbre de trasladar esos grandes muñecos, de tela rellenos con lana del colchón, y pasearlo por todas las puertas del barrio. El carrito y el pibito trillaban la barriada y una frase sonaba ingenua y juguetona: «Un vintén p’al judas». Las moneditas eran puestas en un recipiente que había sido una lata de aromática yerba paraguaya. Juntaban esas «guitas» para comprar cuetes y petardos con los que rellenarían al muñeco para hacerlo estallar en la esquina justo en la medianoche navideña. Todos los queridos barrios populares se iluminaban en mil colores y estruendos con la explosión de esos judas callejeros. Los vecinos se arrimaban y los regaban con una ginebra que la chorrea sobre el fuego hacía resplandecer miles de chispas. Otra gente, medio a la sordina, igual que en las fogatas de la Noche de San Juan, arrojaba al fuego unos papelitos con los nombres de los temidos «jettatores» o sea los vecinos «mufas» que traían mala suerte a la barriada. El espíritu navideño hacía de las suyas en al vieja cocina donde estaban las tías y las abuelas con sus floreados delantales. En ese rincón del hogar se elaboraba todo lo que se servía en la extensa mesa del comedor o bajo la parra del patio donde se reunía todo el clan familiar. Todo hecho en casa, todo «casero» como les gustaba decir muy orgullosos. Los budines y roscas se cocían en el horno de barro que estaba en el terreno. Ese que durante el año se utilizaba para el pan de cada día ahora sirve para elaborar un pan dulce llenito de dátiles que comprábamos en el baratillo del gallego. Ese mismo pan dulce que envuelto en un papel de colores, se obsequiaba a otros vecinos que a cambio nos daban una querendona sidra casera. La tradición marcaba el pasar la Nochebuena en el viejo hogar. Hijos y hasta los nietos llegaban de muy lejos para reunirse en la casa de la infancia. La Navidad de antaño y sus historias también se tejieron en las llamadas Misas del Gallo, justo a las doce ni un minuto más ni uno menos. Con el cura haciendo el oficio en latín y los botijas monaguillos tocando típicas campanillas. Al rato, ese mismo sacerdote compartía la mesa de las familias que lo invitaban.

Entrando y saliendo de las casas del barrio se quedaba un ratito en cada hogar. Charlaba de temas como el triunfante fútbol uruguayo, la política o la guerra en Europa. También hacía algunos cuentos que ¿sería por la sidra casera del abuelo? pero la verdad es que estaban muy graciosos y hasta medio picarescos. Hasta para los que esa noche tenían que trabajar, también para ellos llegaban los amables espíritus de la Navidad. Ahí viene un tranvía con varios familiares rezagados. Avanza entre los brindis de la gente en la puerta y zaguanes. Al costado del «motorman» o conductor del tranvía, hay un canasto de mimbre donde los pasajeros ponían turrones, budines y hasta alguna botellita. Postales de la Navidad de antaño con los vecinos saludándose y levantando sus copas en un brindis de esperanza. Ese mismo brindis ahora lo compartimos con nuestros lectores y con los compañeros de tareas del Multimedio Plural. *

 

Con más recuerdos y música del ayer los esperamos en la 1410 AM LIBRE.

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