El espíritu navideño
Por ejemplo, el nuevo aniversario del nacimiento del Mesías fue propicio para «cordiales ententes» entre todos los partidos políticos, y fue así que en el Senado 30 manos se levantaron para aprobar el Tratado de Protección de Inversiones con EEUU.
¡Blancos, colorados y frentistas unidos, jamás serán vencidos! Sin embargo, el espíritu navideño no fue lo suficientemente fuerte como para disipar las disidencias en la interna del FA, y aunque hubo un solo voto en contra, a nadie escapa que el famoso tratado deja –subyaciendo o sobrevolando– la perspectiva de encontronazos que habrá que resolver.
Pero la Natividad no sólo es propicia para acercar a adversarios políticos. La conmemoración del nacimiento de Cristo nos lleva a saludar cortésmente a vecinos fastidiosos y a desearles felicidad y prosperidad; nos obliga a reunirnos con familiares que nos ningunean durante los restantes 360 días del año: nos abrazamos con tías, sobrinos, cuñados y concuñadas cuyas peripecias vitales nos son perfectamente indiferentes y brindamos con ellos en una demostración cabal de hipocresía.
Cierto es que esa capacidad de simulación va diluyéndose a medida que pasan las horas y las botellas se van vaciando; hasta que llega un momento en que –después de los brindis puntuales de la medianoche en medio del estrépito de la pirotecnia, cuando la ingesta de alcoholes de origen diverso ya hizo estragos en las barreras de la conciencia y de la urbanidad– afloran rencillas olvidadas, viejos rencores familiares, disputas, celos y rivalidades varias. Y es así que muchas noches buenas terminan en madrugadas malas, con llantos hiposos, reproches recíprocos y, a veces, con violencia física.
En fin, todas estas cosas tienen que ver con la Navidad o Natividad o Noël o Christmas o Natale, fecha en que se celebra el nacimiento de Cristo, aunque nunca entendí por qué se eligió esa fecha y no el primero de enero si es precisamente ese acontecimiento (la venida al mundo de Jesucristo) el que marca el inicio de nuestra era… Dicen por ahí que se fijó el 25 de diciembre para hacer coincidir la magna fecha con la celebración pagana en homenaje al solsticio de invierno (boreal, obviamente).
Para mí, criado en un hogar no demasiado religioso de clase media, las navidades nunca significaron otra cosa que un arbolito adornado con objetos brillantes y lucecitas polícromas, y una cena un poco fuera de lo común, que dejaba de lado los cotidianos tallarines y milanesas para dar paso a pantagruélicas comilonas hipercalóricas que sólo se justifican en el hemisferio norte y que nosotros, víctimas de una globalización avant la lettre, ya entonces engullíamos sin atender a la canícula.
La Navidad también se asocia con un hombrecillo sobre cuyo origen no hay consenso. Papá Noel (mala traducción del francés le Père Noël, que sería más bien algo así como El viejo Navidad) o Santa-Claus (probable deformación de San Nicolás) no es sino la adaptación de una leyenda pagana surgida obviamente en Escandinavia, en los países nórdicos, muchos siglos después.
Para celebrar el nacimiento del redentor, una suerte de duende con aspecto de vejete gordinflón conduce un trineo tirado por renos y reparte juguetes y golosinas entre los niños. El mito les vino de perillas a los comerciantes para vender un poco más; como si hubiera sido el invento de algún gerente de marketing: el espíritu navideño nos compele a endeudarnos hasta las verijas para poder cumplir con lo que nos ordena la publicidad.
Para terminar, diré que los poderes de Jesús se han mostrado inoperantes para combatir uno de los tantos males incorporados al posmoderno mundo globalizado pero que golpea especialmente en el sur subdesarrollado: la heliofobia, neologismo de mi propio cuño que, como cualquier papanatas puede deducir, significa aversión al sol.
Parece que ese sol (verdugo y amigo, según lo definió León Felipe) se ha portado como los jueces y nos ha fallado. Dejó de ser nuestro amigo y no es más que verdugo, una bestia acechante que quiere achicharrarnos, dejarnos ciegos y con cáncer de piel.
¿Será realmente culpa del adelgazamiento de la capa de ozono, o serán las plantas de celulosa, o la Ley de Fuero Sindical? No tengo una respuesta pero el hecho es que llega el verano y lo único gratis que nos queda (hacer playa) se torna peligroso. Y lo peor es que para combatir esos efectos nocivos del astro rey, tenemos que gastar guita en protectores solares y lentes con filtro uv.
Lo cierto es que a este ritmo, si las cosas siguen así, corremos el riesgo de pasar de la heliofobia directamente a la fotofobia y convertirnos así no ya en dráculas sino, lo que es peor, en morlocks, aquellos extraños seres de vida subterránea que G. H. Wells describe en el inquietante futuro de La Máquina del Tiempo. ¿Le habrá acertado en su premonición?
En fin, sea como sea, feliz Navidad. *
(*) Periodista
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