Ingraco: imprimiendo experiencias
Como ya se ha mencionado todas las empresas recuperadas han demostrado con mayor o menor éxito ser emprendimientos viables.
Uno de los ejemplos menos conocido es el de la imprenta Ingraco, cuyas puertas cerraron en agosto de 2002 y un año más tarde reabrieron en manos de sus ex empleados.
La imprenta especializada en envases rígidos registra un crecimiento sostenido, y actualmente compite de igual a igual con Mosca, Imprex, y Lagomarsino, tres de las firmas más prestigiosas del ramo.
Todos sus clientes son grandes firmas exportadoras relacionadas con el tabaco, la carne, el vino e implementos para la construcción de vehículos.
Además hace poco obtuvo un contrato por un año con bodegas Carrau para su línea de productos importados, y un acuerdo con el Ministerio de Educación y Cultura de Venezuela para imprimir libros que no son de interés para las editoriales de ese país pero sí para el gobierno. En un principio se realizarán 15 mil libros a modo de prueba.
José Rocha, ex trabajador de planta y actual presidente del Consejo Directivo de la firma, relató a LA REPUBLICA como fue este proceso en particular.
En tal sentido, informó que poco antes de cumplir un año de ocupar la planta los trabajadores obtuvieron la propiedad de las máquinas a través de un acuerdo con el BROU, entidad que las retenía por los adeudos de la empresa.
Meses después el local de la planta fue embargado por un banco privado y los empleados debieron arrendar un nuevo establecimiento en la calle Porongos al que trasladaron las máquinas, y donde permanecen hasta hoy.
El mayor problema para iniciar la gestión fue la carencia de personal administrativo, ya que quienes realizaban estas tareas luego del cierre ingresaron a otros empleos.
Para resolver la situación en primera instancia la decisiones se adoptaban por medio de asambleas, luego la práctica reveló que este era un mecanismo incompatible con la necesidad de competir en el mercado, por lo que se conformó el Consejo Directivo, y dos comisiones: una fiscal y otra de trabajo.
Quienes integran estos ámbitos fueron seleccionados por los cooperativistas y capacitados para la tarea en instituciones privadas con las que la nueva firma llegó a un acuerdo para ello. «Ahora solo se pone a consideración de la asamblea cuestiones que puedan comprometer la estabilidad de la empresa», precisó Rocha, quién aclaró que los directores no son patrones, porque en la empresa no hay empleadores sino que todos los cooperativistas son «dueños del trabajo».
También la realidad impuso cambios en el sistema de remuneraciones. Al principio todos los cooperativistas recibían como pago el salario mínimo, y el resto del «excedente» se destinaba a inversiones. Hoy los sueldos se rigen por los laudos fijados en los Consejos de Salario, y cerca del 30% de los haberes se descuentan para destinarlos a inversiones.
«Se percibió que había trabajadores que tenían más tareas que otros por lo que merecían una retribución mayor. Pero también se estableció diferencias salariales para incentivar la producción y evitar la perdida de cooperativistas con gran experiencia que eran tentados por mejores sueldos como empleados en otras firmas. Empezaron 35 hoy somos 20″, destacó.
Asimismo, la gestión reveló a los ex empleados la importancia de que cada funcionario se recapacite en su área especifica en forma permanente, razón por la cual hoy todos los cooperativistas tienen obligación de realizar los cursos que se les indican.
«Esto es una cadena, si uno no produce perjudica al resto. Y para mejorar hay que mantener los conocimientos al día, porque eso también mejora la producción. Y si no hay producción no ingresa dinero y si no hay nadie cobra, porque acá nadie paga, porque el que paga es el patrón y nosotros no tenemos». *
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