El plebiscito del 80: los puntos sobre las íes

Un triunfo de todo el pueblo

La coincidencia entre ambos hechos (el aniversario de una jornada histórica y la aparición –por primera vez– del cuerpo de una víctima de la represión dictatorial) adquiere un significado especial, pues hay una estrecha relación entre la lucha clandestina contra el régimen de facto llevada a cabo por militantes como Ubagesner Chávez o Arpino Vega y el comienzo del fin de la dictadura en noviembre del 80; como para recordarnos que aquella primera derrota del régimen se debió en gran medida a la militancia heroica de tantos luchadores anónimos que arriesgaron su libertad, su integridad física y su vida en un combate desigual contra el terror desatado desde un Estado policíaco.

En las sombras, en silencio, fueron miles de militantes políticos y sindicales que muchas veces pagaron con su vida el delito de oponerse a un gobierno ilegítimo e inconstitucional; pagaron con años de reclusión en las peores condiciones, con torturas físicas y psicológicas, con vejaciones y prácticas sádicas inenarrables, con la desaparición de sus cuerpos luego de «excesos» en los interrogatorios; y lo monstruoso es que, de esa forma, el castigo se trasladó a las familias de las víctimas pues también les tocó pagar –casi a perpetuidad– con la incertidumbre y la ignorancia sobre la suerte corrida por sus familiares desaparecidos.

Si hago referencia a todo esto, si me detengo a recordar sintéticamente todo el horror, es porque me llama la atención que blancos y colorados hayan celebrado los 25 años del plebiscito de 1980 apropiándose ilegítimamente de un triunfo que fue de todo el pueblo.

Creo que el debate televisivo entre Tarigo/Pons Etcheverry y Bolentini/Viana Reyes fue memorable y que debe de haber tenido incidencia en el resultado de la votación. Me consta que la prédica del semanario Opinar fue valiente y valiosa. ¿Pero y qué de la lucha sorda, subterránea, tenaz y heroica de todos esos uruguayos anónimos? ¿Y qué de la actividad de los compatriotas en el exilio, realizando gestiones en cuanto foro internacional se presentaba para denunciar al régimen?

Creo que el triunfo del No en el plebiscito del ochenta se lo debemos al pueblo, esa entelequia que en determinadas circunstancias se corporiza para dejar de ser intangible y transformarse en votos concretos. Fue el pueblo uruguayo, la gente común y corriente, el hombre y la mujer de la calle, quienes decidieron decir No a las pretensiones de la dictadura. No fue la polémica televisiva sino el boca a boca, el comentario en la intimidad, la charla en voz baja con el vecino, los guiños cómplices –y toda otra forma de comunicación que escapara a los controles de los dictadores– lo que hizo posible el milagro.

Fue, también, la torpe soberbia de los motineros y sus asesores civiles que los llevó a elaborar un engendro de Constitución impotable aun para los conservadores más recalcitrantes. Digo esto porque al rever el debate televisivo, quedó claro que el mensaje de Tarigo y Pons era: «muchachos, se les fue la mano con esta Constitución; si hubieran ideado algo menos totalitario, un poquito más decente, podríamos haber llegado a un acuerdo…». Sin que esto suponga poner en tela de juicio la condición de demócratas y liberales de los doctores Tarigo y Pons, ¡válgame Dios! y sin menoscabo de la importancia que tuvo la paliza que les dieron a Bolentini y a Viana.

Pero no nos engañemos: a comienzos de los setenta, la clase dominante (o la rosca, como se decía por entonces), viendo peligrar sus privilegios ante un movimiento sindical pujante y frente a la nueva realidad política de la izquierda unida, llamó en su auxilio a las Fuerzas Armadas para que actuaran como celosos guardianes del statu quo amenazado. No me olvido del regocijo de las corporaciones empresariales cuando Bordaberry disolvió las Cámaras: las dos gremiales de productores rurales, la Cámara de Industrias, la de Comercio, la Asociación de Bancos, todas entidades que habían dado su respaldo expreso a Pacheco cuando éste inauguró la era de las medidas prontas de seguridad, apoyaron entusiastas el golpe de Estado que terminaría con la agitación social, con la actividad sindical y con los políticos «ineptos, corruptos o cómplices de la sedición».

Esa función de perros guardianes, de «brazo armado de la oligarquía» asignada a los militares, fue cumplida a satisfacción aunque en la tarea se produjeron algunas salidas de cauce: la proscripción política alcanzó a los dirigentes conservadores, y los nuevos gobernantes supuestamente impolutos lograron pingües beneficios mediante negociados, amiguismo y actos de corrupción similares a los que se habían propuesto combatir. Pero en fin, no eran sino pecadillos que los dirigentes políticos conservadores estaban dispuestos a perdonar luego de recuperar las riendas del Estado; del mismo modo que absolverían a aquellos que hubieran cometido algún exceso en su noble lucha contra el marxismo internacional.

Así las cosas, y como forma de pagar los favores recibidos, se intercambiaron los roles: los políticos conservadores se convirtieron en eficaces guardianes de la impunidad de los militares. Y vaya si cumplieron bien su papel. Sin armas convencionales (ni picana, submarino o plantones, sin robar ni un solo bebé), hallaron sin embargo la manera de edificar sólidas defensas sobre la base de la Ley 15.484. Y cuando ésta presentó alguna fisura por donde podría colarse la justicia, los cancerberos cerraron filas y no tuvieron empacho en inventar artilugios jurídicos e interpretaciones torcidas para garantizar la tranquilidad de los terroristas de Estado.

Ya que de conmemorar se trata, bueno es tener buena memoria y poner los puntos sobre las íes.

(*)Periodista

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