PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

"Almacén de Barrio"

El pasado 26 Cambadu festejó su 113º aniversario. Fue el aniversario de las almacenes que hoy son una especie en extinción. Por eso la memoria las quiere rescatar del olvido. Almacén de barrio, una tibieza que llega desde el Montevideo del ayer. Un pibe sale corriendo, su túnica y la moña desatada. Muy quietecito se para entre las doñas de delantal y los señores que sombrero en mano esperan frente al mostrador de agrietada madera. Ese botija escucha como los vecinos charlan sobre la salud de los enfermos, algún inminente casamiento en la cuadra y de paso algún comentario sobre el radioteatro de la noche. El purrete se bancaba la espera porque sabía que al final de su compra el almacenero le daría «la yapa». Ese gallego de boina y saquito negro, siempre nos daba deliciosos caramelos «tuttifruti» o los rosados candel. Las almacenes barriales se instalaban en casas muy viejas, pisos de crujiente madera que aguantaban las bolsas de arpillera llenas de granos, maíz y porotos de manteca. Allá por la década del 40 comenzó la moda de pintar en el frente de esos locales la palabra «baratillo». Ahí te vendían todo a precios más que módicos. Para el mate con espumita estaba la clásica yerba paraguaya que venía en las clásicas y grandotas bolsas hechas con cuero de vaca. Las yerbas más finolis venían en unos pitucones tarros de lata de brillantes colores. En la entrada del almacén se colocaban los enormes tanques de queroseno que era muy requerido para los faroles y los recién llegados «primus» que estaban sustituyendo a las enormes cocinas de hierro y sus planchas calientes. Todo el local estaba impregnado de fuertes aromas e iluminado por dos o apenas tres amarillentas bujías de luz. Los que estaban en zonas medio lejos, como allá pasando La Teja, tenían colgados del techo faroles de mecha. En esos almacenes de antaño las compras se hacían entre fraternos diálogos. El que atendía casi siempre era un inmigrante del terruño de Galicia. Mientras te atendía a veces se ponía melancólico y contaba mil historias de su lejana aldea en la mágica Galicia. Nunca se cansaba de agradecer a su protector El Apóstol Santiago a cuya catedral soñaba con regresar algún día. Las compras al contado eran mínimas y la mayoría se anotaban en la tradicional libreta que era un compromiso de honor pagar a fin de mes. A las espaldas de ese querido gallego estaban las estanterías de madera y sus cajoncitos de tapa de vidrio por donde se veía la variedad de fideos para la sopa de las abuelas. El olor del café inundaba todo desde el rincón donde en unas bolsitas se vendían esos granos para moler y disfrutarlos con la mañanera leche. En el centro del mostrador estaba la balanza y sus platillos. Medidas exactas pero también mucha comprensión cuando una doña pedía 100 gramos y el gallego daba 150 pues sabía que a pesar de los bolsillos flacos esa mujer tenía una prole numerosa. Con gran habilidad ese almacenero hacía los paquetitos de papel de «astrasa», un obligado envoltorio que se colocaba en la bolsa chismosa. Sobre la estantería estaban los por ese tiempo accesibles aceites de oliva de marcas muy conocidas como «Boca Negra» y «Ardilla». En la Villa de la Unión el tradicional almacén Baccino comenzó una modalidad llamada «cinco en uno». Vendía comestibles, verduras, pastas, lácteos y carnicería todo en un mismo local. Por la Villa Muñoz, el almacén de doña Rebecca siguió esa moda y sumó las especialidades para la numerosa colectividad judía de esa zona de Montevideo. Todos los barrios tuvieron sus almacenes y ahora son un cálido recuerdo que nos habla de unos días en que se compraba charlando y la fraternidad entre los comerciantes y vecinos se vendía al por mayor. Con más recuerdos y música los esperamos todos los sábados, a las 19.00 horas, en la 1410 AM LIBRE. *

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