¿A qué jugamos?
Cuando uno era joven entre los juegos de mesa que más brillaban estaba «El Banquero», también llamado «Monopolio». Era aquel que te enseñaba a hacer negocios y alcanzar el éxito que, por supuesto, se medía por la cantidad de dinero que lograbas sacarle a los demás. Que, dicho sea de paso, si uno se guía por los medios de comunicación no hay otra forma de medir el éxito. Aunque cantes, bailes, hagas teatro, cine o descubras una vacuna… si eso no te da guita ¡no has alcanzado el éxito, m’hijito!
Varias generaciones de Peiranos, Röhms, Bensiones, Bushes y otras han crecido ganando todas las partidas del «Monopolio» con trampas o sin ellas.
Y el juego todavía sigue vigente y es uno de los clásicos que más se vende. (Es decir que tiene éxito, recordemos que aquel que más se vende alcanza el éxito).
Hace unos años aquí se promovía por la tele como «el juego de toda la familia» y las imágenes mostraban a un niño que mandaba preso a su padre por deudas. Un policía de verdad golpeaba la puerta de la casa y se lo llevaba esposado mientras el hijo sonreía de satisfacción y se disponía a fundir a su madre.
Como se ve, los objetivos didácticos del «Monopolio» responden a las mejores y más honrosas tradiciones de nuestra sociedad, es por eso que Hasbro, la empresa que fabrica el «Monopoly», se indignó con la aparición del «censurable e indigno»: «Ghettopoly». Que en vez de Banquero podría traducirse como «El Marginalpolio» o «El asentamientopolio».
Los jugadores para marcar su posición en el tablero usan una ametralladora y un proxeneta, la propiedad más cara es la que alberga un show pornográfico y una de las tarjetas, por ejemplo, propone convertir a un barrio entero en adicto a la cocaína.
En algunos comercios de los EEUU lo han prohibido. Sin embargo, al igual que en «Monopoly», el objetivo es acabar siendo el jugador más rico, más exitoso, aunque en este caso lo hagan robando, estafando y matando gente directamente, sin eufemismos.
Por eso se queja Hasbro, por que es igual que el otro. *
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