El viejo Mercado del Puerto
El viejo Mercado cumplió 137 añitos. Entre el alboroto de los noveleros, figuritas repetidas y cajetillas mareados por los tragos surge la real estampa del Mercado del Puerto. Cuando estaba lleno de estibadores, marineros y laburantes que hacían codo en los pocos bolichones que había en su interior. El sonido de las sirenas de los transatlánticos y el repiquetear de los carros de carga junto al relincho de sus caballos se escuchaba desde su entrada. En el portón que daba a la rambla portuaria estaban los que vendían desde un Longines para el chaleco del traje hasta juegos de té que nadie preguntaba de dónde habían salido.
Por mediados de la década del 30, la estructura del techo aún mantenía su color original que era una mezcla de azules con reflejos rojizos. Días en que el Mercado estaba lleno de puestos de frutas y verduras, carnicerías y pescaderías. El aroma de la «majuga» al sartén impregnaba al medio día todos sus rincones. Aunque ahora nadie lo crea, en esos tiempos solo había dos pequeñas parrilladas. Una sobre Pérez Castellanos y la otra en su entrada donde todos conocían a su vasco asador llamado El Tierno. Era un tipo de toscos modales pero con mano maestra en el arte de la parrilla. La barra de los locales de copas tenían sus parroquianos infaltables. En la parte central, en Roldós se mezclaban los rematadores con doctores de la política y los sábados llegaban artistas como Margarita Xirgu y el escritor Isidro Más de Ayala. En diagonal, a pocos metros de Roldós, estaba el local del popular Carlitos. Era el preferido por los laburantes de la zona portuaria. Su entrañable dueño atendía los dos mostradores y a los muy amigos los hacía pasar para adentro a una solitaria mesita al lado de la heladera. Ahí es donde se veía, cuando llegaba a Montevideo, al maestro Juan D’Arienzo tomando una cerveza de barril que servía para acompañar la especialidad de Carlitos que eran los fenomenales chorizos al vino blanco. Por los senderos de ese viejo mercado de antaño andaban personajes que tejieron leyendas ciudadanas. Como un moreno jovencito de modales muy delicados y gran bailarín de candombe. Los «pesados» que abundaban en ese sitio lo respetaban y aunque era diferente jamás se animaban a faltarle el respeto. Ese personaje era Pirulo Albín y además de exquisito carnavalero sabía boxear muy bien y abundaron las anécdotas de cómo quedaban los que se querían pasar de listos.
Flotaban en el aire los gritos de los changadores, el ruido de los cajones de frutas y el barullo de las jardineras que llegaban a sus portones. Entre los trabajadores de la Aduana que llegaban hasta el viejo Mercado estaba el crack Lorenzo Fernández, campeón olímpico y del mundo que siempre tenía el termo y su mate bajo el brazo. Los sábados aparecía el gran Pepino que al mediodía dejaba su reparto de diarios y se arrimaba para charlar con los amigos de su gran metejón llamado Los Patos Cabreros. Cuando el sol inundaba sus puestos aparecían pintores que desde sus grandes caballetes plasmaban ese universo de luz y formas en movimiento. Desde el Estadio Yacaré llegaban los «ñatos» como el gran pugilista Torito Castelli. Con el paso de los años el Mercado fue cambiando aunque muchos juran que en la actualidad cuando en las noches está muy silencioso aún se pueden escuchar las castañuelas de Fosforito. Con más recuerdos y música los esperamos todos los sábados, a las 19 horas, en la 1410 AM LIBRE. *
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