Tony Blair, el acertijo envuelto en un enigma
En su afán por destruir los viejos mitos socialistas que mantuvieron al Partido Laborista afuera del poder durante tantos años, Anthony «Tony» Blair empuñó como suyas las banderas que antes sólo le habían pertenecido a los conservadores.
Son las banderas del liberalismo económico, la seguridad nacional, la ley y el orden.
Pero en los últimos años Blair empuñó también una más, la del moralismo religioso. Esta puede ser la que finalmente lo destruya.
La cuesta abajo empezó aquel fatídico 11 de setiembre de 2001, en el momento que el segundo avión se estrellaba contra la segunda Torre Gemela en Nueva York. Según testigos presenciales y por comentarios suyos, ese día Tony tuvo una revelación religiosa y se desbocó. Viajó esa misma semana y muchas veces más a Washington.
Dos años más tarde, comentaristas políticos ingleses levantarían sus cejas cuando Tony Blair anunció al mundo los integrantes principales del plantel que iba a invadir Irak en 2003: Estados Unidos, el Reino Unido, España y Polonia.
Casualmente, las cuatro naciones adonde el poder cristiano era más evidente. Estrictamente católicos: España y Polonia. Anglicanos, episcopales y otras religiones cristianas: Estados Unidos e Inglaterra.
Curiosamente, tres de sus líderes, los tres más importantes, Bush, Blair y Aznar, visitaron el Vaticano o tuvieron una reunión privada con el papa Juan Pablo II antes de la invasión.
Cubriendo la retaguardia también estaba Berlusconi de Italia. La sede del Vaticano, capital del mundo occidental y cristiano, está en Roma. Mera casualidad.
A esta altura el hubris de Aznar, Blair y Bush en la isla de Azores, cuando finalmente anunciaron que el orden mundial iba a cambiar, alcanzaba alturas siderales y ni siquiera una carta personal ‘in extremis’ del papa a Bush logró disuadirlos del ataque al país islámico.
Tony Blair había aprendido que para gobernar en el Reino Unido antes que nada había que ser convservador y después, si sobraba tiempo, laborista. El resultado está a la vista: ganó las elecciones generales por tercera vez, igualando el récord que Margaret Thatcher había obtenido para los conservadores. Es una realidad incontestable que muchos laboristas habían siempre ignorado.
Tony Blair también aprendió que para ser líder inglés hay que pelear. Lo que el conservadurismo monárquico no le perdona a un primer ministro es que sea un pusilánime. Este es el país que tiene la estatua de un almirante en su plaza principal. Es la de Lord Nelson, el héroe de Trafalgar, la batalla naval en contra de las fuerzas napoleónicas en 1805.
Pero en las plazas y avenidas londinenses es imposible olvidarse del pasado inglés: atrayendo palomas está también el general Montgomery, héroe indiscutido de la batalla de «El Alemein» contra el nazi Rommel. Wellington, el héroe de Waterloo, está celebrado en Hyde Park Corner, uno de los puntos claves de la ciudad, al costado de la residencia oficial de la reina Isabel II, el palacio de Buckingham.
Blair es uno de los políticos más naturales, inteligentes y atrayentes de la historia contemporánea mundial. Es atractivo, moderno, simpático. Tiene todas las cualidades para ser un ganador en cualquier ramo de la política o de los negocios. Hasta Irak, Tony tenía asegurado un alto puesto en la historia inglesa. Hoy, algunos empiezan a dudar.
Tony tiene sus límites y muchas veces no se da cuenta cuáles son. El principal es que, más que un claro analista político, es un impulsivo que no mide las consecuencias de sus acciones. Con Irak, masticó una manzana demasiado grande para digerir de un bocado. El mismo error también lo está cometiendo adentro de sus propias fronteras.
El problema de la moralidad como bandera es que tiene diversas aceptaciones. Lo que es mástil inmoral para unos es moral para otros.
Para el gobierno inglés el terrorismo es inmoral y debe ser combatido con una espada moral y militar a todos los niveles. Según este nuevo impulso, los derechos de los terroristas están por debajo de los derechos de sus víctimas. «Las reglas de juego están cambiando», dijo crípticamente hace poco.
Hoy el Laborismo de Tony Blair está por destruir el último tabú. Es el escollo final que le queda para concluir la destrucción total y completa del socialismo británico. Se trata de las libertades individuales. Pero este carozo está resultando demasiado duro de tragar y muchos laboristas están nerviosos. Las luchas por las libertades individuales en Inglaterra cobraron la cabeza de más de un monarca en el pasado. El inglés puede volverse apasionado si alguien le toca sus libertades.
El ministro del Interior Charles Clark bajo la aguda mirada de Blair hace dos semanas lanzó un proyecto de ley que dejó al mundo de la jurisprudencia inglesa boquiabierta: tres meses de arresto sin juicio a cualquier sospechoso terrorista; la glorificación o incentivación verbal de actos terroristas serán considerados un delito contra la nación; se deportarán individuos extranjeros políticamente indeseables, incluso hacia países que practiquen la tortura; arresto domiciliario cuando el ministro entienda que en un balance de probabilidades, el individuo podría ser un sospechoso.
Pero hace dos semanas, durante la convención anual oficial del laborismo, ocurrió algo que no estaba previsto en el guión político.
Un octogenario miembro oficial del Partido Laborista desde hace más de 50 años tuvo la osadía de gritarle «Â¡Ridículo!» a Jack Straw mientras el ministro intentaba explicar las razones de la invasión iraquí durante un discurso. Cuatro corpulentos gorilas aparecieron y a tirones y empujones lo sacaron de la sala. Cuando el disidente quiso volver a entrar, utilizando su pase oficial, la policía inglesa lo detuvo bajo las medidas prontas de seguridad anti-terroristas.
El damnificado era Walter Wolfgang, 82, llegado a Inglaterra desde Alemania en los años treinta, refugiándose de los nazis.
El señor Wolfgang recibió y aceptó las disculpas sinceras y expresas de Blair. Pero el sabor amargo todavía está en la boca de mucha gente. *
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