LA COLUMNA AMARILLA

¡Por fin, Harold, era hora!

¡Festejen teatreros del mundo, festejen, Harold Pinter es el nuevo Premio Nobel de Literatura!

Por allá lo recibió, muy merecidamente, el gran Samuel Beckett. No hace mucho se lo dieron a Darío Fó, no muy merecidamente para mi gusto.

Y ahora le tocó a Pinter, que debería haberlo recibido hace un montón de años.

Considero a Pinter como uno de los 3 o 4 más grandes dramaturgos del siglo XX.

Hace unos diez años viví la inquietante y removedora experiencia de poner en escena su obra «Traición», junto con Mary Da Cuña, Roberto Jones y Jorge Bolani.

Un año después estuve en Londres una semana y por extrañas coincidencias, largas de explicar, conseguí el número de teléfono de su estudio y lo llamé. El hecho de provenir de un país sudamericano ayudó a que me invitara a charlar al día siguiente. Fui con un joven director de teatro, inglés que hablaba español, que no paraba de repetir: «No puede ser, yo hace 30 años que estoy aquí y ni me crucé con Pinter, vos estás dos días y ya vas a hablar con él».

En fin, para hacerla corta, diré que cuando estuve frente a él me temblaba todo el cuerpo, estaba en el mismísimo lugar donde Pinter escribía sus obras. Allí sobre el escritorio había un manuscrito inconcluso.

Luego pasé una hora tratando de hablar de teatro mientras él me preguntaba por la situación de los derechos humanos en nuestro país. Sabía lo de la ley de impunidad y lo de los niños desaparecidos. Mi excesivo pudor hizo que no me animara a sacarnos una foto. Me lamento muchísimo.

Sólo pude sonsacarle dos o tres opiniones sobre teatro, su tema era la política, tanto es así que hace unos meses anunció que no escribirá más teatro, para escribir sobre los políticos.

Desde hace un tiempo lucha contra un violento cáncer, ha escrito unas duras poesías sobre el tema, leerlas te hace doler los huesos.

En las fotos que aparecieron estos días se lo ve demacrado y con bastón, pero sigue siendo ese hombre, ese artista íntegro que sigue sacudiendo a la realidad para tratar de cambiarla.

Salú Don Harold, usted se lo merecía más que nadie. *

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