Ante la crisis energética mundial

La hora de las intendencias

Ella explica lo de Afganistán, Irak, Chechenia, Kosovo, Georgia, otros alrededores del Mar Caspio, Venezuela, Bolivia…

Y pronto explicará gravísimos problemas en Nigeria y en el Golfo de Guinea.

La última gigantesca disputa por ello fue la Segunda Guerra Mundial: quien se apoderara del Medio Oriente, del Mar Caspio y de ciertas zonas petroleras del sudeste asiático, liquidaba a los demás.

La formidable «pinza» nazi estuvo, desde Egipto hasta el Cáucaso, a poquísimos quilómetros de cerrarse inexorablemente, contando además con la «simpatía», dentro de ese quilometraje restante, de importantes movimientos insurreccionales: Líbano, Palestina, Siria, Irak, Irán, fueron los mismos campos de batalla que hoy resuenan. Falluja y Basora, por ejemplo, pasaron hace más de sesenta años por los avatares de hoy y fueron entonces también titulares de noticias bélicas.

La heroica resistencia y victoria de Stalingrado, junto con la aplanadora militar que los Aliados lograron finalmente montar en El Alamein (a sesenta quilómetros de Alejandría), no fueron más que la destrucción de ambas mandíbulas de la pinza y el comienzo de la derrota del «Eje» que, sin petróleo, quedó «a pie», desarrollando entonces tecnologías alternativas que, mejoradas ahora, vuelven a tener aplicación: por ejemplo producir gasoil en base a carbón, leña, basura…

La guerra en el Lejano Oriente fue por lo mismo. Japón atacó porque luego del embargo estadounidense en especial contra el petróleo, no tenía otro remedio salvo rendirse.

Pero hay una diferencia sustancial con las guerras de hoy: en aquel entonces el petróleo y el gas eran recursos casi inagotables (pero que igual definían la hegemonía planetaria). En estos momentos se pelea por apoderarse de recursos escasos. Las graves dentelladas son por los restos. Esta vez no sólo definen hegemonía sino sobrevivencia.

Y ya han aparecido, como no podía ser de otra manera, países que van quedando por el camino: Zimbabwe, República Dominicana, Honduras, El Salvador, Nicaragua, Corea del Norte, por mencionar algunos, anuncian que YA no pueden comprar tanto petróleo y toman medidas muy graves para afrontar esa cruel realidad. Algo así como lo que pedían hace años ciertos graffittis: se «bajan» del planeta. Ya no pueden seguir en carrera con el barril arriba de los sesenta dólares. Ese precio podrá reconocer subas y bajas pero su tendencia seguirá siendo al alza y por lo tanto país tras país (pobres) se irán sumando a la fila de los que «tiran la toalla» (con las consecuencias que eso implica).

Ante esta «crisis por precio» y ante la posible y temible «crisis por suministro» emanada de que los grandes países pueden comprar «a futuro» las reservas aún existentes, suena en el mundo la hora de las fuentes de energía alternativas y, por lo tanto, la hora de la descentralización, lo municipal, lo local y hasta lo domiciliario.

Es una especie de «sálvese quien pueda» o, mejor, de irse preparando.

Los uruguayos pagamos año a año y mes a mes una formidable factura energética: doce millones de barriles de petróleo a más de sesenta dólares el barril, más el costo del gas que a veces viene y a veces no, según los caprichos y las disputas regionales y mundiales, más la energía eléctrica que cuando no llueve importamos de Brasil o de Argentina.

Es una montaña de dólares que pesos más, pesos menos, gastamos rigurosa e ineludiblemente cada año. Se van, enteritos, para el exterior. No dejan absolutamente nada acá: ni tan siquiera el flete.

Los paga cada ciudadano con la tarifa de luz, de gas, de gasoil, de nafta, de fuel oil, de querosene, de transporte y de un montón casi infinito de cosas en las que ese costo viene incorporado.

Ahora pagaremos hasta que podamos el precio que nos quieran pedir y, encima, arriesgaremos que un día no nos manden nada (como ya nos pasó y nos pasa con el gas y la electricidad). Y hasta que nos estén amenazando con hacernos eso si no los obedecemos.

Es bueno recordar entonces que no hay ni una sola fuente de energía alternativa que no deba radicarse forzosamente en el campo. Y no sólo eso sino que también forzosamente dichas fuentes deberán estar DISEMINADAS por el campo.

La Era de la concentración acaba. La Era de la centralización también.

La Nueva Era será descentralizadora y local por definición.

O la UTE y Ancap se ponen al frente de ese proceso o serán superadas inevitablemente por las Intendencias y las más variadas entidades locales y sociales imaginables.

Agotemos rápidamente la reseña: biomasa en todas sus formas (etanol, biodisel, leña, sobrantes agrícolas…), geotérmica, eólica, animal, hidráulica en pequeñas turbinas y represas (con fines de riego y acuicultura además), fotovoltaica, energía calórica del sol.

Las grandes ciudades pueden producir energía en base a la basura que generan y al tratamiento de sus «aguas servidas», pero aún así las plantas necesarias deben ubicarse en sus afueras.

Pueden también hacerlo en base a residuos industriales (aceite usado de los vehículos, de las frituras, del «agua de las sentinas» de los barcos en sus puertos, del sebo de los grandes frigoríficos).

La energía fotovoltaica y la calórica proveniente del sol pueden ser también aprovechadas en las grandes urbes que sin embargo serán siempre enormemente deficitarias y tendrán que recibir desde el campo la mayor parte de la energía que consumen.

A ello se agrega otro aspecto de vital importancia para el futuro: la eficiencia energética (el ahorro): en el modo de construir las casas y en los materiales que se usen para ello (muy en especial la madera). El acceso fácil y cercano a esos materiales pero también a los alimentos en un mundo donde los fletes serán artículos de lujo y un componente cada vez más pesado de los costos de cualquier cosa, sin olvidar por ejemplo que la leña, como el más viejo, seguro en su suministro, y barato de los combustibles domiciliarios, requiere cierto tipo de edificación y la mayor cercanía posible a los bosques.

Las industrias, como hoy mismo muestra la práctica, usarán cada vez más leña y otras formas de la biomasa, por lo que los parámetros estratégicos de su ubicación geográfica cambiarán radicalmente.

En suma: creemos que con lo dicho alcanza para demostrar que llegó la hora de las Intendencias. Que nos guste o no, gran parte de las hectáreas fértiles deberán ser dedicadas a la producción de energía. Que la distribución demográfica tenderá a cambiar. Y los modos de transporte también.

Una muy especial mirada, y mucha atención, merece la cuestión demográfica en sus dos aspectos: el primero, la gravísima situación estratégica en la que estamos al respecto (merece capítulo aparte). El segundo, la distorsionada y por ende peligrosa distribución «macrocefálica» que Uruguay muestra. Nos estamos despoblando en general. Y, en particular, esa despoblación se agudiza en el campo. Eso nos sucede ubicados entre dos países, una región y un planeta, en explosión demográfica.

No puede ser por lo tanto que el país permanezca impasible como lo viene haciendo desde hace desgraciadamente demasiados años en este y en otros rubros estratégicos a la espera de que ya sea por los precios o ya sea por la falta o las interrupciones de suministro llegue el momento en que el caos imponga su forma de adaptarse a las circunstancias. *

 

(*) Senador de la República, escritor

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