Las historias de los que marchan hacia Durazno, hacia el rock
Pero todo eso es visible cuando están acá en Durazno, cuando deambulan por Plaza Sarandí y el Microcentro, cuando recorren el camping buscando caras conocidas, cuando sacan a relucir alguna artesanía de manos propias para la venta, cuando descansan del descanso de la noche anterior.
Pero otra cosa es verlos en la ruta, cuando vienen marchando.
Generalmente no superan los grupos de cuatro o cinco personas, generalmente son dos. Las pequeñas parejas se agrupan en torno a la Ruta 5 y la convierten en la versión criolla del camino a Santiago de Compostela.
Los 180 kilómetros que separan a Montevideo de la capital del rock son recorridos sin apuro pero sin pausa, exceptuando la noche cuando te agarra en el camino y te obliga a parar.
«¿Sale un agua?», preguntan en las casas de familia que dan a la ruta, y dan los dueños un vaso de agua fresca, o una botella de a litro con el líquido elemento.
En los tambos se pide leche, y reciben leche fresca.
«Es impresionante cómo pidieron el primer año, pero especialmente al regreso, el lunes y los días posteriores. Ya el año pasado no fue tanto y este año han estado pasando toda la semana aunque con más intensidad desde el jueves», dijo un productor lechero de la zona de Goñi, ya a escasos kilómetros del Parque de la Hispanidad y del final del camino.
Los que vienen marchando este año eligieron carros. Partieron de Canelones algunos, de Montevideo otros.
– Pobres caballos… dicen los que los ven pasar.
– Pobres no, sabés cómo comen esos bichos cuando de noche paran en la ruta… contesta el otro.
Los carros con inscripciones alusivas al Pilsen Rock, con banderas del Frente Amplio y con cargas extraordinarias ya llegaron. «Vienen otros atrás», nos dijeron. Hacen referencia a más carros que partieron el miércoles desde la capital del país, y a marcha de caballo vienen marchando.
Están los que marchan en pareja pareja, hombres y mujeres. Duermen al cobijo de los pequeños montes que bordean la «Fructuoso Rivera». Entre ellos no hay drama (entre grupos y grupos). Ninguna marcha es tan rápida que supere a los que van adelante. Ninguna marcha es tan lenta que sea superada por otros.
Los paradores son los elegidos para comprar algo, y las estaciones de servicio el sitio adecuado de baños y refresco.
Son jóvenes que no tienen trabajo ni estudios por estos días, la mayoría. Sobreviven con el vino, algunos. Como el caso del hombre barbado que pese al frío de la noche del jueves dormía sin camisa casi casi sobre la línea que delimita la ruta de la banquina. Allí sobre el peligro, pero el hombre ajeno a todo.
«Estos tipos tienen arriba algo más que vino», comentaban los camioneros que miraban sorprendidos al barbado y su gente. El espectáculo era en la explanada de la Estación Texaco de Sarandí Grande, cuando aún restan unos 40 kilómetros para llegar.
¿Llegarán?, se preguntaban algunos. El hombre dormitaba su borrachera independientemente de las respuestas que cada uno pudiera aportar.
La anécdota de Vidalín
Los que vienen marchando también tienen anécdotas, como el caso de aquellos que fueron recogidos por un auto con matrícula del municipio de Durazno, cerca de Canelones. Al momento el hombre que viajaba como acompañante les pasó un teléfono móvil y los dejó en comunicación con el comunicador Orlando Petinatti de FM Futura. ¿Ustedes saben quién los lleva a Durazno?, preguntó el conductor del programa «Malos pensamientos».
Ni idea tenían. Luego, con algunas pistas, descubrieron que era Carmelo Vidalín, el intendente más reconocido por los jóvenes del Interior del país y capital. *
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