"Operación Milagro": cuando la recompensa es una visión nueva
Pocos días después de la visita del presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez a Uruguay se firmó un contrato de arriendo entre Pluna y la aerolínea venezolana Conviasa. El mismo estableció que un Boeing 737-200 con tripulación, perteneciente a la empresa de aeronavegación uruguaya realizaría dos vuelos diarios entre Caracas y La Habana, desde el 21 de agosto al 13 de diciembre.
El objetivo de cada partida y arribo sería el de trasladar a cientos de campesinos venezolanos que padecen de cataratas para que fueran operados en hospitales cubanos, otorgándoles así una oportunidad de recuperar la visión.
Desde el primer vuelo ya han pasado unos cuantos. Las tripulaciones ya han rotado. Pero quienes parten ahora hacia Venezuela para comandar el avión, ya van alertados de la situación extrema que encontrarán.
LA REPUBLICA pudo contactarse con algunos de los tripulantes de los primeros vuelos, quienes profundamente conmovidos relataron la experiencia remarcando que «allí se necesita gente con corazón».
Son alrededor de 24 auxiliares de cabina, cuatro comandantes y cuatro pilotos los empleados de Pluna que participan en el programa haciendo postas de 15 días, aunque suelen aparecer imprevistos que los retienen algún tiempo más.
Uno de los comandantes aseguró que por esta tarea perciben el mismo salario que recibirían por efectuar cualquier otro destino, pero que la recompensa a nivel humano es absolutamente extraordinaria.
Encuentros cercanos
Previo al inicio de los vuelos la tripulación tuvo un encuentro con Wilmar Castro mano derecha de Chávez, ministro de Turismo y presidente de Conviasa quien les explicó el porqué y el cómo de la tarea que realizarían. «Nos hizo tomar conciencia de la tarea que íbamos a realizar como nadie. Nos aclaró que ante todo esto es una política de Estado pero que nosotros teníamos que ver nuestra parte, que es darles lo mejor a esta gente y si es o no político, o lo que sea, ese no es nuestro asunto», afirmó uno de los tripulantes
Igualmente esa conversación no los preparó para su primer encuentro con los pasajeros, razón por la cual se sorprendieron al notar que trasladarían a campesinos que vivían en condiciones de extrema pobreza.
Hasta casi podría decirse que este fue su primer encuentro con la miseria; la mayoría de los tripulantes suele residir en barrios privilegiados de Montevideo, y en su entorno laboral es más común relacionarse con personas de clase media alta y alta que con personas que sobreviven con escasos recursos.
Obviamente fue traumático, hasta hoy recuerdan las lágrimas de compasión que brotaron ese día y que retornan al rememorarse ese instante.
«Para que te hagas un panorama, es raro, diría casi inexistente, la posibilidad de que algo como lo de Caracas suceda en la vida común del tripulante medio. Si bien llevamos gente que llora sobre cartas tapizadas de fotos y corazones, gente que nunca de subió a un avión y piensa que no va a volver, que se va con el pasaje pagado con la tarjeta de crédito a la casa del amigo de un tío en Barcelona… no tenemos experiencia en temas como la verdadera miseria», explicó el comandante.
Turbulencias
El embarque de estos pasajeros es dificultoso, en especial debido a la minusvalía visual de los mismos, a que jamás vieron un avión y mucho menos subieron. Cada uno debe ser ayudado, conducido hasta el asiento. Muchos son niños, muchos son ancianos.
«Te pone la piel de gallina, son emociones muy fuertes, es salado… A la ida la gente va muy asustada, nunca volaron, no saben ni lo que es un avión, imagínense el miedo a volar que tienen… «.
El viaje también es complejo, porque con cada persona también sube su historia, sus carencias, su encuentro con lo desconocido. Los auxiliares de vuelo deben estar pendientes de si uno se duerme para explicarle como reclinar el asiento, de si otro necesita ir al baño, de enseñar como utilizar el cinturón de seguridad a todos.
Uno de los tripulantes relató dos experiencias extremas vividas con dos pasajeros «tipo», un anciano y un niño. «Viene un nene a ver la cabina, y el comandante le habla y el nene le cuenta que desde la otra noche no come.
El despachador, le da su comida. Tenías que ver al nene, comiendo ahí sentado, en el abatible (lugar destinado a la tripulación)… era muy fuerte… le regalamos yogures, galletitas, de todo… imagínate el resto de la gente, estaba igual… Café… es caro el café acá, imagínate que les des café gratis, la gente pira…», un silencio y continua con la otra historia con la misma emoción, «un viejito estaba esperando para entrar al baño, pero antes estaba una abuela.
Le digo al abuelo que espere que hay una señora delante y me dice: ‘hace dos días que no voy al baño’. Me quería matar…»
El regreso
El mismo procedimiento que se efectuó previo a la partida debe realizarse al arribar a La Habana, donde después del descenso los pasajeros pasan a cuidados del personal de los centros médicos hasta que unos días después retornan al aeropuerto.
Sin embargo este impasse no lo tiene la tripulación, que luego de dejar un grupo recibe a otro que ansía volver al terruño, con la diferencia de que ahora los pasajeros ya tienen experiencia de vuelo, y además ven… otro encuentro que conmociona a los auxiliares, pilotos y comandantes por igual.
«Cuando ves que vienen curados de cataratas… que ven y se asombran de todo lo que descubren a su paso, colores, formas, rostros… Cuando les ves la sonrisa al bajar del avión, te sentís reconfortado», cuenta un auxiliar. El programa cubano-venezolano, conocido como Operación Milagro, avanza a buen paso y se prevé su extensión a otras naciones latinoamericanas con el propósito de salvar la vista a miles de personas. Este año se atenderán 100 mil venezolanos que padecen de afectaciones oftalmológicas y no encuentran solución por los altos costos de la medicina privada en su país. Cada uno de ellos conocerá el avión de Pluna y a alguno de los uruguayos que lo conducen. *
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