La civilización no suprime la barbarie, sólo la perfecciona. Voltaire

Unitas sí, Unitas no

En ese mundo satisfecho, la problemática de la Defensa en lo general y de las FFAA en lo particular no fueron siquiera encaradas. Ni por los responsables de la conducción nacional ni por los sectores intelectuales, salvo excepciones (doctor Carlos Quijano desde el semanario «Marcha») porque el tema militar provocaba indiferencia o rechazo. Los hombres de gobierno, de ese «Uruguay feliz», en resumidas cuentas no pensaron en las FFAA. Ni les dieron una «misión», si así correspondía, ni las eliminaron lisa y llanamente, si consideraban que no cumplían una función social. Hicieron lo peor. Las «guetizaron», relegándolas en derruidos cuarteles, destartalados barcos y prehistóricos aviones, dejándolas acumular rencores y creando por reacción un corporativismo anticivil, que se convertiría en uno de los ingredientes clave para entender los desbordes de los militares de la dictadura.

Por aquellos tiempos se enrolaba en el ejército el hombre que no conseguía trabajo en ningún otro lado. La tropa –en los hechos–, más que por soldados estaba formada por peones en uniforme, que aceptaban con sumisión el mote de «milicos». Dentro de las FFAA, la palabra «milico» tiene –curiosamente– varias formas (sustantivos, verbos o adjetivos), pero ninguno es descalificador. Es admirativo en extremo, cuando para resaltar las virtudes militares de alguien se dice que «es más milico que Artigas» . Si es habilidoso se dice que es «muy milico» . Si le saca el cuerpo al trabajo se dice que ese hombre «miliquea». Eso sólo en el entorno militar. Para la sociedad civil, la palabra «milico» tenía/tiene sentido desmerecedor y ello llevaba a que –quienes éramos jóvenes oficiales–, viviéramos en la dicotomía de egresar de institutos militares con nivel universitario, y tener que «hacer patria» con el sector –injustamente– más preferido de la pacata sociedad uruguaya de la época. Camaleónicamente y para ser aceptados por «las familias bien», los oficiales dábamos clase en los liceos. Si marinos, Cosmografía. Si del ejército, Historia. De tal modo, nos volvíamos potables porque nos presentábamos como el Profesor Teniente Fulano, o Profesor Capitán Zutano.

Con el comienzo de las hostilidades en Corea queda definitivamente instalada la «guerra fría» en Hispanoamérica de la mano de los EEUU, quien, so pretexto de uniformizar a las democracias, reparte buques, tanques y aviones a diestra y siniestra. A la marina uruguaya le correspondieron dos «destructores escolta». Para Argentina, Brasil y Chile había seis cruceros. El general Perón amagó un gesto nacionalista y rehusó los cruceros. El gobierno norteamericano dijo entonces que los barcos serían, 3 para Brasil y 3 para Chile. La Armada presionó a Perón que terminó por aceptar los dos cruceros. Uno de ellos, bautizado Belgrano, fue hundido por el submarino inglés Conqueror, durante la guerra de las Malvinas.

Los militares uruguayos, eternamente olvidados de pronto se transformaron en vedettes. La prensa, antes tan renuente, ahora visitaba buques, cuarteles y aviones y exaltaba el aporte que al combate al comunismo llevaban a cabo los uniformados uruguayos.

Con la doctrina de la Seguridad como telón de fondo, con abundante material bélico con un apoyo que los grandes medios de difusión hacían parecer popular y masivo, la adhesión al nuevo estatus era casi unánime.

Quien se apartara de la regla u osara cuestionarla recibía el anatema de «comunista» y su carrera quedaba destrozada. Eso significaba que jamás integraría la tripulación de los destructores, que periódicamente viajaban a EEUU a remozarse, ni sería beneficiario de las numerosas becas para asistir a institutos dependientes de la U.S. Navy. Los viajes, individuales o colectivos a bordo, eran considerados como misiones diplomáticas y por ende pagados como tales. Leer el semanario «Marcha» que estaba en el índex, era peor que transitar un campo minado. Lo hacíamos con reserva y temor a perderlo todo.

Así, en ese clima de histeria anticomunista y en plena guerra fría, hace 47 años, los estrategas del Departamento de Estado crearon las maniobras navales conjuntas Unitas.

La primera tuvo lugar en 1958, en coincidencia con la victoria del Partido Nacional, contándose con la presencia de buques de EEUU, Brasil y Uruguay. Así se seguirá año tras año, primero en democracia, luego en dictadura, y ahora en democracia otra vez.

Las maniobras fueron motivadoras para nuestros profesionales, porque años hubo en los que intervenían hasta 20 buques de seis naciones. Desde el punto de vista del entrenamiento en la mar, puede decirse que las Unitas fueron útiles. Desde el aspecto militar no significaron nada, porque la evolución de los submarinos, que pasaron de las modestísimas 6 millas por hora, en inmersión, durante la Segunda Guerra, a las más de 20 de ahora, dejaron atrás a nuestros destructores escoltas que no llegaban a 14 nudos. La aparición de un variado sistema de misiles ensanchó más la brecha y al presente ni uno solo de los buques de la armada los tiene. En buen romance, las maniobras Unitas sirven sólo para afirmar el pie marinero, haciendo prácticas de remolque, de salvamento, de traspaso de pesos y hombres de buque a buque, etc. Pero, y siempre hay un pero.

Cualquiera que tenga dinero puede adquirir tecnología bélica en el mercado. Pero para formar un capitán con mayúscula se requiere muchas millas navegadas en las más diversas condiciones de mar y eso lleva casi 20 años de «pie marinero».

De modo que defiendo la participación de la Armada por motivos profesionales. Pero eso no alcanza, y a mi criterio esa no es la razón mayor para apoyar con calor la decisión del Ejecutivo. Porque a través de gestos y dichos desde los más altos niveles de gobierno se traduce que para éste, el Mercosur debe aspirar a mucho más que ser un simple ámbito de intercambio de mercancías. Nos animaríamos a decir que el destino manifiesto del Mercosur es la integración política. Y a ello tenderemos, si tenemos el buen criterio de acompañar a nuestros socios en las misiones que asigne la ONU, caso Haití, donde los cascos azules uruguayos acompañan a sus homónimos de Argentina, Paraguay y Brasil.

Pues bien, si en una maniobra naval hay buques del país que gobierna Lula, del que gobierna Kirchner y del que gobierna Rodríguez Zapatero, no pueden estar ausentes los barcos de la república gobernada por Tabaré Vazquez. Aunque haya algunos del país que gobierna Bush.

Por eso sí a las Unitas número 47. *

(*) Contraalmirante (r)

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