Los intereses creados en Washington ya están afilando sus cuchillos

Muchachos, aflojen el gatillo

Este axioma cheguevariano señala que las guerras que se empiezan nunca se sabe cómo ni cuándo van a terminar. La invasión de Irak cayó efectivamente en ese axioma, pero hay que analizarla más como una inversión financiera, que como una contienda militar pura. Las consecuencias son obvias: «Cuando se quema el primer dólar, nunca se sabe cuándo se va a quemar el último».

Irak es uno de los peores negocios en los cuales se haya metido un presidente norteamericano. Este yerro comercial es mucho más duro de aceptar para Bush que para cualquier otro presidente. El ex gobernador de Texas cursó estudios universitarios en la prestigiosa universidad de Yale y luego obtuvo un masters en administración de negocios en Harvard, otra alta casa de estudios en América. Un doblete académico envidiable para cualquier presidente.

Bush compró el contrato iraquí con la única condición de que iba a ser rápido, clínico y eficiente. La idea era ver, comprar, salir. En el mundo de las altas finanzas internacionales, ese ‘modus operandi’ es una condicionante ‘sine qua non’. Especialmente cuando el negocio se va a hacer en una región de dudosa seguridad inversora.

La idea era comprar rápidamente, saliendo de inmediato y dejando representantes locales con poder de firma. Pero el famoso negocio redondo es ahora un pantano sin salida en donde la plata que se puso no alcanza y la cifra final que taparía el agujero ni se menciona por miedo a provocar una caída accionaria histórica en las principales bolsas del mundo.

Invertir es mucho más que tirar papel picado al viento un día de carnaval. A los billetes verdes hay que recogerlos a todos y con intereses. La colosal inversión en recursos humanos, contable en decenas de miles, tampoco produjo los resultados esperados.

Bush puso la plata sin leer la letra chica en el contrato. Un error entendible en un inversionista novato pero imperdonable en uno de experiencia. Escondida debajo de decenas de páginas, entreverada en complicada terminología legal y en tipografía minúscula se puede ahora leer claramente: «cabe la posibilidad de que desatemos una insurgencia proteccionista virulenta, que nos obligue a quedarnos años sin ver ningún retorno de la inversión». Por supuesto, esa advertencia tendría que haber estado bien grande justo debajo del título contractual «Inversiones en Irak». Su olvido llama la atención.

Como en cualquier ramo de los negocios internacionales -sea comercial, financiero o industrial- la primera pregunta que debe hacerse el inversionista es: ¿quién fue el socio que me recomendó esta compra?

Basta mirar alrededor del empresario y reconocer las caras rojas para saber inmediatamente de quién estamos hablando.

Para comprar Irak, Bush utilizó un mecanismo crediticio al cual muy pocos tienen acceso. Se trata del voto eleccionario genérico. Con la moción ganadora en el plenario de accionistas -reconfirmado recientemente- se pensó que se le había dado al presidente un crédito ilimitado. Una especie de cheque en blanco. Resultó ser un cheque sin fondos.

Todos los bancos del mundo tienen un límite y el Tesoro de Estados Unidos tiene el suyo. El crédito otorgado sin colaterales a la inversión iraquí llega hoy a los 250 billones de dólares. Justamente fue aquí donde empezaron a resonar fuertes las palabras adaptadas del doctor Ernesto Guevara de la Serna, el mismo que alguna vez fue presidente del banco oficial cubano. «Cuando se dispara el primer dólar, nunca se sabe cuándo se va a disparar el último». El eco se vuelve a escuchar. De aquí en adelante cada billete verde le va a pedir a Bush una protección inversora estrangulante.

El presidente está ahora atado a un contrato iraquí que es carísimo, beneficia a algunas pocas empresas pero no a los que van a pagar la cuenta y probablemente al firmante le costará su puesto en la historia. Los accionistas que aprobaron la moción inversora están hace meses preocupados de que nunca van a volver a ver un peso. Esto es una muy mala señal. Generalmente es el principio del fin.

Qué más quisiera George W Bush ahora que rectificar su error y poner toda la plata en Nueva Orleans, reconstruyendo la ciudad con sumas de dinero jamás vistas desde el contrato «New Deal» de otro presidente con mucho más talento inversor: Roosevelt.

Los intereses creados en Washington ya están afilando sus cuchillos. El error de Irak y Louisiana no van ser pagados por el resto de los estados americanos. A menos que haya una componenda política impensable: el retiro de la inversión iraquí y el reconocimiento expreso de que cada dólar que se puso en ese país jamás sera recuperado.

El riesgo ahora es perder no sólo lo que precariamente se compró en Irak sino reconocer que también se pueden perder otras capitalizaciones importantes y ya maduras en la zona.

Analicemos fríamente los gastos hasta ahora: inversión total de entrada: US$250 billones de dólares. Inversión en recursos humanos: más de 45.000 vidas inmoladas.

Pero a las pérdidas ya incurridas deberá sumársele una reposición también sideral. Cada tornillo, tuerca, cada rueda gastada en Irak deberá ser repuesta en algún tiempo cercano. Total aproximado, incluyendo esto último: 600.000 billones de dólares y subiendo. En estos casos los recursos humanos son considerados inextinguibles y no cuentan: son pérdidas que pagarán otros.

La pregunta que debe hacerse ahora el presidente es la misma que tiene que responder cualquier empresario: ¿dónde podría haber puesto yo la plata sin tener que salir con la cara, los dedos y los dólares quemados?

La respuesta es clara: Nueva Orleans y terminaba con una estatua en la plaza principal. Si sólo hubiese sabido esperar. *

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