Vivos y coleando
Dicen que los japoneses se están aburriendo de sus mascotas virtuales y de los otros adefesios robóticos que imitan a perros y gatos. El asunto es que ahora en la tierra del sol naciente las mascotas vivitas y coleando comenzaron a valer muchísima plata. Por estas tierras, también orientales pero sin ojitos rasgados, siempre preferimos a los bichos de carne y hueso. ¡Y ojo! que no hablamos de los animales prehistóricos que hoy andan asustados porque se la ven venir a la dama de los ojos vendados y su justiciera balanza.
La memoria compañera quiere chamullar de allá, muy lejos, en el Montevideo del ayer cuando en los hogares había animales de todos los pelos. Ya en el terrenitos de entrada a la casa de chapa y madera nunca faltaba la cucha o casilla del típico cuzquito avisador. Apenas alguien tocaba la campana del portón, ladraba que se las pelaba. Por toda la casa pero más en los sótanos andaban los míninos. Servían para exterminar a los ratones que espantaban a las abuelas. Si tenías un gato, de seguro, la alacena de la cocina se salvaba de los ataques nocturnos. En los patios con aljibe había un exótico bicho pero muy codiciado por los años 30 de la vieja capital. Eran las tortugas que habitaban en los aljibes porque la creencia popular afirmaba que purificaban el agua alimentándose de las impurezas como los hongos y los sedimentos. También en muchas casas había un enorme cordero. Lo habían comprado a los vendedores ambulantes que pululaban por diciembre pero al llegar el momento siempre un pibe se encariñaba o nadie se animaba a pasarlo a degüello. Menos suerte tenían los pavos y pavitas que en grandes aulas los ofrecían puerta por puerta. Por el callejero empedrado se desplazaban las jardineras del reparto del pan tiradas por un caballito al que le ponían campanitas en las anteojeras. Los equinos también se utilizaban en los enormes carros lecheros.
Trasladaban los tarros de la leche recién ordeñada proveniente de los tambos que abundaban en los barrios populares de antaño. Como los de la Unión, allá por la cantera de los Presos, en Larravide y Azara. Los animales también contribuían al romanticismo. Por el Parque Urbano y el Rosedal del Prado andaban «las volantas» tiradas por blancos caballos que llevaban a los enamorados entre la cómplice arboleda. Las damitas con capelina y sombrilla y el galán con rancho de paja. Hasta en las fechas patrias abundaban los animales compañero. Eran fiestas de carácter popular donde todos se alborotaban con el paso de la adornada caballería. Al llegar el destacamiento que traía como una decena de perros cimarrones el público miraba curioso y sorprendido por la pinta fiereza de esos tremendos canes de nuestra campaña. Ahora los vientos cambiaron y esos leales compañeros animales se transformaron en camaradas en la diaria lucha por el sobrevivir. Animales y humanos luchando duro y parejo en este nuevo milenio.
Con más recuerdos y música, los esperamos todos los sábados a las 19 horas en la 1410 AM LIBRE.
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