De guardiaciviles
La Villa Muñoz estaba dormida. La madrugada y el tornillo apretaban de lo lindo en el barrio de las casitas iguales. Barrio Reus al Norte con sus farolitos que alumbraban esfumados por la helada que caía sin grupo. Entre las sombras, una figura se desliza con paso lento. Al doblar la esquina, brillan un instante los botones de su uniforme. Es el guardiacivil que de ronda taconea sobre el empedrado del barrio de Fugazot. Algún vecino de sueño liviano o la doña que lucha contra el insomnio, escuchan el sonido del pito o silbato que ese personaje, a cada rato, hacía sonar. Así se comunicaba con otro compañero que a las muchas cuadras le contestaba con un largo chiflido. Era una clave, por todos conocida, que el barrio estaba tranquillo como agua de pozo. Si había alguna detención de un pinta que lo pescaron agazapado en un zaguán, ese guardiacivil daba tres largos pitazos y al toque llegaban corriendo sus colegas. Así en el Reus como en otros barrios del Montevideo de antaño, los vecinos dormían con la oreja ya acostumbrada a esos metálicos sonidos. Y resultaba extraño cuando alguna noche faltaban. Era como si las cuadras estuvieran mudas y desprotegidas. Si en una esquina de madrugada los muchachos salían del boliche y empezaban a cantar a todo trapo canciones de las carnavaleras troupes eran silenciados con un par de pitazos de alerta. En otros barrios bravos había un sonido muy distinto que también imponía respeto. Por el arrabalero Puerto Rico se escuchaban en plena noche los cascos de los pingos de la Republicana. También el sonido de los sables chocando contra la montura al apresurar el trote. Es que por esos lugares no había fiasco y las broncas pintaban en serio teñidas de sangre. Ni hablar cuando los sábados en un par de ranchos de las calles Avellaneda y Plata se armaban tremendos bailongos. Los milicos dejaban los caballos atados a un árbol y se ponían en los portones para controlar a los compadritos.
En un rato confiscaban gran cantidad de cuchillas y las populares «piñas americanas». Eran días en que a pesar de la violencia de esos tipos de avería, los vecinos dejaban hasta muy tarde sus puertas abiertas. Tomaban mate y desde el patio saludaban a los que pasaban por la vereda. En el día estaban «los varitas» dirigiendo el tránsito de cachilas y tranvías anotando a los infractores en su bocamangas de cuero blanco. Otra estampa de esos tiempos era el ver a los guardiaciviles desplazándose en una moto marca Indian que al costado, en el sidecar, viajaba el propio comisario de recorrida. Los domingos los barrios populares se alborotaban por los peliagudos campeonatos de las ligas amateurs.
Fueron partido de rompe y raja en el Cerrito de la Victoria y sus interminables canchitas sobre Chimborazo. La rivalidad de los cuadros era enorme y los botones sudaban la gota gorda para imponer tranquilidad.
Y la coqueta «18» se estremecía con la llegada de los llamados «pistoleros importados» que asaltaron al Cambio Mesina. Al final todos terminaban en Miguelete o los de tiro largo en Punta Carretas. También se veía a los presos trabajando en la calle reparando los frentes de edificios públicos o meta pala en las veredas colocando adoquines y aplanando los terrenos donde pasaban las vías.
Con más recuerdos y música del ayer los esperamos todos los sábados a las 19 horas en la 1410 AM LIBRE.
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