El buque insignia o la Armada Brancaleone
En otras ocasiones, existe una gran coincidencia de pareceres y, quienes gustamos de asistir a un espectáculo de fútbol somos testigos de cómo un pedido de un cambio de jugador se torna en clamor colectivo de toda una hinchada. Son momentos no fáciles para quienes deben conducir técnicamente el equipo y, las más de las veces, aceptan el pedido de la mayoría.
Más allá de que se trate de fútbol, un deporte que apasiona a sus cultores, no es más que un deporte, un juego que mide y confronta aptitudes y capacidades con otros competidores, sea por diversión pura o por interés económico. Pero es nada más que un juego.
Esas discusiones, que unos podrán considerar útiles y otros estériles e inocuas, se suceden con frecuencia en otros ámbitos de la sociedad. A veces lo que está en debate es mucho más que opinar hacia dónde rueda, o debe rodar, una pelota.
La ministra de Desarrollo Social, la educadora Marina Arismendi, debe timonear una realidad bastante más delicada y sensible que la de los resultados favorables o desfavorables del equipo nacional de fútbol. De su gestión depende la situación de decenas de miles de uruguayos que, obviamente no por su responsabilidad, han sido empujados a la vereda de enfrente del sistema, comprometiendo todos sus derechos básicos, esos que si bien están consagrados en la Constitución para esa olvidada legión es letra muerta.
Esta es nuestra segunda reflexión sobre cómo viene actuando la ministra. Creemos que se justifica a la luz de los hechos más recientes. La semana pasada Arismendi concurrió al Parlamento y allí se reunió con los legisladores de su sector, entiéndase no Partido Comunista y Fidel, sino toda la bancada del progresismo, que como el lector es consciente constituye mayoría en el poder legislativo.
Las informaciones que trascienden de esa reunión no podían ser más pesimistas. El desencuentro fue casi total. La ministra y sus más inmediatos colaboradores, por un lado, y, con distintas percepciones y posturas, un frente crítico por el otro. El telón de fondo del debate es el crudo invierno –ya llevamos un mes, quedan otros dos– y la ya crónica dificultad del ministerio en censar a todos los aspirantes a recibir el ingreso ciudadano que si bien exiguo no deja de ser un paliativo para hacer frente al estado de pobreza crítica de sus eventuales beneficiarios.
Sabemos que llovieron ofrecimientos de ayuda: desde el que el primero lo hizo, el gremio de los trabajadores de la seguridad social, al de los agremiados en AEBU, el más actual de las intendencias de todo color que están en mejores condiciones para llegar a las familias enguetadas en los cantegriles, el de las ONG u otras iniciativas para censar en un día a todos los interesados.
La respuesta de la ministra siempre ha sido la misma, una tajante negativa.
Recién hoy el Ministerio accede a suscribir un acuerdo con AEBU.
Entonces, aquí estamos, sumidos en el reino de la irracionalidad de un ministerio incapaz de censar a unos pocos cientos de miles de compatriotas o acudir a los datos disponibles en distintas reparticiones del Estado.
Lo que se presentó como «el Buque Insignia» de este gobierno está transformándose por la vía de la terquedad y/o ineficiencia en «la Armada Brancaleone».
¿Será tan difícil de entender que la miseria de estos uruguayos no es una cuestión de color partidario?, ¿que desde el día que con encomiable sensibilidad se decidió combatirla y superarla hasta su extirpación definitiva va a ser una cuestión de Estado?
Nadie está obligado a seguir los consejos de los miles de directores técnicos cuando de formar el equipo se trata, pero ¡guay! de aquel o de aquella que no sea capaz de escuchar la voz, el grito, la súplica, casi unánime de la tribuna. *
(*) Periodista
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