Circos de invierno
Por estas fechas nunca faltaban los circos. Con las vacaciones de invierno aparecían en el Montevideo de antaño unas enormes carpas. Llegaban a la vieja capital con una tradición muy antigua. Algo que había empezado cuando por los finales del siglo XIX la pantomima circense era un espectáculo favorito en los arrabales rioplatenses. Tiempos en que el drama de Juan Moreira se presentaba en los «picaderos» bajo una carpa llena de remiendos. Así surgieron nombres míticos como los hermanos Podestá y su troupe representando las hazañas del libertario matrero. Epocas en que los hermanos Carlo le agregaron a su show de acróbatas la presencia del gran «Pepino del 88″, un clawn de leyenda que llevaba ese número bordado en sus coloridos calzones. Y el recuerdo de todos esos personajes venía junto a las carpas que arribaban por los inviernos de la década del 30. Por la añeja Estación del Ferrocarril y sus extensos terrenos que la rodeaban aparecía el estelar nombre de Sarrasani. Siempre elegían para acampar el mismo lugar frente al actual Montevideo Rowin.
Una descomunal carpa y otra más pequeña al lado de infinidad de camiones con vagones que servían de dormitorios a los artistas y sus ayudantes. Montevideo se alborotaba con el arribo del enorme circo de Sarrasani, tan famoso en todo el mundo. Los barrios populares recibían el anuncio de que la fiesta había llegado por medio de la visita de unos camioncitos repletos de artistas disfrazados, rubias sonrientes, acróbatas con zancos y los payasos que entraban corriendo a los boliches esquineros regalando invitaciones y programas. Oro circo con linajuda historia fue el Demóstenes, que elegía para acampar la zona de 8 de Octubre y Belén. Entre unas intimidantes penumbras se nos aparecía su estrella, el Hombre Hércules, un señor de dos metros y pico, enorme por todos lados y que doblaba unas barras de hierro como si fueran de goma. Antes, esos duros fierros se pasaban por la platea para que todos comprobaran que no había ningún truco. Los bailarines zapateaban sobre los tablones y dos magos entreverados entre la gente hacían aparecer palomas y surgir brillantes llamas de sus enguantadas manos. Cuando el espectáculo finalizaba en la puerta te regalaban flores y hermosas postales autografiadas por los artistas. Compitiendo con Sarrasani llegaba el Circo Checoslovaco cuyo fuerte era una enorme cantidad de animales amaestrados. Elefantes de largos colmillos, osos siberianos, tigres de Bengala y hasta una pintoresca jirafa que nadie en un principio sabía muy bien qué es lo que hacía. Pero cuando la vimos en el final del show entrar en escena e inclinarse para que todos los espectadores pudieran acariciar su cabeza comprendimos la grandeza de su inocente acto. Significaba la comunión entre los hombres y el tan sufrido reino animal que nos emocionaba en lo más profundo. Por principios de la década del 60, también por las vacaciones de julio se instalaba por Constituyente y Carlos Roxlo, el circo España. Recordamos cuando una vez llegamos a sus instalaciones con un ómnibus de Cutcsa prestado por el gerente Anselmi, repleto de viejitos del Piñeyro del Campo que disfrutaron gratis del espectáculo. Un poni con una niña paradita sobre su lomo, aquel malabarista nos guiña un ojo y los trapecistas surcan el aire. Suena la banda musical con su marchita a puro bombo, redoblante y trompeta. Fueron los circos de ayer que aún hoy nos siguen visitando desde el escenario de la saltarina memoria. Con más recuerdos y música los esperamos todos los sábados, a las 19.00 horas, en 1410 AM LIBRE.
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