El silencio (y los gritos) de los inocentes
Y en medio de esa feroz multitud de pequeñas víctimas, caminan también aquellas, castigadas por los prontuarios de sus mayores, hijas de hombres y mujeres que purgan sentencias en las cárceles dantescas del sistema penitenciario uruguayo, cargando su propio castigo por las calles de una ciudad que a veces, aparece como demasiado insensible. Una cosa es sí absolutamente cierta. Siempre, a cualquier hora, habrá un niño uruguayo solitario en la calle, tratando de sobrevivir. Puede ser uno entre 35 o 50 mil. Pero allí está.
Los pequeños presos de este lado de las rejas
En enero de 1999 las cárceles uruguayas estaban abarrotadas de presos, hacinados en lúgubres e infectos calabozos y sometidos a una férrea, deshumanizada y a veces descontrolada represión por parte del sistema. Fue entonces que un grupo de reclusos a los que entrevistamos tiempo después de un feroz motín, nos manifestaron su preocupación más allá de ellos, por sus hijos, sus mujeres, sus familias en fin, abandonadas a su destino allende las rejas de la cárcel misma.
A instancias de ellos, buscamos y encontramos una serie de testimonios arrancados de sus propios ranchos en los cantegriles miserables o en las pensiones promiscuas donde asentaban justamente sus mujeres y sus hijos.
En seis meses largos de recorrer tantos lugares indescriptibles, llegamos a la conclusión de que muchos de esos dramas tenían su raíz en las celdas de las cárceles. Familias atomizadas, destrozadas al perder la apoyatura del padre, del esposo, del compañero, sumidas en la indigencia y la desesperación, estigmatizadas por la sociedad (para muchos ser «familiar de un preso» es casi como tener un prontuario propio abierto) y en infinidad de casos, marginados o automarginados por miedo, ignorancia o vaya a saber qué.
Aquellas experiencias de vida fueron confiadas a nosotros tras mucho tiempo de negarse y hasta temer hablarnos. Por eso no hubo entonces fotos ni nombres propios. Fue parte del compromiso asumido. Hoy seis años después, y cuando todos los informes indican que las cárceles siguen hacinadas, que los niños siguen en las calles, que miles de gurises son explotados en tareas impropias para su edad, o mercantilizados en redes de prostitución, sumergidos en la droga y vilipendiados de mil formas distintas, pensamos en aquellos niños hijos de reclusos que habíamos entrevistado en las calles y en los ranchos circunstanciales aquel día a finales de siglo. Y decidimos volver a buscarlos. Saber de ellos seis años después. Lo hicimos, mientras en los foros académicos o políticos se siguen llenando cuartillas de proyectos para «humanizar» las cárceles. *
«El me dijo que va a salir un día de estos»
-¿Dónde está tu papá?
-En el Comcar. Está preso.
-¿Hace mucho?
-Y sí, bastante
-¿Cuánto?
-Y no sé… (le pregunta a la madre) ¿cuánto hace mami? (la madre contesta). Cinco años. Hace cinco años (nos responde después de escucharla.
-¿Y vos cuántos tenés?
-Nueve. Para diez (aclara).
-Eras muy chiquito cuando él fue preso…
-Sí.
-¿Te acordás?
No mucho. Me acuerdo algo porque lo lastimaron… pero no, no me acuerdo casi nada.
-¿Lo extrañás?
¡A veces sí!
-¿Y por qué nada más que a veces?
-Y no sé… a veces lo extraño más. Después me llevan a verlo y tá.
-¿Estás deseando que salga?
-Sí. El me dijo que un día de estos va a salir.
-¿Vas a la escuela?
-Voy.
-¿Y cómo te va?
-Bien… ¡Bah! Más o menos. Lo que pasa es que como trabajo…
-¿Trabajás?, ¿dónde?
-Vendo cosas en los ómnibus. Ahora tengo chicles, a veces llego tarde y los deberes…
-¿Y qué hacés con lo que ganás?
-Se lo doy a mamá.
-¿Y qué vas a hacer cuando tu padre vuelva?
-Y no sé… pedirle que no se vaya otra vez.
(Maximiliano- 9 años)
Los que mendigan
«A veces me han robado otros pibes»
-¿Por qué andás pidiendo?
-Para el pan y la leche…
-¿Quién te manda?
-Nadie
-¿Tu papá?
-Sí
-¡Mentira!, yo conozco a tu papá y sé que está preso.
(Silencio. Intento de irse)
-No, vení… vení…
-Tengo que irme…
-Tu papá (se lo nombro) me dijo que hablaras conmigo…
-¿Dónde?
-En el Comcar…
-(silencio)
-¿Me crees?
-Pa’ qué…
-Para que me cuentes…
-¿Qué?
-Cosas…
-¿Qué cosas?
-Lo que hacés, por dónde andás, por qué lo hacés… todo eso.
-¿Y para qué?
-Si no me crees andá, hablá con tu mamá, y mañana te veo otra vez por aquí.
-Bueno… ¡Chau! ( Se marcha)
Al otro día acudimos puntualmente a la cita con nuestro pequeño entrevistado. Tiene 7 años, vamos a llamarlo Ernesto (aunque solo sea para presagiarle una liberación con el nombre ficticio). Esperamos casi una hora. No apareció. Por allí lo vimos bajar de un ómnibus contando unas monedas que se echó al bolsillo y acomodando unas estampitas que llevaba en su mano. Cuando me vio pareció frenarse, pero luego vino hacia nosotros.
-Hola Ernesto…¿Cómo te ha ido?
-Y… hoy más o menos…
-¿Le preguntaste a tu mamá?
-Sí
-¿Y qué te dijo?
-Sí
-Sí… ¿qué?
-Que podía…
-¿Qué podías qué?
-Conversar con vos…
-¿Querés tomar una Coca?
-Bueno…
Y salimos con él hasta un bar de las inmediaciones. Nosotros pedimos un café, él una Coca.
Le invitamos con una pizza. Aceptó mucho más rápidamente que con la charla. Y por varios minutos respetamos su «banquete» en silencio. Y entonces fue él el que preguntó.
-¿De qué hablamos?
-De vos, qué hacés, dónde pasas el día, con quiénes… contame todo lo que quieras.
-Y bueno, ando en los ómnibus con las estampitas, ¿ves? (nos muestra su mercadería). Se las doy a la gente «a voluntad», a veces llevo chicles, cuando tengo plata para comprar o almanaques, o pegotines. Y si no tengo nada hay un tipo que vende unos papelitos escritos…
-¿Cuáles? ¿Esos que dicen somos siete hermanos…?
-(Se ríe). Sí, esos…
-¿Te los vende?
-No; te los da, pero te paga… vos tenés que llevarle la plata a él y él te da una parte.
-¿A vos y a quién más?
-¡Pah! A un montón.
-¿Y si no le llevás nada?
-( Se pone serio). Mejor que no…
-Mejor que no ¿qué?
-Mejor que no vayas hasta que lleves…
-¿Qué te hace?
-No sé, dicen… a mí nada…nunca.
-¿Y a otros?
-Bueno los hace correr de la calle
-¿Con quién?
-Dicen que tiene canas amigos.
-Y vos ¿por qué andás pidiendo?
-Pa’ ayudar a mamá y a papá.
-¿Vas a la escuela?
-Ahora no…cuando empiecen las clases sí… no todos los días, pero voy.
-¿Y no trabajás?
-Si trabajo igual. Me saco la túnica, la meto en la mochila y salgo a vender.
-¿Cuánto ganás por día?
-Depende
-Más o menos
-Hay días de 40 o de 50. Una vez un señor me dio cien pesos.
-¿Nunca te pasó nada en la calle?
-Y sí… a veces me han robado otros pibes
-¿Y qué más?
Y algunas veces te agarran y te dan…
-¿Te dan qué?
-Yo que s
é… cosas…
-¿Qué cosas?
-(Silencio)
-¿Qué cosas Ernesto?
-Quiero irme
-¿No querés otra Coca y otra pizza?
-No, estoy lleno… (se levanta para irse y no lo detenemos)
-Chau.
-Chau Ernesto. Gracias.
Y sale corriendo hacia la calle. Lo vemos entonces subirse al primer ómnibus que pasa por el lugar.
(Ernesto- 7 años)
Otros pequeños diálogos con pequeños
«Papá trabaja en la cárcel»
-¿Dónde está tu papá?
-En la cárcel.
-¿Por qué
-Trabaja allá.
-¿Y vos vas a verlo?
-A veces sí, con mi mamá o con abuela.
-¿Y él que te dice?
-Me dice «piojo».
-¿Y que más?
-Y no sé… me dice cosas.
-¿Qué cosas?
-Que me porte bien, que no haga rabiar a la abue.
-¿Y vos le hacés…
-A veces si ( se ríe) ¿caso?
-¿Y por qué hacés rabiar a la abuela?
-Yo no la hago.
-¿Vas a la escuela?
-¡Sí voy!
-¿Y te portás bien?
-Y… (duda) sí, me porto.
(Facundo-8 años)
Los que viven en las calles
Katty tiene 12 años. Usted la debe haber visto por la calle, seguramente. Es una niña hermosa, alta, muy delgadita. Anda mucho pidiendo por los bares del centro de la ciudad. Por supuesto su nombre también es imaginado. Su padre está preso en Santiago Vázquez (Comcar) y ella y cuatro hermanitos menores viven con su abuela, viuda, enferma y con más de 70 años de edad en un barrio marginal de Montevideo. El diálogo que reproducimos es absolutamente real, muy crudo, pero lastimeramente real. Ni su padre ni su abuela -según nos dijo ella- saben la verdad que aparece en este testimonio. Aquella noche estábamos en un bar cercano a la Plaza Independencia cuando la pequeña se acercó a la mesa donde nos encontrábamos.
-Diga don… ¿tiene una monedita?
-Si querés comer algo te invito.
-Bueno (dijo sin ningún preámbulo, y se sentó junto a nosotros. Llamamos al mozo, pidió un pancho y una Coca)
-¿Se gana bien con esto? Le preguntamos-
-Sí … a veces sí…
-¿No estudiás?
-No, fui hasta cuarto y dejé.
-¿Por qué?
-Tengo que trabajar.
Y entonces ella nos contó la historia del padre, la abuela, los hermanos. Nos dio demasiados detalles con referencias de la cárcel y las visitas que conocíamos muy bien como para que fueran producto de su imaginación. No quiso decirnos el nombre de su padre ni dónde vivía con su abuela al principio. Luego lo supimos, sin embargo.
-¿Cuántas horas trabajás?
-Depende… a veces me paso dos o tres días trabajando.
-¿Y adónde dormís?
-Por ahí
-Por ahí ¿dónde?
-Dónde puedo… dónde me dejan.
-¿Quiénes?
-Los cuidadores
-¿Y no tenés miedo?
-Depende
-¿Cómo que depende?
-Si estoy sola o no, a veces nos juntamos tres o cuatro y entonces no tenés miedo…
-¿Y qué hacen?
-Y… hablamos… a veces llevamos vino…
-¡Vino! ¿Toman vino?
-Yo no tomo… los muchachos sí…
-¿Y qué más?
Bueno… (duda) ¿Vos que sos? ¿no serás cana… ¿no? Pinta no tenés, pero…
-Quedate tranquila, no soy cana, soy periodista.
-¡Peor! ¡Ahora si que me voy!
-No tengas miedo, quedate… no voy a entregarte a nadie.
-¿Qué querés entonces? ¿Querés cogerme?
-¿Qué decís?
-Que si querés cogerme. Hay muchos viejos como vos que me pagan pa’ que los deje tocarme o que les chupe la… bueno vos sabés…
-¿Y vos lo hacés?
-Y … a veces sí… me dan hasta cien pesos.
-¿Y por qué hacés eso? ¿No sabés que eso es…?
-(Interrumpe) ¿Qué vas a hacer? ¿Me vas a mandar en cana?
-No, pero…
-Bueno chau… me voy porque te estás poniendo mal.
Y sin darme tiempo a nada, salió por la calle perdiéndose entre la gente.
(Katty- 12 años)
Los abandonados
«Yo no robo»
-¿Esta noche vas a ir a tu casa?
-No sé… si ando cerca.
-Pero ¿no tenés miedo de quedarte por ahí?
-No.
-¿Nada de miedo?
-Bueno… un poquito a veces sí, pero somos una barra.
-¿Todos como vos?
-No, algunos son más grandes… son los capos.
-¿Los capos de qué?
-De la barra.
-¿Y ellos los mandan?
-No, nos cuidan; nosotros los ayudamos.
-¿A qué los ayudan?
-A cosas.
-¿Qué cosas?
-Cosas…
-¿A robar algo, por ejemplo?
-A veces.
-¿Qué roban?
-Cosas.
-¿Y vos no sabés que tu papá está preso por robar también? ¿Querés que te pase lo mismo?
-Sí, sé.
-¿Y entonces?
-Yo no robo.
-Pero ayudás.
-Sí.
-Y eso es lo mismo.
-¡No! ¡No es lo mismo!
¿Y qué más hacés con la barra?
-.Jugamos.
-¿A qué?
-(Silencio)
-¿No querés hablar?
-¡No!
(Fabián-9 años)
Los que se prostituyen
Ella tiene no más de 14 años. Quizás 15. Ejerce la prostitución.
-¿Tu padre sabe que estás en esto?
-¡Ni loca!
-¿Y por qué estás?
-Porque sí, porque se me da la gana.
-Yo no te estoy agrediendo. ¿Por qué me contestás así?
-Porque te metés en lo que no te importa.
-Entonces no hablamos más.
-Si querés no hablamos…después de todo fue la vieja la que me dijo que te hablara de esto.
-Tu mamá entonces sabe
-Y sí, pero se la aguanta…
-¿Y dónde conseguís los clientes?
-Yo no soy una loca, no ando por ahí
-Por eso mismo. ¿Cómo hacés?
-¿Querés mandarme en cana?
-¿Quiénes son?
-Yo que sé. ¡Viejos!
-¿Cómo de viejos?
-¡Uh, viejísimos! (se ríe)
-¿Y no tenés novio?
-¿Te parece que me quedan ganas?
-No sé. Vos sabrás. ¿Tenés?
-¡No!
-¿Y adónde te llevan?
-A los autos. Hay uno que me lleva a la casa…
-¿Y?
-Y ¿qué?
-¿Qué hacés, que te hace?
-¿Y que querés que me hagan? ¡Me cogen! (Vuelve a reír)
-¿Los viejos?
-Y sí… o ellos creen que me cogen, pero son unos pobres… hay uno que tiene un boliche allá en la Unión que me paga para que me desnude, baile y después se la chupe un ratito… me da quinientos.
-¿Sos feliz?
-¡No me vengas con eso ahora!
-¿Vos sabés lo que sufriría tu padre si lo supiera?
.-¿Y vos sabés lo que sufrimos en casa cuando se mandó la tal cagada y nos quedamos todos así? ¡No me vengas con sermones! ¡Parecés mi madrina!
-¿Pensás seguir siempre en esto?
-¡No! Algún día voy a enganchar a alguien…
-¿Te cuidás del sida?
-¿Querés decir si usan condones?
-Sí.
-Y, a veces sí…
-¿Sólo a veces?
-¿Y que querés? ¡No todos quieren!
(Paola-14 o 15 años)
Apenas seis años después
Mayo de 2005. Apenas seis años después de aquellos encuentros, un hecho de los tantos que
día a día registran las crónicas policiales, nos llevó a revolver en nuestros archivos y retornar a las calles y a los barrios donde estuvimos antes, buscando a aquellos niños. Uno de ellos, al que nosotros llamamos Fabián, que entonces tenía 9 años, fue el protagonista de un lamentable episodio de rapiña a un taximetrista con intento de homicidio, acosado por la desesperación por la maldita pasta base. Ahora tiene 15 años recién cumplidos. Seguramente aquellos «capos» de la barra -como él los denominara hace seis años en nuestro encuentro- le cobraron con esa dependencia trágica su «protección». Y fue justamente Fabián quien nos impulsó a saber qué había pasado en estos años con los otros pequeños y adolescentes que habíamos visto y también sobre el destino de sus padres.
Ernesto:
Ernesto tiene ya cumplidos sus 14 años. Sigue en las calles. Lo vimos, se acordó de nosotros pero no quiso hablar. Supimos que su padre salió en libertad y volvió a delinquir, está otra vez en el Comcar de Santiago Vázquez y tiene para varios años.
Nos dijo apenas que sobrevive «como se puede», y ese «como se puede» dicho por un niño de la calle tiene un solo significado. Lo único absolutamente suyo que posee, es un prontuario en la Comisaría de Menores con más de 40 anotaciones.
Katty:
Hoy tiene 19 años. Sigue en la calle como entonces. Tiene un hijo de padre desconocido, y es prostituta. Vive en una pensión de la Ciudad Vieja con un muchacho más o menos de su edad que la explota y trafica pequeñas cantidades de droga para terceros, para financiar sus propias dosis. De su padre no sabe ni quiere saber nada. Sigue preso.
Paola:
Hoy tiene 24 años. Cuando la vimos por primera vez era algunos años mayor de los que aparentaba. Está en la cárcel desde hace algún tiempo. Cumple condena por rapiña especialmente agravada. Su «socio» en la causa y también marido circunstancial, ocupa una celda en el mismo módulo que su padre en el Comcar.
Facundo:
Cumplió ya 14 años. Su padre salió en libertad hace algunos meses y junto a él recorre las calles de Montevideo con un carrito buscando en los contenedores de basura su subsistencia. Nos dijo que terminó la escuela y no pudo seguir el liceo por que murió la abuela y tuvo que salir a trabajar.
Maximiliano:
Tiene ahora 15 años y sigue vendiendo chucherías en los ómnibus. Su padre continúa preso. Nos confesó que ahora no es tan fácil.
-«Cuando sos más chico, te ven y les das lástima y te dan monedas y ni te agarran lo que les vendés, te lo dejan… pero ahora que sos grande, como somos tantos, ¿viste?».
«-Ando prolijito» nos dijo-. Sin embargo su prontuario en la Comisaría de Menores no dice lo mismo.
Ana Laura:
Hoy ya tiene 23 años, un hijo y otro que se anuncia para setiembre. Su padre sigue preso, pero ella se reconcilió con esa realidad. Su actual compañero no es aquel noviecito de hace seis años, al que mentía sobre la ausencia de su padre. Es un ex recluso que conoció un domingo, cuando hacía cola junto a su madre para la requisa previa a la visita en el penal. Cuando me vio llegar -sigue viviendo en la misma casa de aquel asentamiento- me dijo simplemente: -«¿Te acordás? ¡Vos tenías razón!… mírame ahora…»
Las otras voces:
No hace mucho, el pasado 12 de junio se efectuaron una serie de actos con motivo de las jornadas por el «Día Mundial contra el trabajo infantil». Dentro de otras tantas cosas que se dijeron, el ministro interino de Trabajo, Jorge Bruni, manifestó que «quizás tendríamos que reflexionar si calificar como trabajo infantil o como explotación de trabajo infantil, es una reflexión que deberíamos realizar; y que las cifras demuestran que va íntimamente asociado a la pobreza y a la exclusión social.
Creo que nos debe conducir a algo de lo que desde este gobierno estamos intentando hacer respecto a la situación del país, es decir, pobreza y exclusión, cifras harto conocidas por toda la sociedad uruguaya; por supuesto, que esas cifras que da la Organización Nacional de Trabajo de uno cada cinco niños -sí bien digo, niños- que trabajan en condiciones de explotación, no creo que sean exactamente mucho menos las cifras uruguayas», y agregó que «no puede estar ajeno este tema de la exclusión, de la pobreza, que es en los sectores donde más se observa el trabajo infantil». Por su parte Ronald Graside, inspector general del Trabajo, expresaba en la misma oportunidad: «A partir de esta Administración entendemos como Inspección del Trabajo, en primer lugar, que es imprescindible que nos comprometamos definitivamente -junto con la enseñanza, el Instituto del Niño y el Adolescente, progresivamente también con el de Desarrollo Social- a efectivamente encontrar caminos que permitan sacar a los niños, casi 35 o 37 mil niños uruguayos, en distintas condiciones de trabajo; niños que suelen ser contratados, junto a sus familias, principalmente en el sector rural y que sufren todas las consecuencias de trabajos que son inadecuados, para lo cual también esta Inspección suele no tener recursos directos pero sí puede y debe promover con el resto de las instituciones y la sociedad civil, y en particular los trabajadores y los empleadores, soluciones para esos niños.
En consecuencia, esta será nuestra dirección de trabajo, todos los esfuerzos de esta Inspección General del Trabajo, y nuestro compromiso de aquí al próximo 12 de junio de llevar efectivamente adelante y a fondo en forma radical una transformación de esta lucha por la erradicación del trabajo infantil en el Uruguay». *
Compartí tu opinión con toda la comunidad