Tiene la palabra
Al Consejo de Educación Secundaria
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
* Después de saludarlos, nosotros, vecinos del liceo Nº 38 del Barrio La Teja, deseamos hacer saber a ustedes que el señor director, profesor Carlos Núñez cuenta con nuestro total apoyo y solidaridad.
También queremos resaltar que para nosotros y toda la zona, es una persona muy querida y respetada, por lo confiable y la excelente persona que es. El ha sacado al liceo y a sus alumnos siempre adelante, de la mejor manera, durante estos más de 17 años de continuo trabajo en serio.
Nos da lástima, rabia y estamos completamente indignados que por unos pocos que desean hacer daño, ya sea por celos o envidia, se manche su imagen, se dañe su tan reconocida reputación y la del liceo, que sabemos que se el mejor de Montevideo.
A causa de lo sucedido el jueves pasado, decimos «Basta de violencia, luchemos por la tranquilidad de nuestro director y del liceo al cual dirige».
Volveremos a reiterar nuestro completo apoyo y solidaridad hacia el señor director, lo cual deseamos confirmar ante ustedes mediante esta nota y más de 150 firmas.
SIGUEN FIRMAS
Carta abierta al Presidente del gobierno de España
Señor Director de LA REPUBLICA
Dr. Federico Fasano Mertens
Payosaco, 15 de junio de 2005
Sr. Presidente del gobierno de España
Don José Luis Rodríguez Zapatero
* Sin ánimo revisionista pero sí ilustrativo, no hace falta retroceder mucho en el tiempo, para recordar la historia reciente de España, millones de ciudadanos despojados de todo, incluso de su libertad y en los casos más extremos de su vida. Muchos murieron hacinados en campos de exterminio, otros perecieron en combate -curiosamente, bajo el gobierno de países hoy amigos de España-, y en alguna ocasión fueron vejados, humillados y tratados como ganado en su llegada a otros países del viejo continente; que proclamaban hoy formar parte del primer mundo culto y civilizado.
Ciudadanos anónimos, y otros destacados por su virtud o su talento en las más diversas disciplinas fueron condenados al exilio forzoso o voluntario.
Los españoles buscaron refugio en los puntos más recónditos del planeta, y vaya si lo hallaron. Muchos han realizado su vida, y se han convertido en nativos al transcurrir de los años, estableciendo tales lazos con los lugares de acogida que ni se plantean volver, aunque las condiciones socioeconómicas no sean óptimas. Pero si hablamos de acogida con mayúsculas, de segunda patria, para todos aquellos que deambularon por el mundo, -aún muchos años durante la posguerra-, bien para sobrevivir a la persecución ideológica, huir de la miseria, o labrarse un porvenir que entonces no tenían en la tierra que les vio nacer; debemos concluir sin lugar a dudas que la auténtica «madre patria» para los españoles -en particular los gallegos-, ha sido toda Latinoamérica y en especial las naciones y pueblos de Uruguay, Argentina, Venezuela, Brasil, Cuba y México.
Durante la primera mitad del siglo XX, los estados de Iberoamérica, tal y como lo hicieron tras proclamarse como naciones independientes -segunda mitad del siglo XIX-, acogieron sin reparo, a todos aquellos que anhelaran la pacífica convivencia y manifestaran su vivo deseo de trabajar y establecerse allí.
Paralelamente y como producto de su trabajo y la prosperidad alcanzada en la diáspora, los aportes financieros de las numerosas colectividades españolas en el extranjero, se han visto reflejados tanto en infraestructuras y servicios así como también han contribuido decisivamente a crear fuentes de trabajo, y al desarrollo y sostenimiento del estado de bienestar de España; principalmente en los tres últimos decenios.
Con el devenir de los tiempos se invierten los papeles; y mientras la Latinoamérica antes rica y próspera se derrumba y se empobrece, la Europa que fuera mísera y hambrienta se recupera, se estabiliza, y se desarrolla.
Se produce una ola migratoria al viejo continente, en muchos casos no por apremios económicos, sino para escapar a la muerte y la tortura. España recibe una pequeña porción del contingente. Las corrientes migratorias cobran importancia para España a partir de los 80.
La aportación de los inmigrantes desde entonces a la actualidad, se demuestra asimismo como altamente positiva. Su aporte ha dado lugar al crecimiento -y resurgimiento en muchos casos-, de las tasas demográficas, han engrandecido con su trabajo y sacrificio la nación, han procurado en la mayoría de los casos adaptarse e integrarse en la sociedad que les acoge. Cuando los poderes públicos lo han facilitado, regularizaron su situación acorde a las leyes. Contribuyen cuando se promueve su inserción y se proveen los mecanismos, con su aportación a las arcas del estado. Sin poder obviar su inestimable aportación cultural. Inexplicablemente, como contrapartida, se han encontrado en innumerables ocasiones con el desprecio, la hipocresía, la xenofobia, el racismo y el abuso.
Las campañas de regularización, promovidas por sucesivos gobiernos especialmente en los últimos tres lustros, han puesto de manifiesto su poca previsión; el desconocimiento de este fenómeno, la ausencia de programas de sensibilización social, y la marginación del rol social que debe tener el colectivo inmigrante. Los ciudadanos extranjeros han visto recortados sus derechos más elementales, han visto en no pocas ocasiones coartada su libertad, han sufrido y sufren la explotación, por empresarios e individuos inescrupulosos; soportaron la ira injustificada de grupos radicales, en ocasiones con resultado mortal. Los gobiernos, han subestimado la magnitud y relevancia de estos acontecimientos, muchas veces incluso mostrando su pasividad, sembrando con ello el desconcierto. Los procesos extraordinarios -como los establecidos por circunstancias excepcionales-, no pueden definirse sino como cortinas de humo y han sido motivados por sendos hechos trágicos: recordemos; el proceso de regularización del colectivo ecuatoriano, convocado por el accidente de una furgoneta en Lorca-, que transportaba trabajadores carentes de residencia, trabajando en negro al margen de la ley; y el otorgamiento de nacionalidad a víctimas y familiares de los atentados del 11-M.
Los procesos como el anteriormente inmediato, le han lavado la cara a la precariedad ya existente, en muchos casos el propio trabajador, ha desembolsado en dinero de las gestiones del proceso y seguramente su menguado salario lo será aún más, debido a que será el propio inmigrante quien pague las aportaciones. Lo que resulta aún más repudiable, es que algunos miembros de su gobierno como los señores Rumí y Caldera, vendan como un éxito este proceso y hablen de personas como simples números u objetos.
Sra. Rumí: las necesidades básicas del ser humano, tales como alimentarse, vestirse, y trabajar para lograr el sustento que les permita vivir con dignidad, no conocen de leyes ni decretos. No puede salir Ud. tan airada y alegremente a decirles a aquellos que han sido explotados y vejados en este país, que se vayan por donde vinieron. Quizás su desahogada posición social, y la emoción de su designación para el cargo que ocupa, le haya deslumbrado. Recuerde que sus conciudadanos se marcharon de aquí probablemente en mayor número que los que ahora acote España, y por cierto encontraron bastante menos obstáculos. Considere también lo que ha revertido la inmigración española en beneficio de este país.
Sr. Caldera: los inmigrantes no hacen turismo, dejan atrás sus familias, sus amigos, su tierra, al igual que lo hicieron en su día los españoles; para buscar nuevos horizontes, dejando a veces su vida en el intento, escapando al hambre y la miseria. No se trata de crear empleo a base de promover el abaratamiento del despido (asombrosa y patética idea para provenir de un ministro de la izqu
ierda), ni de otorgar prebendas al empresariado y al capital. Ni expulsando extranjeros que deseen trabajar honradamente.
Es mejor prevenir que curar: haga que desaparezcan paulatinamente los contratos temporales, corrobore que las empresas cumplan lo que marca la ley, controle que todos y cada uno de los asalariados reciban lo que corresponde a su labor y estén asegurados. Dicte y verifique medidas que reduzcan definitivamente la enorme siniestralidad laboral. Modestamente, medidas que a mi modo de ver crearían empleo de mayor calidad, continuidad, e igualdad entre extranjeros y españoles; con el consiguiente crecimiento de las arcas públicas.
Sr. Zapatero: en cuanto al tema medular de ésta carta, por lo anteriormente narrado, creo haberle expuesto con firmeza aunque con respeto, los fundamentos de mi protesta, respecto a la actitud de su gobierno sobre la vigencia del citado tratado de 1870. Desde mi condición de uruguayo, lo que no va detrimento de la perspectiva que también debo tener como nacional español. Estimo que éste proceder no se corresponde, con la realidad de las cosas; ni con la actitud solidaria y generosa que históricamente ha prodigado Uruguay a los nacionales españoles. La primera comunidad extranjera de la república, que no es sino parte activa absolutamente integrada de la sociedad uruguaya. Comunidad que les ha acogido, como a muchas otras colectividades, que les ha permitido establecerse, formarse y desarrollar sus vidas, sea a nivel profesional, intelectual y humano. Gozar de los mismos deberes, derechos y garantías, inherentes a todos y cada uno de los ciudadanos del país. Muchos españoles sin embargo, recién adoptaron la ciudadanía uruguaya cuando lo estimaron oportuno, sin que su condición de extranjero implicara la restricción de ningún beneficio; incluidos la cobertura sanitaria y la adhesión al sistema público de jubilaciones y pensiones. También les ha sido permitido sin ninguna excepción, la libre asociación cuyo fin no afectase en ningún caso la ley.
Finalmente traslado a Ud. como máximo representante democrático de España, mi enérgica protesta por lo que considero una medida injusta, insolidaria, pobre en sus argumentos, carente de memoria y de visión objetiva. Otrora, cuando la población de España, sucumbía hambrienta, enferma, y se hundía en el más absoluto caos; y cuando Uruguay -como Sudamérica- ostentaba unas condiciones socioeconómicas y políticas similares a las de las potencias europeas de la actualidad, fueron acogidos, aceptados e integrados. Dejaron de ser extranjeros para ser uruguayos, a pesar de haber visto la luz al otro lado del Atlántico. Creo no ser el único español que opina de éste modo.
Mi actitud no es la de solicitar prerrogativas, reclamo un indiscutible acto de justicia. Por último, Sr. Presidente, hago mías las palabras del ilustre prócer de la República Oriental del Uruguay, el Gral. Don José Gervasio Artigas: «Con libertad, ni ofendo ni temo».
Sin otro particular se complace en saludarle muy atentamente quedando a sus gratas órdenes.
FRANCISCO OSCAR GARCIA KRAFT
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