La sopa boba
Hace un tiempo el europeo Joan Barril, con motivo de un Congreso sobre las relaciones entre Latinoamérica y Europa, escribió en El Periódico de Catalunya para demostrar que «la riqueza de Europa se basa en la pobreza americana. Si quieren evitarla, pueden».
«Erase que se era un europeo viajando por América. Llegó a un poblado y al verle, los habitantes le miraron con curiosidad. ¿Qué deseaba el hombre blanco? Nada. El hombre no quería nada. Sólo venía a ofrecer. Sabía que en aquella zona la gente pasaba hambre y él traía la solución. «¿El remedio contra el hambre, traes? Siéntate y sé bienvenido.» El europeo pidió una cazuela, la llenaron de agua y la colocaron sobre el fuego. Entonces el europeo sacó de su mochila un paquete. Lo desenvolvió y sacó una piedra. Depositó la piedra en el fondo del agua hirviente del caldero. Horas después el europeo cató el agua del caldero. Dijo que todo iba bien, pero que quizás le faltaban unos puñados de sal. Apareció la sal. Al cabo de un rato, tras otra cata, el cocinero consideró que se necesitarían unas cuantas hortalizas. Uno de los indígenas trajo zanahorias, nabos y raíces. Era casi el alba cuando el cocinero sugirió que su pócima mágica para acabar con el hambre merecía la introducción de unos cuatro pollos, dos conejos y algunas rodajas de yacaré. Hechizados por el ritual, unos cuantos aportaron lo pedido a la olla común. El europeo decidió que ya era hora de acabar con la maldición del hambre. El pueblo se alineó para tomar la sopa mágica de su benefactor. Comieron hasta que no podían más. El europeo sacó del fondo de la olla la piedra milagrosa, la envolvió en un paño blanco y se fue hasta el próximo poblado. Todavía hoy le veneran y los indígenas cuentan a los hijos y a los nietos cómo un día el hombre blanco consiguió hacer una sabrosa sopa con una piedra mágica que llevaba en la mochila. Así en la selva como en la Cumbre, así en el calvero como en el Palacio de Congresos. Nosotros llevamos la palabra y ellos todo lo demás.» *
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