Los cabarets de Rincón
Y como veterana coqueta que siempre fue, la Ciudad Vieja sigue atrayendo a la muchachada.
Al igual que antes, allá por las primeras décadas del viejo siglo. Sus cabarets eran los reyes de la noche a los que todos rendían religioso y nocturno culto. La memoria caza en el aire algunos de esos nombres que le revolotean.
Aparece en Rincón casi Misiones, el famoso Tabaris con su enorme pista de baile.
En el fondo estaba la barra de mármol donde se acomodaban, en unas altas butacas, los elegantes señores de trajes oscuros y algunos de elegantísimo smoking.
El escenario medio petizón tenía un piano en cada extremo para las noches de gala en que dos orquestas se alternaban, sin tregua, en darles ritmo a los bailarines.
Ahí supo hacer de las suyas el tan conocido Luis Caruso, llamado Carusito, gran director de aquella orquesta típica nacida en la Villa de la Unión.
El Tabaris tenía un plantel de chicas muy hermosas y hábiles bailarinas capaces de hacer mover al más tronco. Había que sacar en el mostrador unos talones que habilitaban para bailar un par de piezas con esas hermosa danzarinas especialistas en dos por cuatro.
Cuando no estaban «ocupadas» por sus clientes y la noche era medio chauchona se les exigía bailar entre ellas para dar vida al ambiente.
Mientras esas damas giraban en la pista haciendo arrabaleros cortes y quebradas con sus ocasionales parejas, era un contastre el ver a un mural del fondo del escenario donde aparecían pintadas unas inocentes pastorcillas que miraban a todos de modo inocente e ingenuo.
Por el Tabaris aparecían cada tanto unas rubias muy bien vestidas acompañadas por unos tipos con caras de pocos amigos.
se sentaban cerca del escenario y bebían muchas botellas del mejor champagne francés.
Eran los fiolos y sus pupilas polacas que tanto en Buenos Aires como en Montevideo habían creado una poderosa red de prostitución conocida con el nombre de «La Migdal».
Tenían vinculaciones con policías y políticos de la época y ahí estaban muy tranquilos disfrutando de los tangos del Tabaris.
Otro cabaret de esa Ciudad Vieja fue el Scala, de Rincón casi Bartolomé Mitre. Era más accesible para los pibes de flacos bolsillos.
Por sus mesas también aparecían gran cantidad de anónimos poetas y desconocidos compositores de tangos. Por solo 30 centésimos se pagaba la entrada y el derecho a un buen copetín. Al costadito, medio apretadas porque el lugar no era muy grande, estaban las bailarinas profesionales que por un pequeño recargo en el precio de las copas podías tener derecho a dos o tres piezas.
Este cabaret fue muy conocido por «el quinteto de la casa», como le decían al que integrado por tenaces músicos hacía a todos moverse bien debute.
Los días de semana, cuando había poca gente, era tradicional el que se acomodaran en la barra unos compadritos de El Bajo que escuchaban la música y le daban a la ginebra.
Fueron los últimos protagonistas de una estirpe maleva que vivió sus dramáticas vidas por atrás del murallón y el Templo Inglés. Cabarets del ayer donde el tango flotaba iluminado por el reflejo del champagne y la quemante ginebra.
Sus músicas nacían desde el corazón de la Ciudad Vieja, esa veterana tan coqueta. Con más recuerdos y música los esperamos este domingo, a las 19 horas, en la 1410 AM LIBRE.
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