Ex preso de la dictadura visitó la cárcel de Santiago Vázquez y se estremeció
Confieso que nunca había ingresado al penal del Comcar. Hace unos días acepté acompañar a familiares de un detenido, hijo de unos amigos que conozco desde que él era un niño.
Fui en mi coche por la Ruta 1, al llegar al trébol tomé por Camino General Basilio Muñoz, a unos 500 metros ya se ve el Comcar.
Unas 200 personas esperaban que se abrieran las rejas para comenzar a ingresar con sus paquetes a ver familiares y amigos.
De un lado las mujeres, del otro los hombres.
Lo primero que me llamó la atención fue la extrema pobreza de la mayoría de los familiares que esperaban para ingresar.
Pero todos llevaban desde bolsos con un surtido de papas, cebollas, fideos, fruta, hasta humildes bolsitas con un refresco de los más baratos.
Me dio vergüenza estar con las manos vacías, crucé a un almacencito y compré tabaco y un kilo de yerba.
Caía una fina llovizna, mojaba y lentamente iba calando el frío hasta los huesos, una especie de galpón techado con chapas pero abierto por sus cuatro costados, daba refugio a unas pocas mujeres con sus niños, el resto, a la intemperie.
En la cola de espera, me fui enterando del sistema de visitas, figura como hora de ingreso las 13.00 horas, pero en realidad los portones se abren cuando quiere la guardia. Ese día se abrió a las 13.40, pero entre las 13.00 y las 13.40 horas, no menos de cuatro veces los guardias hicieron amagues, simulacros de apertura, uno los ve venir caminando hasta el portón e instantáneamente todos los familiares cargan sus bolsos, las madres además cargan los niños chicos, toman del brazo a los más ancianos, se ordenan en las filas según los módulos, y en ese momento el guardia llega a la reja, mira y se da vuelta. La indignación corre como un ramalazo por la fila.
Finalmente se abrió, ingresé entre los primeros, no podía entrar con dinero y documentos, lógicamente respondí y pregunté dónde puedo dejarlos, «afuera». ¿Cómo es posible que el Comcar no proporcione un sistema de canastos o guardabultos para que los familiares dejen sus pertenencias?
Dejé mi billetera en el auto y volví, porque con la llave del auto tampoco se puede entrar.
«Afuera», era afuera nomás como había dicho el policía, un pequeño carrito vende alfajores, yerba suelta, tabaco, un letrero avisa: Guardabultos.
Fui hasta allí, dejé medio nervioso mis llaves del auto en una simple bolsita de nailon, a cambio me dieron un pedacito de cartón con un número.
Volví a la cola, adelante estaba un señor muy mayor casi en andrajos, lo acompañaba una niña de unos 13 años y un bebito de meses. Eran el padre de un detenido, y los dos hijos.
A la niña le dijeron que no podía entrar porque tenía un buzo demasiado corto, alguien de la cola les dice que un señor alquila buzos largos por diez pesos, pregunta dónde: «afuera», los diez pesos no eran un problema aparte, eran el problema para esa gente, pero se solucionó entre varios.
En una esquina, con una mesita un señor vende tortas fritas, empanadas y alquila ropa, la niña vuelve con un buzo alquilado, usado seguramente por decenas de mujeres, le llegaba a las rodillas.
Pasa a la revisación, sentimos una discusión entre ella y las funcionarias policiales, la niña no entra, no la dejan entrar por hablarle mal a una funcionaria, la niña sale llorando, puteando, el bebé tampoco entra, se queda con la hermana, porque el abuelo debe cargar con dos bolsas llenas de comida.
Finalmente ingreso al Comcar; eran las 14.00 horas
Cuando el abuelo va caminando buscando el módulo, una de las bolsas se le rompe, ruedan las papas, las naranjas, un caos bajo la llovizna. Varios nos detenemos a ayudar al anciano a recoger el desparramo.
Yo aún debo esperar a los familiares que acompaño, son mujeres, se demoran una eternidad, las veo venir casi corriendo, vistiéndose, pero no sólo ellas, todas las mujeres y las niñas salen de un túnel a medio vestir. A ellas las hacen desnudar, a nosotros el tradicional cacheo, por eso salen apuradas, queriendo ganar unos minutos más de visita porque a las 16.00 horas se termina.
Llegamos al módulo, conversamos un rato con el chico caminando por el patio.
Volví, seguía entrando gente con su paso ligero, cargando bultos.
Tenía que regresar al trabajo, llegué al portón y le solicité al guardia autorización para retirarme, eran las 14.45 horas.
En mi viaje de retorno, vi algo que me sorprendió: la visita conyugal, en una especie de barracón, varias parejitas hacían cola del lado de afuera, apretaditas, besándose, esperaban que alguna de las piezas de la barraca quedara libre, no importaba la lluvia ni el frío, porque es verdad que el amor es mas fuerte.
Pensé entonces que lo del buzo corto o largo es una boludez más para joder a la visita del detenido.
«No, hasta las 3.00 de la tarde no sale nadie, así que aguántese», me espetó el guardia. Debí recurrir a mis mejores dotes de diplomacia, delicadeza, a pedir disculpas por desconocer las rutinas, rutinas que no existen porque el portón lo abre cuando quiere el guardia de turno.
Otras personas llegaron, el clima se va calentando, la gente habla en voz baja, «verdugo», «hijo de puta», finalmente nos abre la reja, salimos y dejamos a sus pies un rosario de insultos.
Cruzo hasta el carrito pensando en las llaves del auto, entrego el cartón, es a voluntad me dicen, el guardabultos es a voluntad, allí la gente que no tiene auto deja todo lo que trae, documentos, dinero, material de trabajo, bolsos personales.
Cómo es posible que la Dirección de Cárceles no tenga algo parecido a esto para tranquilidad de los que vienen a visitar a los detenidos, que en vez de «afuera» esté adentro.
Vuelvo al auto y sin querer camino por una calle flanqueada de contenedores con basura, pero no es basura de pocos días, ni son unos pocos contenedores, son muchísimos, están atestados de basura, de muchísimos días, fétida, podrida, fermentando, saliendo por las tapas.
Entonces me doy cuenta, que por un momento no quise salir, cuando el milico nos verdugueó en el portón yo volví a sentir lo mismo que sentí durante 13 años en el Penal de Libertad, de un lado los milicos y del otro nosotros: los presos.
Entonces me doy cuenta de que cuando caminé con este joven, en realidad estuve «trillando», con las manos en la espalda, el paso sincronizado, acelerado para dar más pasos en ese rato, la vuelta al costado de la cancha, fumando rápidamente, tratando de decirnos todo en esa media hora.
Allí entre esos contenedores nauseabundos, me doy cuenta una vez más de que la basura no está allí, que está fermentado y va a explotar en cualquier momento, chicos primarios que no salen de la celda porque saben que la quedan en el corredor. Un detenido al que le faltan tres meses para cumplir la pena máxima dejó de salir al recreo porque no quiere provocaciones, sobre todo de los milicos, la orina corriendo por los pasillos porque la sanitaria está tapada.
El hambre, la falta de comida, no salen de las celdas, hacen guardia porque la comida es un tesoro, un paquete de fideos puede llegar al precio de una puñalada.
Me dicen que ingresan por mes 2.500 kilos de carne, pero también me dicen que los presos no los ven y menos que menos comerlos.
Para esos familiares un paquete de arroz vale oro de verdad, vienen del interior, gente vieja, no pueden entrar porque la cédula, tan vieja como el dueño está rota, se quedan sentados en un cordón, no saben qué hacer, qué hacer con el paquete, qué hacer con lo que le tenía que decir al hijo, al hermano, quedan allí sentados en la vereda, no saben qu
é hacer con sus pobrísimas vidas, lo vi yo, no me lo contó nadie.
Me quedo trillando entre los contenedores, respirando ese olor putrefacto, recordando el verdugueo a nuestros familiares en el Penal de Libertad, en Punta de Rieles, en los cuarteles, en la vieja Amanda que manoseaba a todas las mujeres, las provocaba, hasta que alguna no aguantaba más, «ésta no entra», tal vez nuestra hermana se iba puteando, carajeando, llorando igual que la chiquilina de hace un rato.
Pero ahora no es dictadura, tampoco aquellos gobiernos neoliberales, ahora somos nosotros gobierno, no alcanza con el diagnóstico de que las cárceles están atestadas.
Se hace imprescindible medidas radicales para desactivar esta espoleta, Comcar, Libertad, Canelones, San José, Las Rosas, etc., etc., orejeamos las cartas que íbamos a jugar por ejemplo con libertades anticipadas para delitos leves y otras medidas, pero el cacareo aterrado de la oposición nos detuvo, de una oposición que organizó por su irresponsabilidad, no solo el ejército de 800.000 uruguayos en la pobreza, sino también el aumento de la delincuencia y la consecuente sobresaturación de las cárceles.
De lo contrario las tapas de los contenedores no podrán seguir aguantando tanta fetidez. *
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