La sobrealimentación y la obesidad en la picota

Los gordos

Falta de ejercicio, tal vez, pero sobre todo malos hábitos de alimentación. Piñoles, peneques, garnachas, chalupas, carnitas, pellizcadas, sopes, frijoles refritos –y también cacahuates, chicharrones, papas, gansitos, submarinos. Pepsis, Fantas, Yollis, Mirindas y Jarritos–. La comida de nuestros ancestros, en el siglo XV, era bastante más sana: «la dieta oscilaba entre las mil 400 y las 2 mil 629 calorías por persona al día», dice por ejemplo The Cambridge World History of Food. Y no era nada desabrida. «Lejos de ser aburrida y monótona serie de platos», añade, «la cocina mexicana tenía una gran variedad culinaria, resultado de una imaginativa mezcla de ingredientes y métodos para prepararlos». Las salsas y los moles eran comunes, igual que los diversos platos inspirados en el maíz, y las necesidades de proteínas estaban cubiertas no sólo por los alimentos de origen vegetal (el frijol y la tecuitlatl, un alga que crecía en la superficie de los lagos del valle de México), sino por los de origen animal: conejos, guajolotes y perros– los xoloitzcuintili.

El problema de la sobrealimentación es común a muchos países. Hasta hace muy poco tiempo era normal escuchar que el mundo estaba dividido entre una mayoría que no tenía qué comer y una minoría que tenía que cuidar lo que comía para no engordar. Hoy las cosas son más complicadas. En efecto, las cifras de los hombres y mujeres que están sobrealimentados son ya similares a las de los que están subalimentados. El problema es especialmente grave en México.

Los pecados de los gordos. Así tituló The Economist, en su edición especial de Navidad, un artículo dedicado a este problema de salud en México. «Las estadísticas son impresionantes y alarmantes. De acuerdo con la OCDE, México es ahora el segundo país más gordo en ese grupo de 30 países. Una encuesta médica hecha en 1999 descubrió que el 35% de las mujeres tienen problemas de sobrepeso y el 24% son técnicamente obesas». Según datos del Instituto Nacional de Salud Pública, alrededor del 55% de los mexicanos, hombres y mujeres, tienen problemas de sobrepeso (sólo equiparable al 60% de Estados Unidos). En algunas zonas, como en la frontera norte, el 70% de las mujeres y el 74% de los hombres son gordos –o de plano obesos–. Agrega la publicación inglesa: «Mientras la encuesta de 1999 mostró que el 59% de las mujeres eran obesas o tenían problemas de sobrepeso, hace sólo 11 años el número era apenas de 33%».

La sobrealimentación y la obesidad están, se sabe, estrechamente relacionadas con la diabetes, enfermedad que es, hoy en día, la principal causa de muerte en México. Hace apenas unos años estaba lejos de los primeros 20 lugares; hoy está en el lugar número uno. Es, repito, la principal causa de muerte en el país, por encima del cáncer, el sida y las enfermedades del corazón. Cerca del 7% de la población sufre de diabetes. Pero por muchas razones, el problema de la obesidad, y su más grave efecto para la salud, la diabetes, han pasado hasta hoy casi inadvertidos entre nosotros.

A los mexicanos nos preocupan las enfermedades como el sida y el cáncer, pero estamos apenas conscientes de la epidemia de diabetes que sufrimos hoy en una escala que crece año a año, vinculada en buena medida con la obesidad.

Los problemas de sobrepeso y obesidad son problemas de todos los mexicanos, pero fundamentalmente de los hombres y mujeres pobres que viven en las ciudades (en el campo, entre los pobres, son más bajos los índices de sobrepreso, aunque también resultan alarmantes). «Estos sectores de la población tienen, probablemente por primera vez, un acceso casi ilimitado a la mayor cantidad de calorías a cambio de la menor cantidad de dinero» (The Economist). El problema tendrá pronto, sin duda, consecuencias muy serias para los actores más diversos de la sociedad: para el gobierno federal, que tendrá que repensar sus prioridades en el ámbito de la salud pública; para los medios, sobre todo los electrónicos, que deberán reorientar el contenido de sus mensajes a la gente; para los especialistas, que buscarán hacer sentir su voz en el país; para los caricaturistas, que no podrán ya dibujar a los pobres como siempre, flacos, sino gordos; y para la izquierda, en fin, que tendrá que aprender a invocar también en su discurso, no a los que nada tienen, sino a los gordos que mueren, no de hambre, sino de diabetes.

El compañero Chávez en Venezuela, en muchos sentidos a la vanguardia de la izquierda en América Latina, hizo ya los cambios pertinentes en su retórica: se refiere a los burgueses, a los ricos, como «los escuálidos» –y en efecto, en las manifestaciones antichavistas casi todas las participantes son muchachas esqueléticas que pasan su tiempo en los gimnasios de Caracas. (Isabel Allende dice también en uno de sus libros que la diferencia entre los ricos y los pobres en su país es que los ricos son flacos).

El problema de la sobrealimentación, causa de la obesidad, propiciatoria de la diabetes, deberá empezar a ser resuelto sobre todo con educación. En México existe hoy todavía, desde luego, una muy grave subalimentación, en especial en los municipios más pobres de Guerrero, Chiapas y Oaxaca. Pero también existe, aunque todavía nadie lo quiera ver, un problema igualmente serio de sobrealimentación, sobre todo en los estados más prósperos del norte y en la capital («ciudad de lonjas», fue la frase de la portada el mes pasado de la revista Chilango). Para resolverlo, la primera condición es reconocerlo. *

 

(*) Periodista (En acuerdo con la revista mexicana Proceso)

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