Ostras
«Locos son aquellos que haciendo siempre lo
mismo pretenden
obtener resultados
diferentes».
(Einstein)
El principal importador del país es el gobierno: una empresa cuyo primer rubro de venta (por lejos) es «impuestos» que, desgraciadamente, cobra en pesos.
Por eso a todo gobierno uruguayo, incluso al nuestro, le gustan muchísimo los dólares baratos… Como a cualquier importador y a los endeudados en dólares.
Pero como los endeudados en dólares somos todos, cabe como anillo al dedo y para cualquier gobierno uruguayo la frase de que cada pueblo tiene el que merece. También se podría decir que así como el ceibo es la flor nacional y el contrabando el delito nacional, el endeudamiento ha devenido en los últimos decenios el vicio nacional. Habría que hacer una campaña en contra…
Se trata de una adicción parecida a la del tabaco porque aunque en vez de fumar te fuma, también te da para el tabaco y para otras yerbas tan alucinógenas como el éxtasis.
Astori hundió un puñal el otro día cuando en medio de un informe dejó caer como al pasar esta frase (cito de memoria): «Creo que tal como se organiza el mundo, habrá sectores sociales que ya no podrán «engancharse» ni aún con el crecimiento de la economía».
Y el puñal clavó porque mucho temo que la frase encierre una muy fea verdad a la que tenemos que dar respuesta.
Sea como sea, en Uruguay hemos inaugurado a título de «emergencia», la «Renta Ciudadana». Cabe sospechar que lo inaugurado llegó para quedarse porque si el «modelo» mundial imperante es exclusivamente, por definición y en el mejor de los casos para una minoría, resulta de vida o muerte resolver el problema de las mayorías.
Por otra parte parece unánime la conclusión de que sin grandes inversiones directas (que no sean nuevos préstamos) no habrá despegue importante ni para pocos ni para muchos.
Ante esa constatación: endeudamiento al límite, amplios sectores marginados y empobrecidos, poca expresión concreta de inversiones imprescindibles, el panorama (y en esto parece haber también unanimidad) obliga a pensar alternativas.
En materia de diagnósticos (incluso muy buenos) estamos ahitos. Faltan alternativas a la más seria y responsable de las que se ofrecen.
La mejor que se ofrece es un largo y paciente camino de buena administración, combate a la corrupción y al despilfarro, transferencia de lo poco que hay desde lo inútil a lo vital, tratar de salir con gran esfuerzo colectivo de la feroz trampa del endeudamiento. No es poca cosa y es un avance pero también al decir de Astori: se necesitan por lo menos dos buenos gobiernos. Con uno no alcanza. Temo que tampoco alcance con diez años.
Y el problema es que hay, más que emergencia, urgencia para los uruguayos que por eso se van.
Ese irse del país o del mundo hacia el submundo, ese vaciarse, pone en delicado peligro a la nación como tal.
Hay una carrera contra el tiempo.
Mirando entonces en términos estratégicos, Uruguay tiene una gran debilidad: su déficit energético. Y dos grandes fortalezas: el superávit más grande del mundo en tierra y mar fértiles (con subsuelos y cielos incluidos) per cápita y (valga la «redundancia») su escasa población… Asunto este último condicional: es fortaleza si dura poco, para transformarse en grave debilidad si el tiempo todavía disponible pero que se agota escurre sin ser aprovechado. Y ahora podemos aprovecharlo.
No tenemos entonces, todo el tiempo del mundo: la emergencia puede transformarse en urgencia. Y se puede llegar tarde.
La alternativa uruguaya, que no copia a nadie, estriba según nuestro leal saber y entender, inexorablemente, en explotar rápidamente y al máximo las «fortalezas» y correr presurosos a paliar la debilidad básica.
Es por ello que venimos proponiendo un cambio: ir en busca de las inversiones directas (no esperarlas en vano como hasta ahora) en forma de contratos de suministro a largo plazo de alimentos y otros bienes tangibles e intangibles tanto con otros Estados como con empresas (avaladas por otros Estados), o con organismos internacionales como por ejemplo la ONU y la FAO; establecer que ello sólo puede hacerse con aval del Estado y de la sociedad en su conjunto.
Y, lo más importante, derivar esa «renta» a una sola «Cuenta Nacional» para que sea distribuida entre todos los uruguayos y uruguayas en forma directa, sin burocracias ni fuentes fatalmente espurias de poder y usufructo intermediarias, y sin distinción de clase alguna: ricos, pobres, niños, ancianos, hombres y mujeres por el solo hecho de ser uruguayos y uruguayas, vivan donde vivan: acá o en el exterior.
No se trata de la «renta básica» inventada en la Universidad de Lovaina; ni tampoco de la «renta ciudadana» del Plan de Emergencia. Todas las variantes ya existentes en muchos países del mundo, se basan en impuestos. Son, además, un mecanismo de redistribución de la riqueza (preferimos el Impuesto a la Renta de las personas físicas). Conllevan una especie de «caridad» y por lo tanto de vergüenza.
La «renta nacional» es un derecho adquirido hace mucho: el de compartir las riquezas de la Patria.
Y debe ser universal porque los gobiernos pasan pero la gente y el país quedan. En largos plazos (los de la Nación), un pobre puede volverse rico y un rico volverse pobre. No sabemos si esto es socialismo o capitalismo. Tampoco importa saberlo. Somos socialistas pero siempre entendimos que el socialismo no es una sanción a los burgueses ni a nadie. Es un sueño de bienestar y libertad para todos. Una apoteosis del individuo. No tenemos resentimientos ni vocación punitiva. Ya hay demasiadas comisarías de muy diverso tipo en Uruguay.
Tampoco importa que al principio la «renta nacional» sea para cada uno mucha o poca. Vale más el cambio que produce en las conciencias y por ende en las actitudes frente al patrimonio nacional: algo ajeno o algo propio. Enajenación o conciencia.
De ser importante, debería aportar a la seguridad social (desde el nacimiento), ser objeto de crédito, garantía de alquileres y de cumplimiento con las obligaciones fiscales.
Podría pensarse que con ella, a cierto nivel, sería posible eliminar la variada gama de prestaciones sociales (largo detallarlas ahora y que todos conocemos) eliminando con ello los impuestos que las sirven y la necesidad de personal que las administre destinando esas energías humanas a otras cosas.
Es seguro que además elimina realidades dolorosas y cuantiosos gastos en atender a la niñez abandonada, las cárceles y la vigilancia.
Será posible y conveniente (perdón por la mala palabra) tener hijos y cuidarlos. Posible poblar.
Omito entrar en las evidentes consecuencias económicas referidas a los salarios y el mercado interno.
¿Se le tiene miedo a las consecuencias de esto?
Mucho más le tememos a las consecuencias de lo conocido. Las de la módica y cómoda rutina que nos lleva por el borde de peligrosos pretiles. Estamos caminando por la cuerda floja sin redes abajo. Ya nos hemos caído y descalabrado varias veces.
Los rutinarios somos temibles y temerarios sonámbulos alucinados.
Ciertos filósofos aseguraban que el peor de los hábitos es el de las ideas. Y que solamente los tontos y las ostras adhieren. *
(*) Senador de la República.
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