El perro que fuma

Vivito y coleando, es un pichicho al que le gusta el tabaco y las copas. No es para menos ya que nació en la belle epoque. Cuando el Bajo montevideano marcaba el canyengue de una ciudad de compadritas casas bajas. Boliche con tremendo abolengo pertenece a la rancia estirpe popular de Las Telitas, el Hacha y el Yacaré. Desde sus comienzos al costadito de la principal puerta del Mercado del Puerto. Avizorando al mar y respirando atardeceres con el gusto a salitre de la Cruz del Sur. Antes y ahora, su nombre despertó la curiosidad de los vecinos de la Vieja Capital. Cuentan que su denominación nació de la leyenda de un marino escocés que por finales del siglo XIX llegó al puerto y enamorado de una francesita se quedó a vivir para siempre en el Bajo. Dicen que antes de vivir junto a su querida, el marinero llegaba a la calle Brecha donde la damisela y muchas como ella atendían a sus admiradores. El escocés estaba acompañado por su gran pipa y un orejudo perro. Al pasar detrás de las cortinas de tul, el perro lo esperaba en el zaguán de la casa y le cuidaba su pipa apretándola entre los dientes. ¿Fumaba? nadie lo sabe. Lo cierto es que la popularidad de ese marino y su pasión con la dama de la calle Brecha además de lo pintoresco de su perro con la pipa crearon una leyenda del Bajo. Tanto fue así que por los inicios del 900 cuando se inauguró ese boliche sus primeros dueños homenajearon al marino escocés en la estampa de su can supuestamente fumador empedernido. Y quedó el cartel con ese nombre frente a los portones de la Aduana. Por las primeras décadas del viejo siglo, sus parroquianos fueron estibadores que cruzaban a tomarse una y luego a seguir descargando bultos y paquetes. Al empezar a quedar abierto de madrugada, fue visitado por infaltables cantores de tangos acompañados por guitarreros. Hablamos de una época en que el Mercado estaba lleno de puestos de verduras, pescaderías y carnicerías. En su interior no había boliches de copas ya que Roldós no vendía la quemante caña que tanto prendía entre los laburantes de la zona. Por eso es que los fanáticos de los fuertes licores salían del Mercado, unos pasitos y ahí nomás los esperaba «El perro que fuma» con sus virundelas. Fue muy visitado por el negro Pirulo en su juventud cuando trabajaba en el Puerto. Una vez apareció con «el macho Lungo» y la impactante Marta Gularte apenas una jovencita. Antes de la inauguración del bar El Globo, en las mesas del Perro se hacían buenos negocios con el asunto del «bagayo». Cada tanto aparecían por el boliche dos o tres dueños de cambalaches de la calle Sarandí para comprar anillos o algún brillante que luego de la timba aparecían medio a la sordina. Entre sus clientes había personajes notorios del ayer montevideano. Fue un habitué el doctor Isidro Más de Ayala, psiquiatra y escritor costumbrist.a También Juan Carlos Puppo, «El hachero» anduvo entre sus mesitas. Una vez, haciendo codo en la barra, Paco Espínola que recién había salido de la cercana Facultad de Humaniddes, mientras armaba su clásico cigarrito, hablaba muy entusiasmado de una novela que llamaría «Sombras sobre la tierra». Boliche del ayer, El Perro que fuma la memoria brinda a tu salud. Con más recuerdos y música los esperamos todos los sábado, a las 19.00 horas, en la 1410 AM LIBRE. *

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