"Meriendas chatarra" están envenenando la salud futura de escolares uruguayos
Aunque el tema ha sido estudiado en Uruguay, hasta el momento salvo inquietudes de los maestros o las autoridades de institutos docentes puntuales, no existe todavía una política de alimentación para los escolares. Grave sin dudas, en un país donde el 8 por ciento de los niños sufre alguna forma de obesidad y hasta un 12 por ciento tiene sobrepeso. La Organización Mundial de la Salud, afirma que esta tendencia será definitoria para la salud de esos futuros adultos, costando millones de dólares al área sanitaria estatal, además de acortar las expectativas de vida saludable.
En concreto se estima que de las 1.200 calorías diarias que debe consumir un niño, la mitad promedialmente, es hoy parte de la tradicional merienda. La mayoría de los productos manufacturados que los chicos adquieren, o incluso sus padres les proveen, tienen niveles sumamente alto de grasas polisaturadas y aceites hidrogenados, precisamente los más contraindicados, máxime en la faz de crecimiento.
En Buenos Aires, el problema tomó tal cariz que a nivel de las escuelas públicas se está lanzando un programa que apunta a que los niños lleven a la escuela productos saludables para consumir a la hora del recreo, además de una intensa labor docente en las aulas. Los maestros buscan formar conciencia en los niños de qué es realmente sano para su desarrollo, aunque algunas fuentes se muestran escépticas acerca de las posibilidades de contrarrestar la publicidad que desde los medios trastorna la visión infantil de la realidad.
En Uruguay existen dos datos concretos que deberían alertar a más de uno. A nivel de ANEP, el Programa de Alimentación reveló sobre un estudio en tres mil niños, que siete de cada diez, consumen productos comerciales de altas calorías y escasos nutrientes, a la hora del recreo.
Si los dietistas coinciden en que un niño no debe consumir más de un 20 por ciento diario de grasas saturadas, en un máximo global de 30% de grasas, ello es lo opuesto casi, a lo que ocurre en los recreos escolares.
Alfajores, papas fritas, snacks en todas sus variedades, un despliegue de meriendas chatarra, se contrapone a lo aconsejable: frutas, vegetales y fibras, casi inexistentes en las mochilas infantiles.
Bien podría preguntarse el lector, qué mal puede hacer a un niño comerse un alfajor. Un alfajor: ninguno. Ahora bien un alfajor tiene hasta 350 calorías. Súmese a eso un paquete chico de «chisitos» (u otra variedad de snacks), con un promedio de 250 calorías, más un refresco «cola» (180 calorías). Todo ello equivale a las tres cuartas partes casi, de las calorías que debería consumir un niño. Pero además, en esta ingestión, casi no hay nutriente alguno. De más está decir que esta «merienda chatarra», está plagada de conservantes, antioxidantes, colorantes, aditivos de toda índole, exactamente lo opuesto a lo recomendado hoy en el mundo entero por la pediatría.
Si el lector aún duda, debería consultar al médico acerca de las consecuencias de un alto consumo de grasas polisaturadas, grasas hidrogenadas y afines. La respuesta será que todo ello aumenta los niveles de colesterol «malo», el que se termina depositando en las paredes de las arterias. Antes de los 30 años ya, el individuo tendrá mayores riesgos de hipertensión arterial y de infartos cardiovasculares, arteriosclerosis, diabetes y otras afecciones derivadas del «taponamiento» arterial. A quien lo considere eventualmente exagerado, recuerde que la Organización Mundial de la Salud, recomendó el año pasado, eliminar definitivamente todas las grasas de este tipo de la industria alimenticia global.
Efectivamente ha sido desde las dependencias de Naciones Unidas, donde se ha recomendado a los padres uruguayos, apuntar a una alimentación más natural (¡vaya ironía del país «natural», que la publicidad afirma somos!): Unicef-Uruguay ha pedido eliminar cualquier producto industrializado de la dieta infantil, sustituyéndolo por alimentos naturales.
«Boliches» escolares
Aunque obviamente el término cantina no debe ser confundido con boliche, el contexto del segundo parece aproximarse ahora más a la realidad, en los recreos infantiles, que el primero.
Además de punto de convergencia casi obligado de los «parroquianos» de túnica, la cantina expende productos que ahora se consideran nocivos para sus clientes. Tanto o más inclusive, que lo expedido por los boliches a sus parroquianos.
Es que salvo contadas excepciones (que existen, algunas en colegios, también en escuelas del Interior) las cantinas escolares acaparan la mayor parte de productos alimenticios de promoción masiva entre los más pequeños. Sujetos también a las reglas del mercado, los cantineros están literalmente acosados por los consumidores infantiles sin control, compradores de todo cuanto tenga publicidad convincente.
Cierto es también que algunos colegios capitalinos, han comenzado a desarrollar una política de «merienda sana», que obliga a los alumnos a llevar, un día frutas, otro, algún producto sin aditivos, al siguiente hortalizas frescas, en un afán de mejorar sus hábitos alimenticios a través de la influencia docente. El sistema existe también en algunas escuelas públicas, aunque a instancias de los maestros y no como una política coordinada desde las esferas directrices.
La Federación Uruguaya de Magisterio brega en ese sentido porque se mejoren las partidas para los 66.000 niños que, desde el vaso de leche al almuerzo, reciben alimentación de algún grado en las escuelas públicas. Si bien los almuerzos están supervisados por dietistas, las meriendas siguen siendo iguales a medio siglo atrás: un vaso de leche con café o cocoa, un pedazo de pan con dulce o manteca. A la fecha no existe reglamentación alguna del ministerio público que evite las meriendas chatarra que expenden las cantinas escolares. El mejor de los casos, ocurre en el interior del país, donde buena parte de estas cantinas está en manos de algún padre de alumno sin trabajo, o de un maestro jubilado, priorizando la calidad de lo que consumen los niños.
Cabe agregar en este aspecto que Unicef ha advertido también a Uruguay que la población infantil está corriendo iguales riesgos de sobrepeso que los países más desarrollados (alrededor del 14%), además de un alto índice de obesos, cercado al 10% del total. *
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