Ciudades solidarias son ciudades seguras
Convocado por el capítulo 12 de la Red Urb-Al –un mecanismo de cooperación internacional entre ciudades europeas y latinoamericanas– comenzó ayer el seminario «Ciudades solidarias, ciudades para convivir: escenarios de construcción colectiva entre mujeres y hombres». Participaron también en su inauguración el representante de la Comisión Europea para el programa Urb-Al, Vittorio Tonutti, y la coordinadora regional de Unifem, Ana Falú.
Participan representaciones de diversas ciudades de 14 países latinoamericanos (Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Chile, Ecuador, El Salvador, Honduras, México, Paraguay, Perú, Uruguay y Venezuela), y de 4 integrantes de la Comunidad Europea (España, Francia, Italia y Suecia). Alrededor de una centena de personas extranjeras (en su inmensa mayoría mujeres) coinciden en el salón principal de la sede del Mercosur con autoridades departamentales y nacionales uruguayas, representantes de organizaciones no gubernamentales locales y delegaciones de agencias internacionales.
Con hambre no hay confianza
Naciones Unidas calcula que dentro de pocos años el 75% de la población mundial vivirá en ciudades, que marcarán el rumbo de la vida colectiva a partir de conglomerados con un núcleo y periferias con graves problemáticas, como las del asentamiento de la emigración interna, con su carga de miseria y marginación.
Es difícil que ese tipo de ciudades ofrezca condiciones para poder vivir y sobre todo convivir con confianza, advirtió la feminista catalana Dolors Renau.
Descartando que pueda hablarse de seguridad en un mundo frágil y cambiante, Renau prefiere introducir el concepto de confianza, entendido como poder vivir con expectativas razonables de que la situación que se detenta continúe, dignamente y con un mínimo de derechos políticos, sociales y económicos garantizados.
Si hay hambre, si la infancia es obligada a buscar la sobrevivencia de cualquier manera, si no hay perspectivas de futuro, no puede existir confianza ni condiciones de convivencia. Trascendiendo la yuxtaposición anónima en grandes edificios, esta supone poder llevar una vida en común, cargada de significado personal y colectivo.
Convivir es encontrarle soluciones conjuntas a problemas que aparecen como individuales pero tienen raíces colectivas y por lo tanto políticas. Si las personas son reconocidas en su comunidad como individualidades capaces de interactuar desarrollan pertenencia, un sentido hoy escaso en los núcleos urbanos, abunda Renau.
El «mal de la piedra»
No parece que esta sea la tendencia de las ciudades modernas, que más bien padecen de lo que la experta llama el «mal de la piedra»: centradas en la infraestructura, olvidan a las personas, mal del que no se salvan ni los municipios progresistas.
A diferencia de las dictaduras, en democracia no habría que pagar precios para vivir con confianza, afirma Renau. Pero la violencia actuada o el temor a padecerla están permanentemente sobre el tapete. Las mujeres son particularmente vulnerables, tanto en los espacios públicos que parecen tierra de nadie como en los privados, donde las diezma la violencia doméstica.
Los primeros no están pensados para las mujeres: marginadas de ellos les cuesta acceder, su presencia es rechazada y acechada por los hombres que los han hecho suyos, explica Renau.
Recuperación del Estado protector
Pero tampoco alcanza con mantener la agresión bajo control para obtener seguridad. Grandes inseguridades vienen de la incertidumbre en el futuro: trabajo precario, vejez sin protección, enfermedad no cubierta son sus fuentes más comunes. «El desmanelamiento de la protección social genera inseguridad y no se habla de esto», insiste Renau, poniendo la mira en la función protectora del Estado antes que en sus potestades represoras.
«Si te roban la cartera, el culpable es el ladrón, cuando son otros los problemas de fondo», ejemplifica, tomando el caso de Argentina como muestra de las experiencias más brutales del neoliberalismo. Allí se ha vendido el país con la bendición del Fondo Monetario Internacional, y cada vez son más los colectivos desprotegidos y mayor la inseguridad. Paralelamente, se multiplican los policías privados y las fincas electrificadas.
La aplicación de la ley del más fuerte, el permiso para matar institucionalizado por Bush, mina todos los sistemas legales que hasta ahora configuraron una manera de convivir; potencia la inseguridad simbólica y barre con la seguridad de la política, una forma no violenta de resolver los conflictos.
Expertas en vida cotidiana
Hoy los espacios urbanos son cada vez más lugares de tránsito individual o para pernoctar (ciudades dormitorio). La plaza no es más el ágora. Renau reivindica que la ciudad debe ser de la ciudadanía y la calle para gozar, para la fiesta. También el rediseño de las ciudades para centrar la atención en los seres humanos y en sus necesidades.
Si las mujeres intervinieran más directamente en la decisiones públicas, con un discurso propio, tendrían otra lectura de esas necesidades, asegura Renau. Por ejemplo, es probable que una alcaldesa sensata priorizara la creación de un ambulatorio sanitario o de una escuela para hijos de trabajadoras por sobre la reconstrucción de edificios o el trazado de una autopista.
«Esto sólo lo pueden hacer las mujeres, que estuvieron al margen, que son expertas en vida cotidiana, que saben de necesidades y de gestión de lo personal. Que son capaces de aportar un nuevo diseño de ciudades, sin guetos, con convivencia entre diferentes», insiste.
El programa Urb-Al
Urb-Al es un programa de cooperación descentralizada, cofinanciado por la Unión Europea y dirigido a colectividades locales de Europa y América Latina, así como a otros actores relacionados con el desarrollo local. Abarca 14 redes o áreas temáticas, cuyo objetivo principal es el desarrollo de relaciones directas y duraderas, mediante la implementación de las mejores prácticas en el ámbito de las políticas urbanas y la puesta en marcha de proyectos comunes. En total, Urb-Al conecta a 1.200 ciudades, con más de 2.000 casos de participación.
La Unión Europea aporta 40 millones de euros, 2.200 de los cuales están afectados a la red número 12: Mujer-Ciudad, que apoya la promoción de la participación de las mujeres en las instancias municipales. Coordinada por la diputación de Barcelona, y actuando como subcoordinador el municipio de Montevideo, sus cuatro grandes áreas de trabajo son: democracia paritaria, planificación de la ciudad, elaboración de un nuevo contrato social para el reparto de responsabilidades entre hombres y mujeres, formación política de las mujeres y promoción de la visión de género en los medios de comunicación. Lanzada en un seminario realizado en San Salvador en abril de 2003, que continuó con otro en Barcelona en 2004, el de Montevideo es la última de las actividades oficiales. No obstante, la intención es que los trabajos continúen, sea con recursos propios de los socios o provenientes de otros programas de la cooperación internacional. *
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