De carne somos
Muchos se preguntan ¿dónde están los 100 días de idilio o tregua que toda oposición brinda a un nuevo gobierno? Para este gobierno progresista ¡minga! de cumplirse ese tácito acuerdo que toda democracia otorga a los que recién llegan. De entrada ¡tomá pa’ tabaco! Con una moñita de regalo y detonador de acción retardada dejaron la crisis de Cofac. El que te dije divertido aguantó la suba de las tarifas y las pateó para adelante. Dejaron ñoquis, clavijos rematados y vivancos con contratos de obra por donde se mire.
El guapo del jopo se subió a un estrado y gritó a los cuatro vientos que se metieran los cargos en… el bolsillo. Los alicaídos colorados, agarraron impulso y mandaron al pétreo Hierro López a que comunicara la solemne instalación de comisiones de seguimiento al nuevo gobierno que funcionaran en la desértica casona de Martínez Trueba. Los periodistas del «viejo oficialismo» siguen distribuyendo el tiempo de sus programas como en sus mejores épocas de esmerados colaboracionistas. Y todavía, como en un código país de la desconfianza, invitan al ñato Fernández Huidobro poniendo el gesto adusto y lo acribillan a preguntas resbalosas buscando un traspié mientras pronuncian cientos de veces la palabra guerrillero.
Así están las cosas y al tradicional idilio opositor con un nuevo gobierno lo cambiaron por aquello de «dale palo, dale palo pa’ que aprenda a respetar».
El colmo es cuando entrás a una carnicería y pedís el asado del Pepe. El tipo del delantal blanquicolorado (será una persecuta mía eso de fijarme en el color) nos mira con aire canchero y elige dos procedimientos. Dice «se acabó» y a otra cosa mariposa o te encaja flor de bagayo que si pateamos tiene la frase hecha siempre a mano. «Oiga, yo pierdo plata vendiendo esto». Viendo como viene la onda en esto de los cárnicos, la memoria se pone caliente como un toro rodeado de tiernas vaquitas y nos cuenta de otras broncas por los débiles pecados de la carne. Cuando por la mitad del viejo siglo la faena clandestina tuvo su auge y algunos personajes fueron leyendas. Como los famosos hermanos Varela que por la zona del Campo Español faenaban a la sordina en aquellos grandes galpones que existían en el barrio.
Líos todas las noches y los vecinos, en su mayoría gaitas de pura cepa, se fueron acostumbrando a los tiroteos. Se trataba de clandestinos pesados y en los procedimientos en su contra, los célebres inspectores de Abastos iban armados y acompañados de la cana con orden de meter chumbo. Bravos enfrentamientos por la Villa Española. Balazo limpio cuando los faenadores clandestinos se veían descubiertos.
Y por todo el viejo Montevideo corría el rumor verdadero de que esos individuos llegaban a faenar hasta caballos cuando no conseguían carne vacuna. Y entre muchos de sus clientes estaban aquellos restaurantes filones del centro que adobando bien esa carne hacían que sus copetudos clientes se mandaran a bodega algún caballito que otro de los hermanos Varela. Pagaban bien debute sin chistar o al menos pegar un relincho. Por todo eso es que no discutimos demasiado con el señor del delantal blanquicolorado. Es que tenemos miedos que si insistimos demasiado comiencen a desaparecer hasta los gatos y pichichos de la cuadra. Con más recuerdos y música los esperamos todos los sábados, a las 19.00 horas, en la 1410 AM LIBRE.
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