El círculo cerrado de la Iglesia
Admiración. Aún recuerdo, subyugado, la fuerza de aquel anciano cuando hace dos años, en el Vía Crucis, exclamó, sacando fuerzas donde ya no quedaban: «Mysterium fide. Ecce lignum crucis, salus mundi» (Misterio de la fe. He aquí el leño de la cruz, salvación del mundo).
Conmiseración también. Es penoso ver a un anciano, incapaz de articular sus palabras de forma inteligible y que, según testimonios de obispos en sus recientes visitas, tenía dificultades para mantenerse en vigilia durante 15 minutos.
En fin, indignación. He oído y leído en más de un sitio que nosotros no trataríamos así a nuestro padre o abuelo. Es verdad. No hay derecho a tratar así a un anciano. Aunque lo quiera. Hay un clamor generalizado en el mundo católico de que algo similar no vuelva a ocurrir. Porque, sin llegar a los extremos de Juan Pablo II, ya vivimos esta situación con Pío XII y Pablo VI.
Pablo VI determinó que los obispos debían poner su cargo a disposición del Papa a los 75 años. Pero se le atribuye también la idea de que un padre no dimite nunca, la misma que se ha aplicado Juan Pablo II. La consecuencia inmediata es una Iglesia paralizada, si no acéfala, en los últimos años del pontificado. Pero hay más, y más importante. Es la continuación de una Iglesia piramidal en la que la figura del Papa adquiere una papel excesivo. Es él quien nombra obispos y cardenales, quien firma todos los documentos claves de la Iglesia, quien marca nos solamente las directrices, sino también las decisiones clave. Esto parece normal (aunque menos después de Vaticano II y la doctrina de la colegialidad de los obispos, que se ha quedado en un Sínodo descafeinado), pero lo que resulta difícil de entender en una sociedad, con cambios tan acelerados como la actual, es que el nombramiento de un Papa lo sea a vida. Entonces la figura del Papa, su historia personal, su mera psicología, su carácter, sus inclinaciones antropológicas, filosóficas, teológicas, adquieren una importancia excepcional.
El Concilio Vaticano II es la consecuencia de una idea, de una intuición del anciano Juan XXIII. «Hay que abrir la Iglesia al mundo», dijo, y, cosa impensada, obispos y cardenales nombrados por Pío XII elaboraron unos documentos francamente buenos. Pablo VI siguió la labor de Juan XXIII. Pero los tiempos posconciliares fueron complicados y Pablo VI era más intelectual que propiamente pastor. Todavía somos tributarios de una decisión personalísima de Pablo VI cuando dio el visto bueno a la Humanae Vitae, en julio de 1968, en la redacción más conservadora, protagonizada por el cardenal Ottaviani y tres miembros de la comisión nombrada para tratar del tema de las relaciones sexuales cuando la píldora entró en la sociedad, y ello frente a la posición más abierta, con el cardenal Suenens a la cabeza y los otros 15 miembros de la comisión.
En este punto de las relaciones sexuales Juan Pablo II siguió a pies juntillas la decisión de Pablo VI. Esto ha tenido consecuencias calamitosas para la Iglesia. Para los jóvenes la doctrina es incomprensible y marca como un foso entre ellos y la Iglesia. (Los encuentros del Papa con los jóvenes, algunos sencillamente maravillosos, como el de Ter Vergata en Roma hace tres años, no deben inducir a engaño). Los mayores, incluso católicos practicantes y creyentes, no siguen la Humanae Vitae y resulta difícil encontrar, salvo en círculos muy reducidos, sacerdotes que propugnen su cumplimiento.
Además sabemos que muchos obispos no están tampoco de acuerdo. Hasta se le escapó una inteligente apertura al portavoz de los obispos españoles, que fue, inmediatamente, llamado al orden desde Roma.
Hay otras cuestiones de este calado. Pienso en la cuestión de la homosexualidad, de la manipulación genética, de los embriones, del aborto y la eutanasia, en la que hay una antropología y una filosofía que viene a decir que hay que seguir la ley natural que, a menudo se confunde con la ley de Dios (tal y como la interpreta la actual jerarquía católica), lo que crea un círculo cerrado, con implacable y evidente lógica, en la que la razón crítica y reflexión humana, ante el dolor, por ejemplo, no encuentra cabida. Así se produce el divorcio entre la modernidad y los avances de la ciencia (por ejemplo en la disociación entre el acto sexual y la procreación) y la doctrina oficial de la jerarquía católica.
La consecuencia de todo esto es la pérdida de la autoridad de la Iglesia, su insignificancia (salvo cuando se mete en política). Los católicos se han acomodado sin mayores penas, los no católicos nos miran como retrógrados. Pero la religión, la dimensión religiosa, en lo que tiene de más genuino, sigue viva y, para sorpresa de los que nos llaman retrógrados, no solamente en las sacristías, sino en medio de la sociedad. Y en este punto Juan Pablo II ha sido providencial.
En una sociedad en la que parece que sólo cuenta el dinero y el poder, en una sociedad que hace gala de secularismo (no secularidad), de laicidad (no laicismo), Juan Pablo II proclama que la vida tiene un sentido, que hay que afrontar las primeras y últimas preguntas de la vida: quién soy yo, por qué estoy aquí, por qué he de hacer el bien y no el mal, por qué el otro es mi hermano y no mi enemigo, que yo no soy un mero sujeto de derechos sino también de deberes… Juan Pablo II ha situado la pregunta religiosa en el centro de esta sociedad. Además lo ha hecho con autoridad. Gracias, eskerrik asko, Juan Pablo II. *
(*) Catedrático de Sociología de Deusto (Extraido de El Periódico de Cataluña).
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