PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

"Galanes y damiselas"

Allá por la década del 20, escribió Neruda «mi voz buscaba el viento para tocar su oído». Poema, arte de la palabra para el olvido, arte de la seducción. Frases galantes conmoviendo la sensibilidad femenina. En estos días de romances en el chat y de conquistas al ritmo de marchas o cumbias, aunque parezcamos antiguos, vamos a garabatear sobre los muchachos de antes y su aprendizaje para cautivar a las bellas. Ahí los vemos, encerrados en el biógrafo mirando a los maestros del amor. Con el pianista dándole con todo a las teclas, en la cómplice oscuridad vichaban como hacía Valentino para dejar como muertas a sus damiselas. Esos pibes estudiaban sus gestos y sus miradas profundas para luego ponerlas en práctica con las pebetas del barrio. Cuidaban sus incipientes y engominados bigotitos y la reluciente peinada a la Brancato para ser avasallantes en una sala de tango. También por El Rosedal del Prado, donde las chicas caminaban en grupos, vigiladas por las tías o abuelas sentadas en los bancos de madera. Paseaban haciéndose las indiferentes muy cerquita de los galanes que sacando las manos de los bolsillos del chaleco, tocaban la punta de sus sombreros para saludarlas repetidamente. Los más audaces, susurraban un piropo y si había ingenio lograban una fugaz mirada y los más suertudos, hasta una tenue sonrisa. Entonces sí, agarraba fuerzas y el galán utilizaba su arma secreta, esa mirada penetrante que había aprendido del irresistible Valentino. Ingenuidades ¿verdad? pero si daban resultado terminaban con nuestro precoz conquistador haciendo zaguán, más inflexiblemente controlado por la presencia de un bien mandado hermanito que entraba y salía sin cesar. Lo que había empezado con una vichadita en sitios como el Parque Urbano o El Rosedal, luego de un pasaje por ese tradicional zaguán, continuaba con una invitación al biógrafo, con la tía incluida, claro está. En la sala del Gran Splendid, las damiselas también aprendían y mucho sobre el arte de la fascinación. Sus maestras eran estrellas como la Garbo y las muchachas copiaban su melenita de oro, el andar y la inocente languidez para también ellas cautivar para siempre a sus flamantes galanes.

Sabían que abriendo muy grande los ojos, la Pola Negri todo lo podía y ellas ¿por qué no? la vida copiaba al arte, como escribió el gran Oscar Wilde. Y en esos biógrafos embriagados de romanticismo. Caminaban muy despacito con la historia de La Dama de las Camelias aún retumbado en sus cabezas. Iban muy lento como queriendo eternizar esos instantes. Sabían que ese hechizo se esfumaría y por eso querían detenerlo un poquitín más. Por la Ciudad Vieja también flotaba la seducción. Domingo a la tarde con la Catedral sonando sus campañas. En la plaza a su frente reinaba la galantería. En un extremo, sobre Sarandí, rondaban los imitadores de Valentino y alrededor de la alquímica fuente paseaban las hermosas queriendo ser tan cautivantes y misteriosas como la Dietrich. En un banco, siempre estaba aquella niña de rubios bucles que hablaba bajito con su muñeca de porcelana y a su lado la cuidaba una elegantísima señora mayor que hojeaba revistas europeas. De los balcones del Club Uruguay emergía una suave música que se confundía con el sonido del organillero que movía la manivela parado sobre el lado de Ituzaingó. Plaza Matriz, galanes y damas cuando el espíritu romántico era una melodía del ayer montevideano. Con más recuerdos y música, los esperamos todos los sábados, a las 19 horas, en la 1410 AM LIBRE.

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje