ENTREVISTA CON UNA URUGUAYA EXILIADA DESDE HACE 29 AÑOS EN SUIZA

"Estar partido un poco en dos"

Fue en 1976, época en que el país vivía bajo plena dictadura militar, cuando toda la familia de Gabriela, integrada por padre, madre, hermana y abuela tuvo que irse del país. Ambos padres estaban implicados políticamente, su padre, Milton Amarelle, se fue exiliado a Suecia y su madre Rita Sosa para Suiza. Junto a ella exiliaron también su hermana Cesla, que en esa época tenía 5 años, y su abuela Violeta Magliocca.

Gabriela vive en la parte francesa de Suiza, en Losan, que queda a unos cien kilómetros de Ginebra y, como ella explicó claramente, «las medidas europeas no son las medidas latinoamericanas, o sea que Losan es una de las ciudades más importantes de Suiza pero no pasa los 300 mil habitantes , por lo que para ustedes es muy pequeña». Ella es miembro del Partido Socialista de Suiza y cree que por medio del voto consular, también se puede medir la democracia de un país.

 

–¿Cómo encontraste a Uruguay después de 29 años que no venías?

–El Uruguay cuando me fui era un país del miedo, era la época de la dictadura, por lo que yo tengo recuerdos de allanamientos, de un cierto miedo de la gente. Hoy encontré extraordinario poder entrar en las librerías y ver que hay libros sobre temas que no eran tratados antes, sobre la dictadura, sobre los derechos humanos, sobre la tortura.

Me había preparado para encontrar mucha más pobreza, a un estilo africanizado. Vi la pobreza, pero mucho menos evidente, aparte de los cantegriles y de los carritos que no habían cuando me fui.

 

–¿Tu vuelta al país tiene que ver con la asunción de la izquierda al gobierno?

–Digamos que tenía muchas ganas de vivirlo, siempre hay razones políticas pero también personales por lo que también tenía ganas de ver gente que ya es «viejita».

 

–¿A qué te dedicaste y dedicás en Suiza?

–Mi primer trabajo fue ser secretaria política de la Federación de Estudiantes de Suiza. Soy licenciada en Francés, Español e Historia y trabajo en el Ministerio del Interior en un programa dedicado al «servicio de lucha contra el racismo», como responsable suplente.

Este programa es el resultado de un trabajo que se realizó en Suiza, en el contexto del debate que surgió sobre la «Posición de Suiza frente a los refugiados en la Segunda Guerra Mundial». Todo ese trabajo de institucionalización fue iniciado por Ruth Dreifuss, la primera mujer ministra socialista y sindicalista que entró en el gobierno suizo. Ella fue quien promovió todos estos temas.

 

–¿Cómo ves ese tema en nuestro país?

–He visto que acá la discriminación es un tema, vi que hay libros de antropólogos que se han publicado sobre «Trabajo y esclavitud», o que también en el Día Internacional de la Mujer se habló mucho de la doble discriminación de las mujeres afrodescendientes.

En Suiza este es un tema que se trata de institucionalizar para que se resuelva y se reconozca en la sociedad suiza. Esto no quiere decir que creamos que Suiza sea un país más racista que los otros países europeos.

 

–¿Cómo encontraste a Montevideo?

–Yo vivía en Montevideo en el barrio Diego Lamas en Pocitos. Siempre añoraba a Montevideo como una ciudad muy bonita y muy agradable, porque tiene esas playas que le dan un toque muy particular y eso no cambió. Es una ciudad muy agradable, pero claro, cada barrio tiene su estilo particular y también se ven mucho las diferencias sociales.

No hay cambios gigantescos en la ciudad. Así lo que hay son muchas plazas del Ejército, de la Armada.

 

–¿Qué te genera eso?

–Digamos que como todo los regímenes totalitarios siempre hacen catástrofes urbanísticas. En Suiza no se siente para nada la presencia militar, acá hay una plaza del Ejército, o plaza de la Armada, o sedes de la fuerza naval, de la Fuerza Aérea, es bastante evidente.

Es bastante fuerte, también puede ser que sean mis propios miedos.

 

–¿Te volverías a Uruguay ahora con el nuevo gobierno?

–Es la pregunta clave. Lo que hay de particularmente emotivo es que se siente una cierta esperanza en la gente. Pienso que si hubiera encontrado a Uruguay un año atrás no hubiera tenido una visión tan positiva. Digamos que el problema es que cuando uno está en el exterior la perspectiva es diferente y no está nunca seguro de que la realidad que se percibe corresponde verdaderamente a la realidad que vive la gente. Es una mirada superficial pero también porque es una mirada muy externa puede también tener cierto valor.

Yo no sé lo que puedo aportar y si corresponde también a lo que es necesario yo creo mucho que la gente que esta aquí ve mejor. Pero es cierto que hay una esperanza y un optimismo que pienso que no había antes.

Si yo volvería, es muy, muy difícil, no es sólo la parte política, toca cosas muy personales también. Cuando me fui a los diez años fue algo muy difícil porque tenía que desprenderme de todo, de mis familiares, claro que guardé el núcleo de mi familia, pero tenía gente muy querida de la cual me desprendía. También tuve que aprender la lengua, ir a una nueva escuela con diferentes métodos de educación, en fin, todo un entorno diferente en el cual había que acostumbrarse de manera rápida para poder hacer algo de positivo de esa experiencia.

Si yo me decido a volver no me hago ninguna ilusión, también es una separación con gente que yo quiero en Suiza. Ese es el dilema del que se va: estar partido un poco en dos.

 

–¿Qué noticias les llegan de Uruguay?

–De Latinoamérica no llegan muchas noticias. Aunque en ciertos diarios se les da una importancia muy fuerte a los países latinos, pienso en el Le monde diplomatique.

Pero me acuerdo que el 31 de octubre, cuando ganó la izquierda, fue un acontecimiento cubierto en toda la prensa suiza, ya fuera en la parte alemana o francesa, sobre todo porque era la primera vez que iba a gobernar la izquierda y también se le dio bastante importancia a la figura del presidente por ser un profesional reconocido en Latinoamérica. Pero es cierto que Uruguay entre los dos grandes de América Latina está un poquito escondido.

Ahora se siente que hay una renovación no sólo política, también se da en otras áreas, como en el cine o la literatura. La película Whisky, por ejemplo, la vi en Suiza y antes de que se estrenara en Argentina.

 

–¿Qué música te guardás de Uruguay?

–Ante todo Daniel Viglietti y después Alfredo Zitarrosa y Los Olimareños.

 

–¿Tenés contacto con otros uruguayos en Suiza?

–Sí, por ejemplo el 31 de octubre se festejó en el Comité que es solidario con el Frente Amplio, porque en el exterior también se trabajó. En Ginebra se festejó con tamboriles.

 

–¿Cuál es la importancia para ti, de que se apruebe el voto consular?

–Para mí es algo muy importante, porque el voto consular demuestra también hasta qué punto un país es democrático. En la mayoría de los países el voto consular es algo que existe, no quiere decir que porque uno esté lejos no esté al corriente de lo que pasa en el país. Porque estando lejos uno sigue formando parte de la comunidad uruguaya y también interesa lo que pasa, sea que nos informemos por la prensa o por el núcleo familiar o de amistades.

Se puede medir la democracia con el voto consular. A mí me pasaron cosas muy ridículas durante todos estos años fuera del país, por ejemplo cuando tenía que renovar mi pasaporte, como tengo una cédula de muy pequeña s
iempre tenía problemas, o me pedían la credencial cuando tenía 25 años y me había ido del país hacía diez años con una dictadura militar. Hay cosas a nivel burocrático que fueron bastante inadecuadas durante ese período.

Yo creo que el voto consular es un derecho de los ciudadanos uruguayos que estén en el país o no. Hay que decir también que cuando uno se va del país es raro que lo haga por voluntad propia. Es todo un contexto que lleva a tomar la resolución de irse, ya sea por motivos políticos, como fue en una época, o por motivos económicos. Es la responsabilidad de un país que no ha dado, que no ha podido dar ciertos derechos.*

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