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De gauchos y potros

Ya comienza una semana diferente. Igual que en los días de antaño, la ciudad y sus vecinos sienten que algo distinto flota en el aire. Un llamado a la tregua y tremendas ganas de largar con todo el comienzo real del año luego de fiestas, carnavales y feriados. En los barrios del ayer esta semana también se palpitaba de manera distinta. Al comienzo de la Pascua cristiana, los cines repetían una versión muda de la vida de Jesús llamada La Pasión. El Alcázar del Paso Molino, cuyo gerente era el crack futbolero Canavessi, lucía enormes afiches religiosos. Y fue por esa zona donde empezaba la otra cara de estos días que comenzaron a vincularse a lo gauchesco. Los amantes del nativismo rumbeaban para la zona del Prado y unas instalaciones con enormes galpones que llamaban La Rural.

Tremendo alboroto con cientos de personas del Interior que llegaban a brindar a los montevideanos su arte guitarrero y el guapo oficio de domar ariscos potros. Por las calles del Paso Molino se confundían entre sus vecinos unos señores con enormes botas y ponchos haciendo juego con sus aludos sombreros. Esos paisanos tenían la costumbre de hacer una visita a la popular Tienda Salvo y su sección dedicada a lo campero. Salían cargando enormes paquetes y las chinas compañeras también ligaban un regalito. Enfrente de El Rosedal que lucía todo su encanto otoñal, la cosa iba en serio. Se jineteaba muy fiero y no había tarde en que la cachila ambulancia no saliera a toda velocidad, haciendo sonar la campana que tenía en su techo, llevando a un domador malherido. Cuando la victoria coronaba una guapaza faena, empezó la moda de hacer que el valiente diera una vuelta de honor.

El público aplaudía a rabiar y hacía volar por el aire sus gorras y ranchos de paja. Los niños flameaban unas banderitas de papel que junto a unas escarapelas con los colores patrios les habían regalado en la entrada.

Detrás de los galpones al caer la nochecita, mientras los guardiaciviles hacían la vista gorda, unos gauchos no podían con su genio y le daban a la timba. Saltaba de los lindo la taba y una ginebrita refrescaba el garguero. Cuando había una bronca y amagaban pa’los facones, el capataz pegaba cuatro gritos y el asunto quedaba como agua de pozo.

Los visitantes se arrimaban a los fogones donde nunca faltaba un paisano veterano que chamuyaba muy serio y armaba su interminable tabaco. Escuchaban y hasta veían saltar entre las ardientes brasas las temidas figuras de lobizones y amenazantes luces malas. No faltaba un gaucho orgulloso que contaba a todos sus aventuras con Aparicio, Galarza o el gran Leandro.

Otro punto de reunión de esos corajudos domadores fue el Café Copacabana también del Paso. En aquellos días, sus habituales parroquianos tenían un espectáculo extra y de garrón. Aparecían los entonados guitarreros cantando algún cielito y si había payada todos los vecinos se amontonaban en la puerta de ese boliche. Los patrones de tropas y cuadrillas, tenían su refugio en la pituca Confitería del Paso donde se entreveraban con las familias adineradas de las casonas del Prado.

Con más recuerdos y música, los esperamos todos los sábados a las 19 horas, en la 1410 AM LIBRE. *

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