Los tiempos que corren
Nadie puede negar que desde el 31 de octubre algo empezó a cambiar en este país.
Al otro día, nomás, ya se podía notar que los suaves vientos de noviembre soplaban de otra manera.
Más allá de los análisis sobre los «cambios históricos», los nuevos tiempos se hacían notar en los pequeños gestos de la gente, en la entonación de ciertas palabras, en la luz de las miradas.
Al poco tiempo los cambios arremetieron contra la monocorde forma de informar de la mayoría de los medios de comunicación.
A varios temas arrumbados en los cajones de muchas redacciones y de muchos despachos de representantes políticos, se les sacudía el polvo, se les quitaban las telarañas y tomaban estado público.
En diciembre los cambios ya eran tales que vimos «gobernar» a un gobierno tres meses antes de asumir.
Y hubo gestos, propuestas, definiciones que en pleno verano cambiaban los livianos temas de conversación playera.
Al llegar el 15 de febrero los cambios tomaron formas concretas y empezaron a tener nombre y apellido. Como una señal inequívoca de que los cambios habían llegado para quedarse el Palacio Legislativo se llenó de música y color, por sus ventanas asomaba el entusiasmo y el regocijo de representantes de las diferentes expresiones artísticas de nuestro país.
Dos semanas después, el primero de marzo, la gente se adueñó de la calle humanizando el protocolo. Tabaré era presidente. El cambio se instalaba definitivamente.
Hoy, a menos de veinte días de su mandato, las señales de cambio son numerosas y contundentes.
Muchas veces los blancos y colorados acusaron a la gente de izquierda de ser negadores de la realidad. De «la realidad» de ellos, claro.
Por eso hoy no me sorprende (aunque me calienta un poquito, ¿por qué negarlo?) verlos reclamar que las cosas se hagan como se hacían antes. (Antiguamente deberíamos empezar a decir).
Señores, esto es otra cosa. Aquello de «cambiemos», iba en serio.
Y ya no hay marcha atrás. Va a ser mejor que se acostumbren. *
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